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martes, septiembre 22, 2026

Eso del credo narrativo - Mariana Enriquez

1- Pienso que para escribir un cuento hay que tener una buena historia para contar.

2- Las mejores historias están en nuestro propio acervo personal y se trata de identificarlas, aislarlas y capturarlas. Todos tenemos entres nuestros ancestros una bisabuela libertina, un pirata sanguinario, un formidable ladrón de bancos o un idiota que le complicó la vida a medio mundo.

3- La buena historia que el narrador quiere contar, tiene que tener un buen conflicto con el mundo circundante, con los demás seres humanos o consigo mismo. (Obras maestras como 'Pedro Páramo' o 'El viejo y el mar', se dieron el lujo de manejar los tres conflictos a un tiempo).

4- El conflicto tiene que estar planteado en los primeros párrafos de la historia y, en lo posible, poner en funcionamiento de inmediato el mecanismo de asociación de ideas del lector, para involucrarlo.

5- La historia debe estar contenida en por los menos dos personajes de perfiles verosímiles, queribles o rechazables que, a través de pequeñas acciones, gestos y diálogos inteligentes, encarnen la historia.

6- El desenlace de la historia debe ser honesto como removedor, en primer lugar, para quien escribe la historia y, en segundo lugar, para el lector.

7- Dado que está dentro de lo posible que una narración escrita tenga un vínculo real con la narración oral, un buen cuento debe ser susceptible de leerse en voz alta.

8- Si alguien se duerme leyendo o escuchando el cuento, sería recomendable que compartiera los sueños.


Publicado en Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2021.

miércoles, septiembre 11, 2024

Para escribir un cuento en cinco minutos - Bernardo Atxag

(Tomado de saladeprensa.org)


Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted: una canción, por ejemplo, rusa. 

Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).

Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.

Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas si han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no sólo tiene la primera frase; tiene también, en ese grueso diccionario que sostiene con su mano izquierda, todo lo que le hace falta. Dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.

Déjese llevar por el instinto, e imagine que usted, precisamente usted, es el Golem, un hombre o mujer hecho de letras, o mejor dicho, construido por signos. Que esas letras que le componen salgan al encuentro -como los cartuchos de dinamita que explotan por simpatía- de sus hermanas, esas hermanas dormilonas que descansan en el diccionario.

Ha pasado ya algún tiempo, pero una ojeada al reloj le demuestra que ni siquiera ha transcurrido aún la mitad del que tiene a su disposición.

Y de pronto, como si fuera una estrella errante, la primera hermana se despierta y viene donde usted, entra dentro de su cabeza y se tumba, humildemente, en su cerebro. Debe transcribir inmediatamente esa palabra, y transcribirla en mayúsculas, pues ha crecido durante el viaje. Es una palabra corta, ágil y veloz; es la palabra RED.

Y es esa palabra la que pone en guardia a todas las demás, y un rumor, como el que se escucharía al abrir las puertas de una clase de dibujo, se apodera de toda la habitación. Al poco rato, otra palabra surge en su mano derecha; ay, amigo, se ha convertido usted en un prestidigitador involuntario. La segunda palabra desciende de la pluma deslizándose a dos manos para luego saltar a la plumilla y hacerse con la tinta un garabato. Este garabato dice: MANOS.

Como si abriera un sobre sorpresa; tira de la punta de ese hilo (perdóneme el tuteo, al fin y al cabo somos compañeros de viaje), tira de la punta de ese hilo, decía, como si abrieras un sobre sorpresa. Saluda a ese nuevo paisaje, a esa nueva frase que viene empaquetada en un paréntesis: (Si, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos).

Ahora mismo se han cumplido los tres minutos. Pero he aquí que no has hecho sino escribir lo anterior cuando ya te vienen muchas oraciones más, muchísimas más, como mariposas nocturnas atraídas por una lámpara de gas. Tienes que elegir, es doloroso, pero tienes que elegir. Así pues, piénsalo bien y abre el nuevo paréntesis: (La gente sentía piedad por mí. Sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así burlaba su morbosidad).

Todavía te quedan dos minutos. Ya no necesitas el diccionario, no te entretengas con él. Atiende sólo a tu fisión, a tu contagiosa enfermedad verbal que crece y crece sin parar. Por favor, no te demores en transcribir la tercera oración: (Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día).

Transcribe también la cuarta, que viene pisando los talones a la anterior, y que dice: (Uno de esos hombres se quemó la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor).

