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sábado, julio 20, 2019
viernes, diciembre 08, 2017
domingo, agosto 13, 2017
jueves, agosto 25, 2016
La ciudad como texto (fragmento) - Michel Butor (1926-2016)
«El texto manifiesto es perpetuamente despertado por la lectura, pero el texto profundo, aquél que duerme entre las hojas de un libro aún no abierto, en los subterráneos de las reservas, ese texto durmiente no tiene menos importancia, como sabemos. Resulta esencial que pueda consultarse algún día. Nada marcha si está perdido: ya no pueden aplicarse las leyes.
»La función de la ciudad como acumulador de texto es tan importante que podemos preguntarnos si no es ésta su raíz principal. Las investigaciones arqueológicas nos enseñan que, en todas partes en el planeta, las primeras grandes ciudades son contemporáneas de la invención de la escritura en el sentido propio del término, cualquiera que sea su mundo. Así, tal vez no sea porque hay mucha gente en un lugar que el texto se acumula ahí, si no a la inversa. Sería porque en este lugar se repliega el texto que ahí se instala la gente para servirlo de alguna manera. La sede de la autoridad, no es tanto la del gobierno, del jefe militar, del sacerdote, sino la de los archivos...
»El género literario que es la ciudad puede fácilmente compararse con la novela. Siendo en efecto el gran novelista aquel que sabe dar a oir la voz de sus personajes, que debe otorgar a cada cual un estilo particular. su estilo es, propiamente dicho, un superestilo. una integración de estos fenómenos estilísticos que bastarian perfectamente para caracterizar a un orador o a un poeta lirico. Asimismo. el estilo de una gran ciudad integra una prodigiosa cantidad de subestilos, los de los pueblos yuxtapuestos o superpuestos.»
»La función de la ciudad como acumulador de texto es tan importante que podemos preguntarnos si no es ésta su raíz principal. Las investigaciones arqueológicas nos enseñan que, en todas partes en el planeta, las primeras grandes ciudades son contemporáneas de la invención de la escritura en el sentido propio del término, cualquiera que sea su mundo. Así, tal vez no sea porque hay mucha gente en un lugar que el texto se acumula ahí, si no a la inversa. Sería porque en este lugar se repliega el texto que ahí se instala la gente para servirlo de alguna manera. La sede de la autoridad, no es tanto la del gobierno, del jefe militar, del sacerdote, sino la de los archivos...
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Publicado en la Revista de la Universidad, UNAM.
Lean por acá un fragmentito de La utilidad poética.
miércoles, enero 20, 2016
Los meteoros (fragmento) - Michel Tournier (1924-2016)
"Ya sólo soy un grito, un dolor. Estoy en una burbuja, más o menos inflada. Soy esa burbuja. Unas veces su membrana flácida, desinflada, se pega a mi cuerpo, coincide con mi piel, otras rebosa, envuelve el lecho, invade la habitación. Mis heridas son dos jardines japoneses, y en esta tierra roja, tumefacta, llena de costras negras, cubierta de charcos de pus donde el hueso cortado emerge como una roca, sobre este terreno leproso, labrado, pelado, me corresponde modelar una minúscula réplica del cielo y de la tierra..., que me dará la llave del universo. Vislumbro el nacimiento de un cuerpo barométrico, pluviométrico, anemométrico, higrométrico.
Un cuerpo poroso donde vendrá a respirar la rosa de los vientos. No el desecho orgánico que se pudre sobre un camastro, sino el testigo vivo y nervioso de los meteoros. Así, de la caverna roja y tumefacta de mis muñones salen frágiles y tímidos órganos para realizar incursiones exploratorias que todavía no sobrepasan los límites de mis vendajes. Y es que desde hace dos horas, mi pierna izquierda -la amputada, la invisible-, saliéndose del vendaje, de las sábanas de la cama, colgaba sobre el suelo de la habitación. Mi pierna invadía el cuarto, mi brazo izquierdo se había replegado por completo en su vendaje, y mi mano, si bien no había desaparecido, era bajo la gasa sólo un capullo de narciso de las nieves. Pero mi mano izquierda estaba allí, ella también, espontáneamente se había adelantado al extremo de un brazo de diez a once metros de largo para acudir a una cita con mi mirada sobre un pequeño champignon blancuzco.
