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sábado, mayo 12, 2018

Gerard Genette (1930-2018)

«La humanidad, que descubre sin cesar nuevos sentidos, no siempre puede inventar nuevas formas, y a veces necesita investir de sentidos nuevos formas antiguas. "La cantidad de fábulas y de metáforas de las que es capaz la imaginación de los hombres es limitada, pero este pequeño número de invenciones puede ser todo para todos, como el Apóstol". Todavía es necesario ocuparse de ellas, y a la hipertextualidad le corresponde el mérito específico de relanzar constantemente las obras antiguas en un nuevo circuito de sentido. La memoria, dicen, es "revolucionaria" —a condición, claro está, de que se la fecunde y de que no se limite a conmemorar- o "La literatura es inagotable por la razón suficiente de que un solo libro lo es". Este libro no basta sólo con releerlo, sino que hay que reescribirlo, aunque sea como Ménard, literalmente. Así se cumple la utopía borgiana de una Literatura en transfusión perpetua —perfusión transtextual constantemente presente a sí misma en su totalidad y como Totalidad, en la que todos los autores no son más que uno, y en la que todos los libros son un vasto Libro, un solo Libro infinito. La hipertextualidad no es más que uno de los nombres de esta incesante circulación de los textos sin la que la literatura no valdría ni una hora de pena. Y cuando digo una hora..."

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Palimpsestos. la literatura en segundo grado.

Algo sobre su escuela por acá. Y algo más sobre su obra acullá

martes, mayo 09, 2017

Finales de cuento - Horacio Quiroga

«Encontré una vez a un amigo mío, excelente cuentista, llorando, de codos sobre un cuento que no podía terminar. Faltábale tan sólo la frase final. Pero no la veía, sollozaba, sin lograr verla así tampoco.
»He observado que el llanto sirve por lo general en literatura para vivir el cuento, al modo ruso; pero no para escribirlo. Podría asegurarse a ojos cerrados que toda historia que hace sollozar a su autor al escribirla, admite matemáticamente esta frase final:
Estaba muerta!"
»Por no recordarla a tiempo su autor, hemos visto fracasado más de un cuento de gran fuerza. El artista muy sensible debe tener siempre listos, como lágrimas en la punta de su lápiz, los admirativos. Las frases breves son indispensables para finalizar los cuentos de emoción recóndita o contenida. Una de ellas es:
"Nunca más volvieron a verse".
»Puede ser más contenida aún:
"Sólo ella volvió el rostro".
»Y cuando la amargura y un cierto desdén superior priman en el autor, cabe esta sencilla frase:
"Y así continuaron viviendo".
»Otra frase de espíritu semejante a la anterior, aunque más cortante de estilo:
"Fue lo que hicieron".
»Y ésta, por fin, que por demostrar gran dominio de sí e irónica suficiencia en el género, no recomendaría a los principiantes:
"El cuento concluye aquí. Lo demás apenas si tiene importancia para los personajes".
»Esto no obstante, existe un truc para finalizar un cuento, que no es precisamente final, de gran efecto siempre y muy grato a los prosistas que escriben también en verso. Es éste el truc del leitmotiv.

Comienzo del cuento: "Silbando entre las pajas, el fuego invadía el campo, levantando grandes llamaradas. La criatura dormía…"

Final: "Allá a lo lejos, tras el negro páramo calcinado, el fuego apagaba sus últimas llamas…"

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Sobre el arte de contar historias

jueves, marzo 30, 2017

El estilo indirecto - James Wood

«La narración omnisciente raramente es tan omnisciente como parece. En primer lugar, el estilo del autor por lo general hace que la omnisciencia en tercera persona parezca parcial y llena de modulaciones. El estilo tiende a atraer nuestra atención hacia el escritor, hacia el artificio de la construcción del autor, y por tanto hacia la propia impronta del autor. De ahí la casi cómica paradoja del célebre deseo de Flaubert de que el autor sea «impersonal», como una especie de Dios distante, y la elevada personalidad de su propio estilo, esas frases y detalles exquisitos,  que no son ni más ni menos que la firma llamativa de Dios en cada página: vaya con el autor impersonal. Tólstoi se acerca mucho más a una idea canónica de la omnisciencia del autor, y usa con una mayor naturalidad y autoridad un modelo de escritura que Roland Barthes llamaba "el código de referencia" (o a veces incluso "el código cultural"), mediante el cual un escritor apela confiadamente a una verdad universal o consensuada, o a un corpus de conocimiento cultural o científico compartido.