Y el último minuto comienza a vaciarse cuando tú vas ya por la penúltima frase: (Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia yo debía hacer lo mismo que él: quemarme la cara).

Tienes que escribir la última nota en menos de cuarenta segundos, el tiempo se acaba: (Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé este cuchillo en el corazón. Y ahora solo me queda llorar por mi mala suerte).

Y cierra el paréntesis —dando así por terminado el cuento— en el mismo instante en que el último grano de arena cae en el reloj.
--
(Este cuento forma parte del libro Obabakoak , Madrid, 1989)
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lunes, agosto 05, 2024

Escribir un cuento (fragmento) - Raymond Carver

«La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.»

jueves, julio 11, 2024

Desplegar las alas, a 30 años

Ha 30 años ISSSTE Cultura publicó Desplegar las alas, con los ganadores y menciones del Primer Concurso Nacional de Cuento Otto Raúl González, en el que participaron más de 750 cuentistas. El concurso lo ganó Mauricio Carrera, y hubo nueve menciones honoríficas, entre ellas a mi cuento "Un regalo para María".

En el prólogo, el maestro Otto Raúl escribió:

"Sean pues bienvenidos al altozano de la literatura [siguen nombres] […] Cuentos maravillosos —todos los aquí reunidos— que narran fragmentos de vidas palpitantes exponiendo modos y costumbres, denuncias, protestas y problemas de grupos sociales mexicanos. En resumen, este libro es un despliegue de alas que empiezan a volar por los claros cielos de la literatura".



Sigamos volando.

✍️

miércoles, mayo 15, 2024

Alice Munro (1931-2024)


"En realidad no entiendo las novelas. No entiendo cuándo se supone que tiene que hacer su entrada la emoción en una novela, y sí sé cuándo debe hacerlo en un cuento. Hay un tipo de tensión que, si voy pudiendo escribir la historia, puedo sentir enseguida. Y no siento eso cuando intento escribir una novela. De algún modo, busco un momento que sea explosivo, y quiero que todo esté concentrado en eso".

"De cualquir modo, no me importa si lo que escribo es un cuento -clasificado como un cuento- o qué. Es una obra de ficción. Eso es lo que es".

"Trabajo lento; siempre es difícil, o casi siempre es difícil. He estado escribiendo desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Mi rutina ahora es levantarme a la mañana, tomar café y empezar a escribir. Y después, un poco más tarde, quizás me tome un recreo y coma algo y después siga escribiendo. La escritura en serio es la que hago a la mañana. No creo que pueda usar mucho tiempo al principio; deben ser alrededor de tres horas. Sí reescribo mucho, reescribo y después pienso que ya está todo listo, y lo mando. Y después me dan ganas de reescribirlo un poco más. A veces me parece que un par de palabras son tan importantes que les pido me devuelvan el libro para poder ponerlas".

* * * * * 

https://www.lavanguardia.com/cultura/20090527/53712129215/alice-munro-ya-no-sirvo-para-una-vida-normal-he-escrito-tantos-anos-que-no-se-hacer-nada-mas.html

"¿Una patinadora profesional es feliz cuando está patinando? Es un trabajo duro, pero es lo que sabe hacer. Sé que soy feliz cuando me viene una idea y puedo ponerme a trabajar de manera estructurada, y sé también que no soy muy buena tomando vacaciones o haciendo fiaca. Entonces, en mi tiempo libre lo que hago es ir manejando por el campo con mi marido, que es geólogo y geógrafo, identificando cosas del paisaje. Ésa es una ocupación concreta, muy buena para mí, y además mis libros tienen mucho sobre el campo y los paisajes, así que siento esos paseos como parte de una investigación previa a la escritura. Saber que esas excursiones después me van a servir para mi literatura hace que me relaje y las disfrute como algo que un poco cuenta como trabajo, que así está justificado".

miércoles, diciembre 20, 2023

Concurso de cuento navideño 2023

Me da mucho gusto que entre los ganadores de este año en el certamen de cuento navideño que organizó la Secretaría de Cultura estén José Manuel Alvarado Zaragoza y Diana Gutiérrez, maravillosos compañeros en el taller de los lunes, siempre generosos y críticos. ¡Felicidades!



domingo, abril 17, 2022

Crucificado - Gibran Khalil Gibran



—¡Quisiera ser crucificado! —grité a los hombres.