Un cuerpo poroso donde vendrá a respirar la rosa de los vientos. No el desecho orgánico que se pudre sobre un camastro, sino el testigo vivo y nervioso de los meteoros. Así, de la caverna roja y tumefacta de mis muñones salen frágiles y tímidos órganos para realizar incursiones exploratorias que todavía no sobrepasan los límites de mis vendajes. Y es que desde hace dos horas, mi pierna izquierda -la amputada, la invisible-, saliéndose del vendaje, de las sábanas de la cama, colgaba sobre el suelo de la habitación. Mi pierna invadía el cuarto, mi brazo izquierdo se había replegado por completo en su vendaje, y mi mano, si bien no había desaparecido, era bajo la gasa sólo un capullo de narciso de las nieves. Pero mi mano izquierda estaba allí, ella también, espontáneamente se había adelantado al extremo de un brazo de diez a once metros de largo para acudir a una cita con mi mirada sobre un pequeño champignon blancuzco.
(Tomado de El Poder de la Palabra)
sábado, noviembre 14, 2015
Recogimiento - Charles Baudelaire
Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
ÂSu verdugo inclemente por las calles anhela
Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela,
Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
Que es posible escaparse de los ya muertos años
Con sus antiguos trajes en el balcón celeste.
Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,
Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
Ahora, tal un sudario que desciende del este.
Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
ÂSu verdugo inclemente por las calles anhela
Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela,
Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
Que es posible escaparse de los ya muertos años
Con sus antiguos trajes en el balcón celeste.
Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,
Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
Ahora, tal un sudario que desciende del este.
Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
viernes, noviembre 13, 2015
Si pudiéramos ir - Víctor Hugo
Él decía a su amada: Si pudiéramos ir
los dos juntos, el alma rebosante de fe,
con fulgores extraños en el fiel corazón,
ebrios de éxtasis dulces y de melancolía,
hasta hacer que se rompan los mil nudos con que ata
la ciudad nuestra vida; si nos fuera posible
salir de este París triste y loco, huiríamos;
no se adónde, a cualquier ignorado lugar,
lejos de vanos ruidos, de los odios y envidias,
a buscar un rincón donde crece la hierba,
donde hay árboles y hay una casa chiquita
con sus flores y un poco de silencio, y también
soledad, y en la altura cielo azul y la música
de algún pájaro que se ha posado en las tejas,
y un alivio de sombra... ¿Crees que acaso podemos
tener necesidad de otra cosa en el mundo?
los dos juntos, el alma rebosante de fe,
con fulgores extraños en el fiel corazón,
ebrios de éxtasis dulces y de melancolía,
hasta hacer que se rompan los mil nudos con que ata
la ciudad nuestra vida; si nos fuera posible
salir de este París triste y loco, huiríamos;
no se adónde, a cualquier ignorado lugar,
lejos de vanos ruidos, de los odios y envidias,
a buscar un rincón donde crece la hierba,
donde hay árboles y hay una casa chiquita
con sus flores y un poco de silencio, y también
soledad, y en la altura cielo azul y la música
de algún pájaro que se ha posado en las tejas,
y un alivio de sombra... ¿Crees que acaso podemos
tener necesidad de otra cosa en el mundo?
En abril de 1944, París todavía respiraba - Paul Éluard
Descendíamos hacia el río fiel: ni su ola ni nuestros ojos habían
abandonado a París.
No pequeña ciudad, sino ciudad infantil y maternal.
Ciudad que todo lo atraviesa, como un sendero de verano,
lleno de flores y de pájaros, como un beso profundo, lleno también
de niños sonrientes, y de madres frágiles.
No una ciudad en ruinas, sino una ciudad compleja, marcada por
su desnudez.
Ciudad entre nuestras muñecas como una atadura rota, entre nuestros
ojos como un ojo ya visto, ciudad repetida indefinidamente como un
poema.
Ciudad siempre semejante a sí misma.
Vieja ciudad... Entre la ciudad y el hombre no había ni siquiera el espesor
de un muro.
Ciudad de la transparencia, ciudad inocente.
Entre el hombre abandonado y la ciudad desierta, había más que
el espesor de un espejo.
Sólo había una ciudad que presentaba los colores del hombre, tierra
y carne, sangre y savia.
El día que juguetea en el agua, la noche que muere sobre la tierra.
El ritmo del aire puro es más fuerte que la guerra.
Ciudad con la mano tendida, y, entonces, todo mundo ríe y todo mundo
goza. Ciudad ejemplar.
