«En realidad, escribir es luchar contra el texto que va naciendo», dijo el dramaturgo alemán Heiner Müller, especializado en convertir lo fragmentario en una obra maestra. No podría estar más de acuerdo, Heiner, esto es una lucha cansada de uno contra sí mismo y sus defectos, que son los que terminan dando forma al estilo. Por eso podría hablar de mi Trastorno Obsesivo-Compulsivo por subir solo en números pares versiones del mismo archivo a Drive o de mi manía proustiana y juanramoniana de hacer decenas de versiones de todo. Aunque odie a Proust y a Juan Ramón. Es feo decirlo, pero los odio. Ahora quedaré mal, pero sirve como prueba de que incluso lo que no nos gusta nos define, nos contamina y nos moldea, conforma parte de nuestra identidad, aunque no nos demos cuenta. Arrastro manías que muchos otros tuvieron antes y que detesto. Como me detesto a mí cuando estoy escribiendo porque dejo de hacer caso a otras personas que me rodean y que son mucho más importantes. Me detesto muchísimo. Sobre todo, cuando ocurre ese chispazo que me invade y me obliga a apuntar en el móvil una idea hasta terminarla, hacer una playlist de canciones relacionadas con el tema o las imágenes que quiero trabajar o cuando estoy a punto de irme a dormir y se me ocurre algo que me obliga a estar hasta las tantas preparando un borrador de texto, sin poder detenerme hasta terminar una primera versión, o al menos el arranque, como un yonqui, un verdadero adicto. También me pasa cuando estoy en la ducha, intento relajarme, pero el miedo a olvidarme es más fuerte y me empuja a salir corriendo, con una toalla atada a la cintura o sobre la cabeza, mitad guiri, con mi piel roja por el vapor, algo que heredé de mi abuelo junto al gusto por las canciones cursis y la tendencia al cáncer de próstata, como esos turistas que en verano invaden nuestras costas, mitad fantasma, dejando un rastro de pequeños charquitos por toda la casa, desde el baño hasta el escritorio, una ruta acuática interrumpida por tramos secos, como un pez que ha caído fuera del agua y que da saltos torpes, intentando respirar, mientras trata por todos los medios de volver a su hábitat. Igual que ese personaje de Levrero obsesionado con el ventilador en La novela luminosa, que a media que avanzan las páginas y no puede escribir, se dedica a pedir disculpas al Sr. Guggenheim por gastar el dinero de su beca en esos artefactos que ha distribuido de manera estratégica por los rincones de las habitaciones de su casa para resistir el calor del verano de Montevideo. Quizá la escritura sea eso: dejarnos llevar por el zumbido de un viejo ventilador hasta lugares muy lejanos, escondidos en lo más profundo de nuestra mente...
Tomado de "Taller de escritura. La escritura: esa música extraña"