Mostrando las entradas con la etiqueta ciudades. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ciudades. Mostrar todas las entradas

lunes, agosto 10, 2020

Lunes N de marzosto

Y ahí vamos de nuevo. 
A ver si la química, la física y la suerte están de nuestro lado.
Que la adrenalina llegue en la dosis correcta.




Mi columna de este domingo:



acerca de Fuera de mí, eufemismos para ciertas locuras




viernes, febrero 08, 2019

Flâneur (2)

"Para ser rigurosos vamos a ajustarnos a las definiciones de dos teóricos pioneros como Franz Hessel y Walter Benjamin. El uso del término francés ('flâneur, flânerie') indica el origen parisino de una forma nueva, diferente, de experimentar la ciudad, sobre todo la gran ciudad. Consiste en moverse por ella con la atención lo más despierta posible a fin de apreciarla como una inmensa acumulación de detalles, de matices, de contrastes sutiles, de huellas de distintos pasados. Y para potenciar la atención es necesario que el 'flâneur' esté totalmente desocupado: que pasee sin prisas, sin rumbo fijo, sin destino u objetivo y que mire muy de cerca lo que le rodea. Yo asociaría la 'flânerie', más que con la ligereza, con la disponibilidad de la atención, como afirmó Baudelaire, su primer teórico".

(tomado de El Mundo)

lunes, febrero 04, 2019

Flâneur (1)

«Charles Baudelaire, en tanto burgués parisino abocado a la poesía, hace de su aislamiento social una herramienta clave para recorrer y analizar a la ciudad moderna como hecho cultural. De ese modo, la observación analítica de la multitud como el paisaje edilicio se vuelve esencial para el reconocimiento de imaginarios, modelos de representación y todo tipo de producto cultural que surga de la relación entreciudad y cultura. Baudelaire, a su vez, toma este concepto de Edgar Allan Poe. Su cuento “El hombre de la multitud” hace exacta referencia a la actitud aventurera y a la vez silenciosa del flâneur.

»El flâneur como concepto, no es un término científico, sino que refiere a una actitud ante la vida, y una forma de ver el mundo. Este filtro estético-ideológico puede encontrarse en numerosas obras y artistas que tienen la calle, la ciudad y sus personajes tanto humanos como arquitectónicos como referente...»

jueves, noviembre 24, 2016

Peatón - George Oppen

Lo que generaciones podrían haber soñado
El nieto de las calles comerciales, sus ojos

En la luz del comprador, las luces de las tiendas
Más luminosas que los faros, más luminosas que la luna apareciendo

desde la salada bahía tan rica
tan brillante su ciudad

en una tierra de pavimento, un tejido de cables por donde ella camina
en el nuevo invierno entre enormes edificios.

martes, noviembre 15, 2016

El nombre de la ciudad - Robert Musil

"No se debe rendir tributo especial al simple nombre de la ciudad. Como toda metrópoli, estaba sometida a riesgos y contingencias, a progresos, avances y retrocesos, a inmensos letargos, a colisión de cosas y asuntos, a grandes movimientos rítmicos y al eterno desequilibrio y dislocación de todo ritmo, y semejaba una burbuja que bulle en un recipiente con edificios, leyes, decretos y tradiciones históricas..."

- - - - -
El hombre sin atributos

jueves, agosto 04, 2016

Puentes

Una señora espera, mira a los conductores y nada. Espera. Muchos pasan y ven su celular mientras manejan. Espera. Harían bien las autoridades en no sólo pintar los puentes o pasos peatonales que están en la avenida Salvador Nava, antes conocida como Diagonal Sur. Urge ampliarlos. Resulta que muchos no llegan a la orilla, y para cruzar los carriles laterales hasta donde inician los puentes se pierden hasta diez minutos, en la espera de que no pasen carros o, más raro aún, que algún conductor consciente ceda el paso. Los topes no sirven para aminorar el paso de muchos autos y más cuando —como en el caso de la calle Independencia, en las fotografías— hay a pocos pasos una subida a los carriles centrales, o porque los camiones que por ahí tienen su parada dificultan la visión en una zona llena de escuelas. Las horas pico se vuelven una odisea y sólo los osados pueden aminorar el tiempo de espera, entrándole a la fiesta brava del cruce de la vía.


GuardarGuardarGuardarGuardar

miércoles, junio 10, 2015

Gruñidos

A mediodía, el camión urbano huele a humanidad. Los jóvenes que van a la secundaria, al turno vespertino, no se quitan las mochilas de la espalda, ojalá con ese volumen de voz leyeran en la escuela; una señora ocupa doble asiento con sus bolsas del mandado y no falta el que pone en su celular algún tipo de música (regularmente de dudosa calidad) a todo volumen. Raro es el día que hay asientos y hoy es uno de esos, aunque se mueve cada vez que la señora que va detrás de mí apoya su brazo para ver si ya llegó a su destino.

Las ventanas abiertas y ni una brizna de viento. Sudo. Alguien hace ruidos extraños, pero no alcanzo a distinguir bien dónde. No falta el tipo que se siente muy macho abriendo las piernas y se hace el dormido cuando alguien se quiere sentar, pero no es él ni el chamado de las bachatas horripilantes (¿por qué nadie les dice nunca nada?). Unos asientos adelante va un niño, y a su lado una anciana. El niño tiene casi voz de adulto, y se alborota cuando pasa un camión cerca. Los ojos le brillan y emite gruñidos que casi suenan a risa, o rumores de algún chiste que nadie alcanza a entender. Le habla al vidrio, casi pega su boca. La abuela (supongo que eso es: la clásica historia del niño con problemas que se deja al cuidado de la mamá de la mamá) mira al frente, sin parpadear. Sus trenzas blancas se mueven al ritmo del urbano, bailan en los baches y en los adoquines.

