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martes, noviembre 07, 2017

Tu muerte - Marina Tsvetáieva

(fragmento)

Toda muerte, aun la más extraordinaria entre las extraordinarias —de la tuya hablo, Rainer—, se encuentra inevitablemente en la fila de las otras muertes, entre la última «antes» y la primera «después».

Nadie ha estado nunca al lado de una sepultura sin que surja en él el pensamiento: «¿Quién fue el último junto al que estuve así? ¿Quién será el próximo?». De esa forma se crea entre los muertos de uno, los muertos personales, un vínculo que sólo existe en una conciencia determinada, distinta en cada ocasión. En mi conciencia tú llegaste a lo Desconocido entre A y B, en la conciencia de alguien más que te haya perdido, entre C y D, y así sucesivamente. La suma de todos nuestros reconocimientos es tu entorno.

Ahora sobre el género de este vínculo. En el peor de los casos, un caso particular, el vínculo es externo, local, ordinal, para decirlo todo - cotidiano, para decirlo todavía más todo - cementerial, por lo fortuito de la vecindad de números y tumbas. Un vínculo absurdo, y por lo tanto, un no-vínculo.

Un ejemplo. Entre X y Y no existía ningún lazo en la vida. Tampoco lo hay en la muerte si no se tiene en cuenta la muerte misma, como entonces —la vida. Para emparentarlos, lo uno y lo otro, es poco. Una sepultura así no cabe en nuestra hilera de sepulcros, la fila se cierra con dos sepulcros significativos para nosotros. Mediante esa selección se crea la fila de nuestras muertes y nuestra muerte. Sólo de estas muertes y de las que componen nuestra propia muerte voy a hablar cuando hable del vínculo.

Cada muerte nos devuelve a todas las muertes. Cada persona que muere nos devuelve a los que murieron antes que él y a nosotros - a ellos. Si no murieran los de después, más tarde o más temprano olvidaríamos a los de antes. Así, el ir de sepulcro en sepulcro es la garantía de nuestra fidelidad a los muertos. Una especie de coexistencia póstuma en la memoria: en la hilera de los sepulcros propios. Ya que todos nuestros muertos, ya no importa si están en Moscú en el cementerio de Novodévichi o en Túnez, o en algún otro lado, para nosotros, para cada uno de nosotros, yacen en un solo cementerio - dentro de nosotros mismos, y con el tiempo en una misma fosa común. La nuestra. Hay muchos enterrados en una y uno enterrado en muchas. En el lugar donde se encuentran tu primer sepulcro y el último —tu propia lápida— la hilera se cierra en un círculo. No sólo la tierra (la vida), sino también la muerte es redonda.

A través de los labios que besan, se emparientan y se dan mutuamente las manos los que son besados. A través de sus manos besadas, se emparientan y se atraen mutuamente los labios que besan. Es la garantía de la inmortalidad.

miércoles, marzo 09, 2016

Por ahora apunto

Entre asombros por tanta violencia y por tan nimias razones —de hombres contra mujeres o de mujeres contra hombres o de mujeres contra mujeres—, anoto en mi diario que este fin de semana fue la boda de mi hija, tema al que debo volver pronto, y que cambié de pastillas y parece que están funcionando, a ver qué dice el doctor. Leo La inmortalidad, de Milan Kundera, y en línea El blog decreciente, de Vicente Luis Mora. Releo. Mucho trabajo por delante: exámenes y trabajos escolares. Escribo algo de narrativa e intento ensayar.

Ya publicaré. Por ahora apunto, ya habrá tiempo de disparar.

Del blog de Mora, retomo ("recito", vuelvo a citar) los siguientes fragmentos:
"La ironía implica un proceso de desdoblamiento en el autor, durante el cual el yo se divide en un yo empírico e histórico, y en un yo lingüístico. En realidad, el don irónico se concreta cuando el primer yo del escritor, el yo formado por su experiencia en el mundo, toma conciencia de la existencia de ese segundo yo que lo constituye en signo, en materia de esa misma historia que está narrando. Esta experiencia de distanciamiento, de objetivación del yo histórico, es lo que le permite al escritor observarse a sí mismo (así como también al mundo) desde un punto de vista irónico y, a fin de cuentas, liberado" [Rosario Ferré]
Escribir es girarse, es volver sobre la experiencia, aunque sea para descartarla. Si guardamos en el texto algo de nuestra experiencia la escritura deviene autobiográfica, como escritura girada, vuelta, devuelta, de vuelta. "Vuélvete a mirar y pierdes para siempre / eso que es ya pasado" [Esperanza López Parada]. Como siempre hay en la escritura ficción, en mayor o menor grado, el autor acaba por desconocerse. "El escritor, y siempre me refiero al creador, posee los ojos desobedientes de la mujer de Lot y los ojos intemperantes del profeta. Todo creador tiene cuatro ojos sobre los que rueda con gozo y llanto. Con los que mira hacia atrás, contemplará la destrucción de la ciudad; con los que mira hacia delante, la destrucción del templo. Y tantas veces se pregunte por él mismo, le responderá la estatua de sal y la cabeza segada: Nadie". [Francisco Pino]
Hay que escribir contra la época de uno, de acuerdo, pero no con pólvora mojada de treinta años atrás. Se escribe contra el tiempo, lo dijo Blanchot, a través del libro por venir.