—¿Por qué habría de caer tu sangre sobre nuestras cabezas? —me respondieron.

Y yo respondí:
—¿De qué otra manera podríais ser exaltados, sino crucificando a los locos?

Y ellos asintieron, y me crucificaron. Y la crucifixión me apaciguó.

Y cuando pendía entre el cielo y la tierra alzaron la cabeza para mirarme. Y estaban exaltados, pues nunca habían alzado la cabeza. Pero mientras estaban allí, en pie, mirándome, uno de ellos gritó:

—¿Qué estás tratando de expiar?

Y otro hombre gritó:
—¿Por qué causa te sacrificas?

Y un tercer hombre dijo:
—¿Crees que a ese precio adquirirás la gloria del mundo?

Y luego dijo un cuarto hombre:
—¡Mirad cómo sonríe! ¿Puede perdonarse tal dolor?

Y yo les contesté a todos, diciendo:

—Recordad sólo que he sonreído. No estoy expiando nada, ni sacrificándome, ni deseo la gloria: y no tengo que perdonar nada. Yo tenía sed y les supliqué me dieran de beber mi sangre. Porque, ¿qué
puede saciar la sed de un loco, sino su propia sangre? Estaba yo mudo, y les pedí que me hirieran,
para tener bocas. Estaba yo prisionero en vuestros días y en vuestras noches, y busqué una puerta
hacia más vastos días y más vastas noches.

»Y ahora, me voy, como se han ido ya otros crucificados. Y no penséis que nosotros los locos
estamos cansados de tanta crucifixión. Pues debemos ser crucificados por hombres cada vez más
grandes, entre tierras más vastas y cielos más espaciosos.»

martes, marzo 08, 2022

La casa que se robó a la luna - Gabriela d'Arbel


Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su torre cuadrada se lleva los cables de luz. Parte en dos la calzada y captura a las palmeras. Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central, es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.

No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.

Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse. Se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamientos se fueron con ella.

¿Y si yo la encuentro? - Mónica Reynaga

—Mira, ahí va María otra vez.

—Sí. ¿Crees que algún día...?

—No, no sé, ya ni me hago la pregunta, dejémosla descansar.

Las mujeres siguieron su camino. María, una señora de edad avanzada, miraba al horizonte sin decir nada. A veces escuchaba las conversaciones que se hacían sobre ella, pero no se molestaba en voltear. Desde hace mucho tiempo había cosas que ya no valían la pena.

Sus manos se habían cansado de tanto tomar el frío y duro metal de la pala con la que escarbaba. No, cansadas no, simplemente ya no podía, era por ello que se limitaba a observar a las demás hacerlo.

El día que asesinaron a su hija quedó tan impregnado en su memoria que no había un solo día en que no pensara en ella.

“Si tan sólo le hubiera dicho”, “si tan solo hubiera estado”, “si tan solo…” Las frases pasaban por su cabeza una y otra vez. ¿Valía la pena recordarlo? Seguir con la herida abierta después de tanto tiempo. Sus cabellos se habían tornado más claros, su rostro mostraba el rastro de sus desvelos, de sus lágrimas y de su lucha.

Cavaba hasta que su piel ardía, pues el sol no dejaba de brillar ni una sola vez, aun en los días nublados. Sus manos sangraban de las ampollas producidas por el increíble esfuerzo que hacía todos los días de su vida, desde aquel día.

A Rosa la habían asesinado un día antes del cumpleaños de su madre. En el pueblo todos lo sabían, pues el asesino confesó. Aquel que le había jurado amor eterno fue el mismo que detalló la escena:

“¡Quería dejarme! ¡Está pendeja! ¿Ella a mi? ¡Yo que le hice el favor de fijarme en ella, pinche vieja histérica! Pero MI AMOR, es el mejor y ella nunca iba a encontrar a alguien mejor que yo. Cuando yo estire la pata nos vamos a reencontrar allá en cielo, si Dios va a entender por qué lo hice, ella también”.

A María no le importaba lo que él pensara, eso no era lo importante. Ella quería ver una vez más a Rosa, Rosita, su niña, su morenita.

“¿Pa qué quieres saber dónde está? ¡Vieja estúpida! ¿Qué te importa? Ella ya no está y ni la busque porque aunque YO me muera, ustedes nunca van a saber en dónde la dejé, quería irse y ese es su castigo. Ahora nadie la va a encontrar, estará sola hasta que se pudra. Cuando le rindamos cuentas al de más arriba, ahí nos arreglamos”.