El niño traza figuras en los vidrios y empieza a gruñir más fuerte. La abuela al fin se mueve, se acomoda el rebozo y trata de calmarlo, sin resultados. El niño va en su historia, en las historias que se le ocurren al ver por la ventana. Las dicta a un público que no lo entiende pero no cesa su entusiasmo.

De pronto, el sobresalto: así era yo. No lo recordaba, de veras. Me gustaba viajar en la cajuela, y no importaba lo que iba haciendo la familia sino lo que viajaba afuera. Nadie entendía mis odiseas, las historias que surgían cuando íbamos en trayecto, cuando veía a las personas en otros vehículos, cuando las veía sonreír y se topaban nuestras miradas en los semáforos en rojo.

Se paran abuela y niño, una cuadra antes de bajarse. Al pasar junto a mí me gruñe.

Devuelvo el gruñido y... me miro en el vidrio... saco un libro de mi mochila y me refugio en él...

Gruño desconsolado. ¿Cómo pude olvidarlo?

sábado, enero 28, 2012

Entre Sarasate y Paganini...

Siempre la referencia para llegar a la casa de mis papás es "Zamarripa, entre Sarasate y Paganini", y nunca supe quién era Sarasate. Paganini sí, pero incluso el nombre de la otra calle está en un letrero con zetas: Zarazate. Hasta hace poco vi que Pablo Sarasate, por nombre completo Martín Melitón Pablo de Sarasate y Navascués (en serio), "nació el 10 de marzo de 1844 en Pamplona, hijo del músico militar Miguel Sarasate Juanena y de Javiera Navascués Oharrechena. Niño precoz e hijo de padres conscientes del futuro de su hijo, tomó lecciones de violín, debutando a la edad de siete años en La Coruña. Estudió en Santiago de Compostela entre 1846 y 1849 con José Courtier, primer violín de la catedral y profesor de la Escuela de Música de Santiago de Compostela".

Siempre según santa Wikipedia, "en 1852 se trasladó a Pontevedra, donde continuó sus estudios musicales con el músico local Urbano Casasvellas. Era asiduo de los ensayos de la banda del Regimiento Aragón, que dirigía su padre. La Condesa de Espoz y Mina le concedió una pensión para estudiar en Madrid. Una vez en la capital de España, la reina Isabel II le concedió una beca para ampliar sus estudios en París, a donde se trasladó en 1856, y allí ingresó en el Conservatorio bajo la tutela de Jean-Delfin Alard. En dicho viaje a París, al pasar por la localidad de Biarritz, él y su madre enfermaron. Falleció la madre, lo que lo dejó huérfano a la edad de doce años.

"En 1857, obtuvo el Premio de Violín del Conservatorio de París y dos años después comenzó su carrera de concertista, que lo llevó por toda Europa y América. Ganó premios, destacó en sus lecciones y en seguida fue premiado y reconocido como el gran concertista que era".

Entonces, entre violinistas andamos. No hace falta que nos pinten uno.

martes, enero 10, 2012

La ciudad - Constantino Kavafis

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón —como un cadáver— sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar —no esperes—
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

sábado, abril 03, 2010

calor


Fue hace poco. Ocho días después de que fue oficial, sentí a la primavera aposentarse de la ciudad: adoquines más rojos, mejillas ruborizadas, sudor en las frentes y las alas resguardadas en los árboles. Sobre todo, oleadas de olores y colores, todas las visiones que hibernaban brincaron frente a mí, oleajes en el desierto, flores, muchas flores me asaltaron. Mis pupilas, vueltas locas, ordenaron tomar un puesto estratégico en un café de la plaza para ejercitarse y con esa magia desaparecer otras cuantas hojas en blanco.


miércoles, febrero 17, 2010

pequeña asfixia

Hoy no tengo ganas de escribir más que de que no tengo ganas de escribir, que quiero dormir aunque mis ojos no se quieran cerrar. Sé que se me subirá el muerto y que no podré respirar, una quietud inquieta, que no me podré mover aunque ya no quiera hacerlo.

Esta ciudad es asfixiante y no le hago falta a nadie. No es mía, no me reconozco en su cantera, en su nombre ni en las descripciones que dan los que tampoco son de ella. Canta, sí, pero olvida pronto. Ronca poco. Tira manotazos, nos sueña y en todo sueño se nos sube un muerto. Cada cinco minutos amanece con ensordecedor bostezo.

Se ha llenado de palabras ajenas, su máscara es un angelito barroco, culpable hasta que no se demuestre lo contrario, hijo de un indio guachichil del que desconoce cómo hablaba, pero presume en cantera y trino su efervescente valentía.

Hogar no son tres habitaciones ni ciudad un sinfín de casas con una plaza al centro que respira (ah, cómo respira, muerde jadeante), gime con las ninfas jubiladas refugiadas en la iglesia. No sé que sean, mis referencias son oníricas. Bien se pudo haber llamado Metaforatlán o Espejismo o Desarraigo u Olvido.

Tal vez soy un muerto más que se sube a los sueños de otros.