Nadie pudo saltar los puentes que nos conducían al sueño y del sueño
a nuestros sueños y de nuestros sueños a la eternidad.
Ciudad perdurable, donde viví un día nuestra victoria sobre la muerte.
abandonado a París.
No pequeña ciudad, sino ciudad infantil y maternal.
Ciudad que todo lo atraviesa, como un sendero de verano,
lleno de flores y de pájaros, como un beso profundo, lleno también
de niños sonrientes, y de madres frágiles.
No una ciudad en ruinas, sino una ciudad compleja, marcada por
su desnudez.
Ciudad entre nuestras muñecas como una atadura rota, entre nuestros
ojos como un ojo ya visto, ciudad repetida indefinidamente como un
poema.
Ciudad siempre semejante a sí misma.
Vieja ciudad... Entre la ciudad y el hombre no había ni siquiera el espesor
de un muro.
Ciudad de la transparencia, ciudad inocente.
Entre el hombre abandonado y la ciudad desierta, había más que
el espesor de un espejo.
Sólo había una ciudad que presentaba los colores del hombre, tierra
y carne, sangre y savia.
El día que juguetea en el agua, la noche que muere sobre la tierra.
El ritmo del aire puro es más fuerte que la guerra.
Ciudad con la mano tendida, y, entonces, todo mundo ríe y todo mundo
goza. Ciudad ejemplar.
Nadie pudo saltar los puentes que nos conducían al sueño y del sueño
a nuestros sueños y de nuestros sueños a la eternidad.
Ciudad perdurable, donde viví un día nuestra victoria sobre la muerte.
domingo, octubre 23, 2011
Autorretrato de Néstor Ponce
Tomado de La nave de los locos. Los esperamos en su conferencia.
Soy un hombre leyendo. Desde los ochos años, bajo cualquier circunstancia, en todo lugar. Me veo leyendo novelas de aventuras de la colección Robin Hood —tapa de cartón amarillo e ilustración acorde—, escondiéndome bajo las sabanas con una linterna y un libro abierto, después de que mis padres me pidieran que apagara la luz. Leo en una plaza, en un cuarto de hotel, en un tren, en un ómnibus, en un aeropuerto, en un barco, en una biblioteca. De pie, sentado, tumbado. A las seis de la mañana en un bar. Al mediodía en la terraza de un restaurante, a la noche a la luz de una vela. Mientras trabajo como vendedor en una tienda de camas y colchones. En un estadio de fútbol. En un automóvil. En la favela A Rocinha y en el Hotel Radisson de México, D. F. ¿En qué ciudades he leído en los últimos doce meses? Buenos Aires, La Plata, París, Rennes, Saint-Jacques, Lyon, Marsella, Aix-en-Provence, Le Horps, Perpiñán, Boston, Nueva York, Lille, Villeneuve d’Ascq. He leído comiendo, cuidando a mis hijos, en el baño, en la computadora, tomando mate o café, cayendo en el sueño. He leído dormido. He leído soñando. También triste, preocupado, hastiado, y feliz, dicharachero, concentrado, de mal humor y muy cansado. En una época hacía jogging con un walkman, pero en lugar de música ponía cassettes de actores leyendo Agatha Christie, Marguerite Yourcenar, Colette. Leo el modo de empleo del papel higiénico en el baño, recetas de cocina, guías para el usuario, instrucciones para subir una escalera. Leo lo que tengo a mano, a vista de ojo. Aprendo malas palabras en baños públicos de Río de Janeiro, Berlín, Barcelona o Ámsterdam. Me compro libros en lenguas que no entiendo. Colecciono traducciones del Martín Fierro. Me peleo con amigos entrañables porque no nos gustan los mismos autores. Me desespero porque mis hijos no leen. Escribo resúmenes de novelas en la escuela primaria y les resumo las obras completas de Borges a mis estudiantes. Si veo que un colega ha dejado un libro dado vuelta en un escritorio, en medio de una reunión, no puedo evitar el darlo vuelta para leer el título. Visito ciudades maravillosas y siempre me encierro por lo menos una vez en una librería. Recorro estantes de majestuosas y de polvorientas bibliotecas públicas de barrio y de bibliotecas de, cuando visito a un amigo examino los libros alineados en salones, pasillos, cuartos de baño. Hurgo en revisteros. Duermo en casa de amigos, donde jamás abriría un cajón o el botiquín de primeros auxilios, pero me resulta imposible resistir a la tentación de estudiar los lomos de los libros, de hojear páginas de lenguas incomprensibles. Estoy escribiendo estas líneas y suena el teléfono a las 8h 05 para pedirme precisiones sobre mi dirección porque me llega un paquete de libros de México con mi última novela. Encuentro en librerías de viejo joyas de bibliófilo que dormían a la espera de que alguien las descubriera. Hago estadísticas mentales sobre el porcentaje de lectores rumbo al trabajo matinal en el métro de París, en el subte de Buenos Aires, en el metro de Madrid. Durante años me creí un bicho medio raro, un fenómeno extraño, pero con el tiempo me di cuenta que los lectores formamos parte de una sociedad secreta, de la que no se conoce el número exacto de miembros ni el grado de compromiso, cuyos miembros ignoran su mutua existencia —cuidado: tu vecino, tu futura novia, tu hijo y hasta tu peor enemigo pueden integrarla—, pero que están repartidos en los mil rincones del vasto mundo. Los libros me han hecho descubrir la magia de las palabras, la furiosa ternura de la imaginación y, sobre todo, me han enseñado a amar la vida, la verdadera.