Esas fueron las últimas palabras que María escuchó del hombre que le juró amor eterno a su hijita. Poco después, en el pueblo se corrió el rumor de que se se había vuelto loca después de escuchar que aquel hombre había sido liberado, bajo el argumento de que fue “víctima de sus pasiones”. El asesinato había sido olvidado por todos, nadie lo mencionaba y aquel hombre rehizo su vida meses después.

María no había olvidado, tampoco se había vuelto loca. En ese pueblo, donde se tiene poca memoria, las que no olvidan son como almas en pena que entre la cegadora tierra, casi blanca por el reflejo de la luz, buscan a quienes amaron con una pala como único instrumento.

El olor, si, el olor es una buena señal. Los cuerpos en descomposición, los cuerpos quemados, el rastro de sangre y la ropa abandonada indican que alguna vez hubo vida en donde ahora está enterrada una parte del corazón de aquellas mujeres que buscan a sus seres queridos. No hay tiempo para pensar lo que es justo o no, el tiempo solamente se refleja en sus rostros cansados y sus cuerpos agotados, de lo contrario no sabrían cuánto tiempo ha pasado desde que iniciaron la búsqueda.

“No me importa nada más, quiero encontrarla”, dijo alguna vez una voz en medio del desierto.

Nada cambió el día en el que la asesinaron. Las Buscadoras no pararon, el mundo tampoco, por más cruel que pueda pensarse, ella estaba segura de lo que hacía. Volver a abrazar a su hija era su único anhelo, así fuera el cráneo o un hueso.

Sabía que su cuerpo físico ya no existía y se dedicó a observar a las demás. Ya no podía tomar la pala y cavar, ya no podía oler y seguir a su instinto, pero podía señalar y guiar. A veces las ánimas de aquellos que se despiertan confundidos en medio de la cálida tierra son guiadas por una bondadosa anciana para que encuentren su descanso eterno.

—María, ¿alguna vez descansarás? —preguntó una de las mujeres que también fue enterrada en una de las fosas comunes. Esa mujer había sido secuestrada y mutilada; cuando la encontraron, su alma al fin pudo descansar, no sin antes haber sido llevada de la mano por María hacia el final del desierto.

—Sí, cuando encuentre a mi hija.

Y esa fue una de las pocas veces que habló después de morir.

—Algún día encontrarán a mi Rosita. Cuando eso pase tomaré su mano, nos iremos a casa y por fin podré decirle que todo está bien, que su madre está aquí con ella.

lunes, marzo 07, 2022

Mujer - Beatriz Rodríguez

Como cada día, despiertas antes que suene la alarma. Abres la ventana para tantear el clima: soleado, será un problema elegir vestido. Camino al lavabo te topas con tu cuerpo en el espejo, un cuerpo que ha dejado de tener forma de mujer y es ahora carne rolliza. Extrañas esos días en los que debajo de tus pechos grandes y firmes seguía una estrecha cintura. En su lugar, ahora cuentas exactamente cinco rollos, odias esa imagen tanto como al espejo de cuerpo completo. Suspiras al saber que será difícil retomar aquellas horas de ejercicio. La edad, las emociones y la rutina se han convertido en una pesada carga. Del vientre firme, la cintura breve y las piernas tornedas nada queda. 

Con desgano, aún con esa imagen horrenda en tu mente, lavas tus dientes. Bajas esos escalones estropeados por el tiempo y colocas los granos de café en la olla. Lo sirves con un chorrito de leche y sorbo a sobro lo tomas dando pequeñas mordidas a una galleta diminuta. 

A tu pesar, ahora a la regadera, se acerca la hora de salir. Restriegas tu piel con esa tela rasposa untada de jabón, con la esperanza de que además de sacar el sudor y el mal olor, también se lleve el dolor, la tristeza y desilusión de tu cuerpo. Al salir te topas ahora con tus canas en el espejo del lavabo. De aquella cabellera rojiza, ondulada, abundante ahora sólo quedan cabellos blancos difíciles de peinar.

Arribas a ese lugar en el que durante ocho horas deberás sonreír y tratar a todas las personas con amabilidad y cortesía. Lo haces, por convicción, por vocación, por obligación, pero lo haces. 