»Lo que resulta tan útil del estilo indirecto libre es que en nuestro ejemplo una palabra como "estúpido" a veces pertenece tanto al autor como al personaje; no estamos totalmente seguros de quién es el "dueño" de la palabra. Quizás "estúpido" refleje una ligera acritud o distancia por parte del autor. O bien la palabra puede pertenecer "totalmente" al personaje, y el autor, en un brote de empatía, se la ha "entregado", por decirlo así, al hombre lloroso...»


En Los mecanismos de la ficción

sábado, septiembre 19, 2015

Indistinguibles

¿Demasiada realidad? Se vale sobar. Se vale soñar. Benditos sueños, como el que acabo de tener. Pero como no puedo soñar todo el día, escribo: Son dos territorios míos, míos. Acaso los únicos, aunque a veces los comparto: mucho se olvida, otro tanto no lo hago público.

Comparto un fragmento del texto de E.L. Doctorow "La infancia de un escritor", publicado en Nexos:

He vivido apegado a una idea desde que la escuché de uno de mis profesores de Kenyon College en los años cincuenta: que hubo un tiempo en que no era posible distinguir entre la realidad y la ficción, entre la percepción religiosa y el discurso científico, entre la comunicación utilitaria y la poesía, en que todas estas funciones del lenguaje, que ahora distinguimos según la situación en que nos encontramos, eran indivisibles. Así ocurría con las obras de Homero. Así ocurría con el Génesis. Aprendí que esa era la teoría Holofrástica del lenguaje, y la imagen que se nos proporcionó fue la de una estrella y dos puntos: en uno de ellos estamos nosotros, hoy; el centro corresponde a la época en que esa estrella lingüística hizo implosión. No sé a quién se le ocurrió esta idea, si todavía circula en los seminarios o si ha pasado de moda o se ha modificado para ser compatible con los estudios culturales construccionistas. Pero verificable o no, me satisface porque explica por qué aun cuando vivimos en una época orientada por la ciencia, aun cuando nos apegamos a los valores del empirismo, y exigimos que nuestras proposiciones sean comprobadas y que nuestros argumentos legales se basen en evidencias demostrables, nuestras mentes modernas aún están estructuradas para contar historias. Los datos pueden cambiar, evolucionar, lo hacen todo el tiempo, pero las historias se abren paso hasta el inmutable núcleo de las cosas. De manera natural, la gente piensa en términos de conflicto y resolución, y en términos de un personaje que arrostra los acontecimientos, pero nunca está del todo segura del resultado de los acontecimientos, y por ende queda en suspenso… y todo nace de una confianza en la narrativa que debe pertenecer a nosotros y a nuestro cerebro tan ciertamente como nuestra predisposición a aceptar las reglas de la gramática.

viernes, marzo 04, 2011

No eres tú, ni soy yo...

"La persona de carne y hueso, aquí y ahora, que es cada uno de nosotros, puede desempeñar el papel de sujeto de muchas, muchísimas actividades, entre ellas las discursivas, algunas de las cuales "permiten" un simulacro de su presencia mediante el pronombre yo, que, como sabemos desde Benveniste, tiene su razón de ser en la subjetividad permitida por la lengua en el discurso común en relación al tú, que es el receptor inmediato y potencial emisor de la réplica enunciativa. Dentro del discurso literario o, mejor, de la praxis productiva del mismo, este intercambio yo/tú no es posible: al ser un discurso escrito produce un distanciamiento con el marco enunciativo que instaura y funda el funcionamiento pertinente y significativo de los deícticos o embragues: yo (el que usa la palabra), (el receptor presente y posible replicante de la misma, es decir, un virtual yo), aquí (lugar circundante al que habla), ahora (el momento en que se emite el enunciado en el discurso común), entre otros. Todos sabemos que en el discurso literario (escrito o no) el "yo" (simulacro de la persona que habla) desaparece realmente..."

El discurso-testimonio y otros ensayos
Renato Prada Oropeza
UNAM, 2001.