Soy un hombre leyendo. Desde los ochos años, bajo cualquier circunstancia, en todo lugar. Me veo leyendo novelas de aventuras de la colección Robin Hood —tapa de cartón amarillo e ilustración acorde—, escondiéndome bajo las sabanas con una linterna y un libro abierto, después de que mis padres me pidieran que apagara la luz. Leo en una plaza, en un cuarto de hotel, en un tren, en un ómnibus, en un aeropuerto, en un barco, en una biblioteca. De pie, sentado, tumbado. A las seis de la mañana en un bar. Al mediodía en la terraza de un restaurante, a la noche a la luz de una vela. Mientras trabajo como vendedor en una tienda de camas y colchones. En un estadio de fútbol. En un automóvil. En la favela A Rocinha y en el Hotel Radisson de México, D. F. ¿En qué ciudades he leído en los últimos doce meses? Buenos Aires, La Plata, París, Rennes, Saint-Jacques, Lyon, Marsella, Aix-en-Provence, Le Horps, Perpiñán, Boston, Nueva York, Lille, Villeneuve d’Ascq. He leído comiendo, cuidando a mis hijos, en el baño, en la computadora, tomando mate o café, cayendo en el sueño. He leído dormido. He leído soñando. También triste, preocupado, hastiado, y feliz, dicharachero, concentrado, de mal humor y muy cansado. En una época hacía jogging con un walkman, pero en lugar de música ponía cassettes de actores leyendo Agatha Christie, Marguerite Yourcenar, Colette. Leo el modo de empleo del papel higiénico en el baño, recetas de cocina, guías para el usuario, instrucciones para subir una escalera. Leo lo que tengo a mano, a vista de ojo. Aprendo malas palabras en baños públicos de Río de Janeiro, Berlín, Barcelona o Ámsterdam. Me compro libros en lenguas que no entiendo. Colecciono traducciones del Martín Fierro. Me peleo con amigos entrañables porque no nos gustan los mismos autores. Me desespero porque mis hijos no leen. Escribo resúmenes de novelas en la escuela primaria y les resumo las obras completas de Borges a mis estudiantes. Si veo que un colega ha dejado un libro dado vuelta en un escritorio, en medio de una reunión, no puedo evitar el darlo vuelta para leer el título. Visito ciudades maravillosas y siempre me encierro por lo menos una vez en una librería. Recorro estantes de majestuosas y de polvorientas bibliotecas públicas de barrio y de bibliotecas de, cuando visito a un amigo examino los libros alineados en salones, pasillos, cuartos de baño. Hurgo en revisteros. Duermo en casa de amigos, donde jamás abriría un cajón o el botiquín de primeros auxilios, pero me resulta imposible resistir a la tentación de estudiar los lomos de los libros, de hojear páginas de lenguas incomprensibles. Estoy escribiendo estas líneas y suena el teléfono a las 8h 05 para pedirme precisiones sobre mi dirección porque me llega un paquete de libros de México con mi última novela. Encuentro en librerías de viejo joyas de bibliófilo que dormían a la espera de que alguien las descubriera. Hago estadísticas mentales sobre el porcentaje de lectores rumbo al trabajo matinal en el métro de París, en el subte de Buenos Aires, en el metro de Madrid. Durante años me creí un bicho medio raro, un fenómeno extraño, pero con el tiempo me di cuenta que los lectores formamos parte de una sociedad secreta, de la que no se conoce el número exacto de miembros ni el grado de compromiso, cuyos miembros ignoran su mutua existencia —cuidado: tu vecino, tu futura novia, tu hijo y hasta tu peor enemigo pueden integrarla—, pero que están repartidos en los mil rincones del vasto mundo. Los libros me han hecho descubrir la magia de las palabras, la furiosa ternura de la imaginación y, sobre todo, me han enseñado a amar la vida, la verdadera.