Es hora de dejar esa tienda departamental, ese lugar que al pasar de los años sientes tan ajeno a ti, a tus posibilidades y a tus intereses. Piensas dos veces antes de ir a ese lugar tan adornado que provoca tomar un trago, pero lo haces. Pides una margarita, la degustas, pides la cuenta y el encargado de la barra te dice que ya está pagado el consumo. Al llegar a casa te das un buen baño con agua tibia, entras en las sabanas y te duermes esperando no despertar al siguiente día antes de que suene la alama.


Historias cada vez más comunes: Matilde (periodista) - María Garay López


En la sala de redacción del periódico El Oportuno, uno de los pocos diarios impresos que todavía se leen en la ciudad, Matilde escuchó una voz burlona a poca distancia de donde se encontraba. Era uno de sus compañeros, quien se despedía de ella en tono de mofa por el tiempo extra que ella dedicaba al trabajo.

La joven ya se había acostumbrado a ese trato, y también al poco reconocimiento a su empeño por parte de su jefe. No le importaba. Aunque invertía más horas que el resto del personal, se sentía feliz de hacer lo que le gustaba: periodismo de investigación. Y el caso que ahora la mantenía tan ocupada concentraba todo su interés: la recopilación de información biográfica de una “buscadora” (mujer que había pertenecido a un grupo de madres y esposas de desaparecidos, que buscaban indicios o restos humanos en fosas clandestinas).

Matilde sabía que con su investigación estaba corriendo riesgos; tantos, que ponía en peligro su integridad física. Aun así, era una idealista y pensaba que su historia serviría para llamar la atención de las autoridades —los grupos de “buscadoras” son casi completamente ignorados—, y podría redituarle a ella el premio de periodismo que tanto anhelaba.

Claro que tenía miedo: en las últimas semanas había recibido tres o cuatro llamadas de números desconocidos, y había notado que, de manera “ocasional”, se topaba con un sujeto en el elevador, con pinta de policía o guarura, por lo que prefería bajar las escaleras acompañada de otras personas. Pero con cada entrevista y sitio que visitaba, Matilde perfilaba mejor a su personaje, y estos logros reafirmaban su deseo de continuar hasta el fin.

Se sobresaltó cuando sonó su teléfono celular. Era su hijo, quien le dijo algo sobre la tarea de la escuela. Concentrada en el trabajo, no se había dado cuenta de la hora que era: cerca de las nueve de la noche.

Matilde guardó sus cosas, y envuelta en su abrigo salió del edificio de manera apresurada. Un viento helado le cruzó la cara en el trayecto a su vehículo. Le pareció ver dos figuras corpulentas en las sombras. Corrió y se introdujo a su automóvil temblando. En este momento, al recordar la carita de su hijo, ya no le pareció tan buena idea seguir con la investigación. Quién sabe mañana. Si el insomnio se lo permitía, solo por esta noche dormiría un rato.

Historias cada vez más comunes: Maura (callejón oscuro) - María Garay López



En medio del silencio, a Maura le parece abrumador el sonoro taconeo de sus zapatos sobre los adoquines del callejón oscuro y desierto. En la esquina, una lámpara apenas ilumina un escaso trecho de la calle. Camina con prisa. Son casi las doce de la noche y todavía faltan tres cuadras para llegar a su casa.

No entiende en qué momento se dejó convencer por Antonia de salir precisamente esta noche: fin de quincena y sin dinero suficiente para el taxi.

Se recrimina en silencio: sólo a ella se le ocurre hacer caso de su invitación. ¡Como si no la conociera! Diario coquetea en la oficina con todos los compañeros; sólo tiene dos cosas en la cabeza: fiesta y sexo. Y ¡claro!, se fue del bar acompañada del tipo ese, con quien estuvo platicando todo el rato.

Pero se ha sentido tan sola desde que Augusto la dejó que necesitaba salir y divertirse; no consideró que iba a tener que regresar sola a su casa, y a pie, para rematar, ¡con tanto sinvergüenza suelto por la calle!

A través de una ventana alcanza a escuchar el sonido de un conocido programa de televisión; sus hijos Estela y Ramiro estarían también viéndolo, junto con Teresa, la vecina que se ofreció a cuidarlos mientras ella estaba fuera.