viernes, octubre 16, 2015

Canallas y tontos - Roberto Bolaño



"El oficio de escribir es un oficio poblado de canallas, eso más o menos todo el mundo lo intuye, pero es que además está poblado de tontos que no se dan cuenta de la fragilidad inmensa, de lo efímero que es. Es decir, yo puedo estar con veinte escritores de mi generación, y todos están convencidos de que son buenísimos y de que van a perdurar. Esa es una ignorancia, aparte de un acto de soberbia enorme, es de una ignorancia bestial. Si sabes, si tienes una ligera idea de la historia de la literatura, ¿cuántos escritores latinoamericanos sobreviven de la década de 1870 a 1880? Nómbrame a 20. Y ya no te hablo de un país, te hablo de todo un continente".

Visto en Eterna Cadencia.

martes, junio 02, 2015

Nietzsche

“Desesperada sería la suerte del hombre si solo fuera un animal que conoce; la verdad lo empujaría a la desesperación y al aniquilamiento, la verdad de estar eternamente condenado a la no-verdad. Al hombre solamente, empero, le corresponde la creencia en la verdad alcanzable, en la ilusión que se acerca merecedora de plena confianza. ¿No vive él en realidad mediante un perpetuo ser engañado? ¿No le oculta la Naturaleza la mayor parte de las cosas, es más, justamente lo más cercano, por ejemplo, su propio cuerpo, del que no tiene más que una ‘conciencia’ que se lo escamotea? En esta conciencia está encerrado, y la Naturaleza tiró la llave. ¡Ay de la fatal curiosidad del filósofo que por un resquicio desea mirar una vez afuera y por debajo de la cámara de su estado consciente! Acaso barrunte entonces cómo el hombre descansa sobre lo voraz, lo insaciable, lo repugnante, lo despiadado, lo mortífero, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decir, montado en sueños a lomos de un tigre. ‘Dejad que siga montado’, exclama el arte. ‘Haced que despierte’, exclama el filósofo en el pathos de la verdad. Pero él mismo se hunde, mientras cree sacudir al durmiente para que despierte, en una mágica somnolencia más profunda aún –acaso sueñe entonces con las ‘Ideas’ o con la inmortalidad–. El arte es más poderoso que el conocimiento, porque él quiere la vida, y el segundo no alcanza como última meta más que el aniquilamiento”.

viernes, mayo 01, 2015

Obrero del verbo - Yannis Ritsos

Trabajó durante toda su vida,
sin reposo, ardiente y exaltado, casi seguro
de la inmortalidad
—la suya, por supuesto, en primer término.
Hasta que una noche
el viento sopla de repente.
La puerta se cierra con estrépito.
Él ve las estatuas caer
y golpearse las narices contra el suelo, y comprende.
Las palabras que él había escrito con tanto celo por años
y por años,
se habían endurecido.
Las sentía bajo sus dedos
como la pelambre seca y neutra de una bestia muerta. Sin
embargo, continuó su trabajo como de costumbre,
hasta confundir la muerte y la inmortalidad,
la embriaguez y el olvido.
Pero llegó a poner en claro
lo que es exactamente el trabajo entre la futilidad
y el orgullo.
El sonoro vaivén del péndulo
tenía la resonancia de un tambor en la noche,
como si ritmara una marcha de soldados somnolientos
entre dos batallas.

lunes, marzo 24, 2014

No representar es morir cien veces... - Albert Camus

«El actor ha elegido, por lo tanto, la gloria innumerable, la que se consagra y se experimenta. El es quien saca la mejor conclusión del hecho de que todo debe morir un día. Un actor triunfa o no triunfa. Un escritor conserva una esperanza aunque sea desconocido. Supone que sus obras atestiguarán lo que fue. El actor nos dejará todo lo más una fotografía, y nada de lo que era él, sus gestos y sus silencios, su corto resuello o su respiración amorosa, llegará hasta nosotros. Para él no ser conocido es no representar, y no representar es morir cien veces con todos los seres que habría animado o resucitado.»