martes, septiembre 21, 2010
"Telemaquia", de Juan José Arreola
Dondequiera que haya un duelo estaré de parte del vencido, del que cae. Ya se trate de héroes o rufianes.
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.
Héctor y Menelao, Francia y Alemania y los dos borrachos que se rompen el hocico en la taberna, me abruman con su discordia. Adondequiera que vuelvo los ojos, me tapa el paisaje del mundo un inmenso paño de Verónica con el rostro del Bien escarnecido.
Espectador a la fuerza, veo a los contendientes que inician la lucha y quiero estar de parte de ninguno. Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.
El hombre contra el hombre. ¿Alguien quiere apostar?
Señoras y señores: no hay salvación. En nosotros se está perdiendo la partida. El diablo juega ahora las piezas blancas.
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.
Héctor y Menelao, Francia y Alemania y los dos borrachos que se rompen el hocico en la taberna, me abruman con su discordia. Adondequiera que vuelvo los ojos, me tapa el paisaje del mundo un inmenso paño de Verónica con el rostro del Bien escarnecido.
Espectador a la fuerza, veo a los contendientes que inician la lucha y quiero estar de parte de ninguno. Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.
El hombre contra el hombre. ¿Alguien quiere apostar?
Señoras y señores: no hay salvación. En nosotros se está perdiendo la partida. El diablo juega ahora las piezas blancas.
viernes, septiembre 08, 2006
Europa: Mi encuentro con Javert (segunda parte)

La espera que desespera. Pasaron dos horas y perdimos el avión, aunque los oficiales nos aseguraron que nos ayudarían a conseguir otro. Lo malo es que con las amenazas de bomba Air France no soltó las maletas y se quedaron con las ganas de echarle el guante a nuestros calzones.
—Tienen que esperar —dijo Javert.
Y yo con las ganas de fumar, después de un largo viaje. Me dieron permiso en una parte del sucio corredor que estaba lejos de la alarma de fuego. El cigarro fue inspeccionado de lejos por el inspector y otro guardia se quedó conmigo, por si acaso me escapaba como Edmundo Dantés.
Me aventé como cinco de un jalón...
¿Qué tal si echaban algo a la maleta para justificarse? Quien conozca a la policía mexicana sabrá que no es descabellada la idea.
Después de tres horas, como a las cinco de la tarde, hora París, nos soltaron un "usted disculpe" y nos acompañaron a cambiar nuestro boleto. Javert aún me volteaba a ver, como para estar seguro de que no me estaría burlando de él. Nos dejaron en la sala de espera y nos avisaron que al avión a Madrid salía a las siete con diez minutos. compramos una baguét, un refresco y un café por 9.50 euros y esperamos amodorrados. Me acompañó en la palm el buen Jean Valjean, preso en ese rato por haber robado una hogaza de pan.
Viaje sin contratiempos. Comprobamos por qué mucha gente odia la comida de los aviones. Llegamos a madrid y fuimos a recoger las maletas. media hora y nada. Por fin, las bandas se echaron a andar y la mayoría de las personas recogieron las suyas y se fueron. Las nuestras nada. Eran las 11 de la noche cuando la encargada de quejas nos informó que seguramente las petacas estarían en París y que llegarían al día siguiente.
Error: los datos del hotel estaban en el equipaje. Pos mañana le hablamos, señorita, para decirle en qué hotel vamos a estar.
La forma de hablar gritada de algunos personajes del aeropuerto Barajas nos hizo saber que no sería fácil encontrar información. Por fin se nos ocurrió revisar en Internet y encontramos el nombre de nuestro destino: Hotel Rafael Atocha. Gracias a Air France, a Javert y a sus ayudantes perdimos el traslado incluido en el tour y tuvimos que pagar 28 euros para llegar al hotel. Yo me bajo en Atocha, canturreamos, cansados.