Un poco más allá del farol mira unas sombras que cruzan la calle y se dirigen a ella. Se le eriza la piel. Camina más rápido. A pocos pasos de ella, distingue a un hombre y una mujer abrazados que pasan a su lado sin mirarla apenas. Suelta el aire contenido y apresura el paso.

Maura recuerda que de unos meses a la fecha han sucedido cosas horribles en el barrio: “levantaron” a Susy, hija de la señora Antonia, dueña de la tiendita. Hace semanas que la pobre no sabe nada de ella; lo bueno que a su hermana pequeña (por cierto, de la misma edad que su hija Estela), quien la acompañaba ese día, no se la llevaron. El caso de Rosario, su amiga, también viene a su mente: cómo tuvo que salir huyendo del trabajo porque faltó poco para que uno de los compañeros, presuntamente intoxicado, la violara. Y las dos jóvenes de la secundaria, robadas y golpeadas a la salida de clases por un escuincle narcomenudista. 

Maura se estremece. Hace frío y una ligera llovizna empieza a caer; sin embargo, siente correr el sudor por su cuello y espalda. Aprieta en su pecho la bolsa de mano. Quién sabe si para asegurar el poco dinero y credenciales que en él porta, o a manera de escudo protector.

Acelera el paso. Va casi corriendo cuando se percata que ha llegado a la puerta de su casa. Siente rodar por sus mejillas abundantes gotas de ¿lluvia?

lunes, febrero 14, 2022

lunes, enero 31, 2022

Talleres para iniciar el año

1) Curso-taller de novela, como parte del programa 2022 de Letras y Voces de Tabasco, AC, y la Escuela de Escritores José Gorostiza, los sábados de 6 a 8 pm, a distancia, en la comodidad de su hogar. Inscripciones abiertas. Informes en las redes de los organizadores.

2) Taller de Creación literaria enfocado a la estructuración del libro de poesía y cuento, con sede en la Casa del Poeta Ramón López Velarde (Vallejo 300, Centro, SLP) de la Secretaría de Cultura de SLP. Inicio: 7 o 14 de febrero, los lunes, 20 sesiones, de 5 a 7 pm. Inscripciones abiertas.

3) Taller de Crónica y otros géneros de no ficción, con los Guardianes de la Sierra de San Miguelito/FAO, los domingos 20 y 27 de febrero, y 6, 13 y 20 de marzo, cinco sesiones, de 12 a 2 pm: tres en la oficina de los Guardianes, José María Flores 305, barrio de San Sebastián, una en Cerro de San Pedro y otra en nuestra Sierra de San Miguelito. Inscripciones abiertas.

4) Taller literario del Centro de las Artes, que empieza el próximo 5 de febrero, los sábados de 11 am a 2 pm. Inscripciones cerradas. 

En todos los talleres, buen ambiente (humano y para respirar): cupo limitado y lugares ventilados.

domingo, noviembre 21, 2021

A la frontiere / En la frontera, cuento de Alexandro Roque, traducción y voz de Amanda Bouchenoire



Agradezco infinito a la artista plástica Amanda Bouchenoire 

Audio disponible en SoundCloud.


* * * 
A la frontiere

A la douane on arrête un instant la muse. Les gardes se méfient de sa légèreté car ils ne peuvent pas voir ses ailes. Les souvenirs sont portés par moi, mais ils ne sont pas lourds non plus.

—Quelque chose à déclarer ? Lui demandent-ils ?

Elle n'a rien dit. Les Muses n'aiment pas les impératifs. Par leur simple existence, elles transforment n'importe quel muscle cardiaque en autel, musée, panthéon, palais. Et ce muscle se joint battement à battement aux nerfs optiques, au doigt cordial et aux autres. Et nous devenons un collectif d'anonymat, d'hétéronymes, de pseudonyme : c'est dans cette différence que nous trouvons notre moitié, nos trois huitièmes, notre quintessence. Le mot et le sens.

Elle sourit. Ils lui sourient. Elle disparaît quelques mètres devant moi.

—Quelque chose à déclarer ? —Ils me demandent

—Rien, plutôt beaucoup à écrire.

—Vous avez acheté beaucoup de souvenirs ? —Non, je les ai construits. D'autres sont en chemin dans mes rêves.

Vous ne ressemblez pas à celui qui est sur votre passeport.

—C'est parce que je ne suis plus le même.

On dit que les frontières et le sens des choses sont arbitraires.

miércoles, septiembre 01, 2021