En El mito de Sísifo

viernes, agosto 09, 2013

Cangrejos

Incertidumbre, iremos lejos
y alegres, sin volver jamás,
Así como van los cangrejos;
De para atrás... de para atrás...
"El cangrejo", Guillaume Apollinaire


Envidio a los cangrejos, que no piensan en su inmortalidad como yo en mi muerte. Yo me quedo noches en vela a veces apagada, ideando. Quiero escribir, aunque no escriture. Soñar no cuesta nada, pero dormirse a veces sí: el insomnio es una figura retórica. Los envidio. Ellos, felices crustaceos decápodos, van muy con su caparazón por el mundo. Hacen concha. No miran atrás; simplemente se agachan y se van de lado, querido amigo.

miércoles, junio 19, 2013

eternas perversiones de la mente crítica

"Nabokov ha concebido la obsesión de Kinbote y la situación ficticia que lo rodea de modo tal que el anotador representa de forma cómicamente literal todas las eternas perversiones de la mente crítica: el deseo del crítico por apropiarse del texto, de insinuarse a sí mismo en él, de hacerle decir lo que a él le gustaría que dijese, de entrometerse bruscamente entre el texto y el lector; su error: sentir que de algun modo es responsable de lo mejor que tiene la obra, o creer que ésta podría haber sido aún mejor si se hubiesen seguido sus prescipciones; su deseo de espiar al artista en el momento de la creación y de husmear en su vida privada, como si eso fuese a explicar la obra; su sensación de que es la única persona en estrecha armonía con la mente del genio; su desesperado deseo de alcanzar la inmortalidad adscribiéndose a una obra inmortal".

Brian Boyd, Vladimir Nabokov, Los años americanos.
Tomado de El lamento de Portnoy

lunes, mayo 27, 2013

"Este zumbar de colmena..." Antonio Alatorre

Leyendo ¿Por qué los estudiantes de literatura no estudian literatura?, ponencia de Alberto Paredes, me encontré con su referencia al discurso de ingreso de Antonio Alatorre a El Colegio Nacional. Muy a propósito del fin de cursos en la UASLP. El pdf completo de ese estupendo discurso de Alatorre está en la web de El Colegio, pero comparto aquí algunos fragmentos.
"Prefiero las sinfonías en blanco, prefiero las simples conversaciones en que se habla de lo bonito de unos versos, de lo emocionante de una novela, de lo decepcionante del desenlace de un cuento, etc., a los productos de cerebros robotizados en que la impresión producida por una obra literaria, su resonancia íntima, ha sido escrupulosamente raspada. 
"La que me alarma es cierta crítica universitaria que parece nutrirse exclusi­vamente (por lo común a través de traducciones no muy esmeradas) de eso que Guattari llama "productos de las metrópolis", sin aban­donar por ello su condición de burda. A ésa la llamaré en adelante, por comodidad, "crítica neo-académica". El adjetivo "académica", aplicado al sustantivo "crítica", siempre ha tenido matices peyorativos. Pues bien: si lo que hace el profesor que dicta las catorce razones de la inmortalidad del Quijote es crítica "académica" cruda, lo que hace el que dicta los métodos y los pasos que se siguen para el análisis dizque científico del relato es crítica "neo-académica" en su forma más descarnada.
"Que el crítico neo-académico deje de llamar "perso­najes" al cura y al barbero del Quijote y los llame —prosaicamente, para mi gusto— "elementos del sistema", me es indiferente. Que se ría de quienes hablan del "misterio" o del "chiste" de un poema, y él lo llame "la problemática". me es indiferente también. Pero que el diccionario de términos imprescindibles que un foco neo-académico prepara para uso de críticos modernos rechace "emoción", "imagi­nación", "belleza de lenguaje", "coherencia", "fuerza de convicción" o "sensación de vida" y en vez de eso incluya "intertextualidad", "red actancial", "red actorial", "reducción accional" y cosas por el estilo, ya no me es tan indiferente. Las docenas de términos con que se quiere constituir semejante diccionario-vademécum son polvos secos de esa efervescencia intelectual europea y norteamericana de cuya complejidad he tratado de dar una idea, y es asombrosa la desenvoltura con que el crítico neo-académico se echa a hablar de intencionalidades filosóficas, de actitudes epistemológicas, de posturas ideológicas y de paradigmas psicoanalíticos sin haberse metido realmente en tales hon­duras, e increíble la facilidad con que cita citas o citas de citas de Marx y Freud, de Wittgenstein y Adorno".
"Las tesis universitarias de hace veinte o treinta años se redactaban en una atmósfera de oscuridad, de provisionalidad, de modestia; rara vez conocían los honores de la imprenta, y en cambio no era raro que los autores, si eran cuerdos y se interesaban de verdad en la lectura y en la crítica, se olvidaran muy pronto de ellas. Hoy, la crítica neo- académica trabaja en el entusiasmo y en la seguridad. Las tesis se convierten en libros, y hasta las tareas escolares de un seminario se imprimen sin pérdida de tiempo en revistas a que la gente puede suscribirse. Se tiene la impresión de una colmena en actividad, y se siente curiosidad por saber quiénes son los compradores de una mercancía que no es sino la versión moderna del estudio sobre cláusulas trimcmbres acentuadas en segunda sílaba. Este zumbar de colmena es lo que más me alarma. ¡Con qué rapidez un profesor neo-académico le hace tragar al alumno tantas y tan gruesas pastillas culturales! ¡Con qué fluidez un aprendiz recién adiestrado se hace indistinguible de su adiestrador! ¡Con qué ancha sonrisa sale el crítico neo-académico de la fábrica, ya listo y dispuesto a todo!..."