Las luces de Madrid son tan bellas...
He sido un paria en París,
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid,
pero siempre hay un niño que envejece en Madrid,
pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid,
pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid,
pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid,
pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid.
Y así, arribamos por fin a la madre patria. Y olé.
martes, agosto 22, 2006
Europa: Mi encuentro con Javert (primera parte)

¿Verdad que no estoy tan feo? Lo moreno y lo malencarado me cae que no son mi culpa, son herencia de mi abuela paterna, una mujer de cabellera china (un afro de buen tamaño) y de labios gruesos que no era negra nomás por su color alechado. Lo de mi cabello largo sí lo podría arreglar pero ya me acostumbré. Que si parezco árabe, hindú, azteca o chichimeca suelen decirlo quienes me conocen. Pero nomás por mi color y mi facha fue que conocí a Javert en estas vacaciones. Hubiera preferido conocer a Closeau pero cestlaví...
No es que quiera presumir que fui a Madrid y a París. Bueno, sí, un poco —ni modo que diga que no teniendo un blog, que para eso son—, pero más bién se trata de contar algo, anécdotas y todo de este viaje de pisaycorre, en plan japonés, digamos.
En fin, que el jueves que salimos de viaje Luz y yo (autobús de cinco horas al Defectuoso desde el Piojosí) de lo último que nos enteramos en las noticias fue de la amenaza de bomba en Inglaterra. ¡Bolas, don Cuco! A ver cómo nos va. Si hubiéramos llegado unas horas antes al aeropuerto Benito Juárez también nos hubiéramos encontrado con las huestes del voto por voto que por la mañana se manifestaron. El taxista que nos llevó de la central del norte al aeropuerto nos taladró los oídos todo el trayecto con sus quejas contra los quejosos.
Viaje sin problemas. Primera vez de cruzar el charco y de comprobar que las comidas en le avión no suelen ser demasiado consistentes. Películas: La era del hielo 2 y RV (Bién por Sonnenfeld, a pesar de Robin Williams). En el Aeropuerto Charles de Gaulle se suponía haríamos un transbordo a Madrid de no más de una hora. Ah, pero en la aduana ya nos esperaba un clon del inspector Javert, con su uniforme y su mirada penetrante, la ceja y los labios fruncidos. Dejó pasar a una mujer con su hijo (vestido de Winnie Puh) que iba a encontrarse con su marido, y me detuvo a mí. El error fue haber llamado a Luz, que ya había dejado atrás a les cancerberos en constante estado de alerta.
Las preguntas exageradas y el celo de este hombre, que como el Javert de Victor Hugo hubiera sido capaz de hacerse despedir por una falta, me hicieron desesperar. Para traducir, mandó traer a un oficial que sí hablaba español:
—Va a tener que acompañarnos para hacerle una prueba de orina. Y vamos a revisar sus maletas delante de usted.
Mediante su olfato de sabueso, seguro de sí, Javert ya me había encontrado culpable.
—¿Por qué? Nomás porque soy moreno? Es racismo, ¿¡verdad!?
Javert y sus secuaces nos condujeron a Luz (ya muerta de miedo) y a mí (medio muerto) hasta una oscura oficina donde se besaban un par de oficiales (hombre y mujer). Se les vio lo apenado a los guías y a los sorprendidos in fraganti.
—Orine aquí —pidió Javert en su papel de Moisés usando la voz de su asistente Aarón. Después de un viaje de 11 horas y pésimas comidas en el avión de Air France llené el vaso y casi le pido otro al inspector. Tras introducir en el líquido amarillo los reactivos, Javert se mostró consternado. Negativo. Sacre bleu. De lo poco que capté de la conversación en francés escuché que Javert le decía al otro que no era posible, que debía llevar algo, al menos en las maletas.
—Si trae algo, declárelo de una vez, antes de que traigan sus maletas, porque la justicia francesa es muy dura, y si admite desde ahorita le pueden dar una reducción —tradujo el Aarón.
—No traigo nada, me cai.
—¿A qué se dedica?
—Soy editor y escritor.
—¿Sus libros se pueden conseguir en Francia?
—No, muy apenas se consiguen en México.
—Ah. ¿Me podría enseñar alguno ahorita que traigan sus maletas?
La dedicatoria hubiera sido: "Para los oficiales que me vieron cara de narco..."
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