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miércoles, agosto 16, 2017

El libro - Robert Louis Stevenson

Es el libro más impío que he leído en la vida —dijo el lector, arrojando el volumen al suelo.

—Tampoco hace falta que me maltrates —dijo el libro—. Así te darán menos por mí cuando me vendas de segunda mano. Además, yo no me escribí.

—Eso es verdad —concedió el lector—. Es con tu autor con quien me enfado.

—Pues no compres sus peroratas —dijo el libro.

—Eso es verdad —concedió el lector—, pero es que lo tenía por un autor alegre.

—A mí me lo parece —dijo el libro.

—Debes de ser muy distinto de mí —dijo el lector.

—Deja que te cuente una fábula —dijo el libro—. Dos hombres naufragaron en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaban en casa, el otro lo aceptó y…

—Sí, ya conozco esa clase de fábula —dijo el lector—. Los dos murieron.

—Sí, murieron —dijo el libro—. De eso no cabe duda. Como todo el mundo.

—Eso es verdad —dijo el lector—. Vayamos un poco más allá por esta vez. ¿Qué pasó cuando todos hubieron muerto?

—Que quedaron en manos de Dios, igual que antes —dijo el libro.

—No hay mucho de lo que alegrarse, según tu fábula.

—¿Quién está siendo impío ahora? —dijo el libro.

Y el lector lo arrojó al fuego.

El cobarde se arredra ante la vara. 

Y no tolera el férreo semblante de Dios.

sábado, octubre 08, 2016

Libros sin firma - Eusebio Ruvalcaba

«Y entonces se paró, buscó en su clóset, puso en un bote de basura las doscientas páginas que yo había escrito para ella, y las quemó. Yo vi aquellas llamas y me dio exactamente lo mismo. Nunca le he dado el menor valor a lo que escribo. Para mí era como si se estuviera friendo una quesadilla de flor de calabaza. Pero ella se puso a llorar y me amó como nunca lo había hecho). Si la admiración era la cadena con que la tenía atada, pues entonces tenía que hacerla inquebrantable. Y de mi cuenta corría que esa admiración no cesara. Uno tras otro, los poemas que escurrían de mi pluma no tenían otro cometido más que hacerla mía, más que mía: mi sombra. De por vida. Ahora comprendo que no debí ser tan ambicioso.

»Atrás de la literatura no hay nada. Nos hace girar como marionetas manejadas por un novato, para luego arrojarnos contra la pared y dejarnos embarrados como moscas. Y pensamos que estamos escribiendo páginas valiosas. Vemos nuestra foto en los diarios, nuestra imagen en la tv, guau, qué maravilla, ya eres un grande, así haz de escribir. Nada de esto pasaría si los libros fueran anónimos, si no figurara el nombre del autor en la portada. Que simple y llanamente se escribiera por el solo hecho de escribir. La vanidad entonces se desplomaría como las torres gemelas. Debería haber una editorial que sólo publicara libros sin firma. Yo compraría esos libros; pero quién sabe si publicaría ahí.

"Confesiones porcinas", en La Crónica

domingo, julio 12, 2015

Fragmentos de un discurso barthiano (2)




«Lo íntimo quiere hablar dentro de mí. Quiere hacer escuchar su grito ante las generalidades y la ciencia.

»Fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un sujeto, no una persona, y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje semantenga en pie, es decir, para llegar a agotarlo por completo.

»Si fuera escritor, y muerto, cómo me gustaría que mi vida se redujese, gracias a un biógrafo amistoso y sin prejuicios, a unos detalles, a unos gustos, a algunas inflexiones: podríamos decir "biografemas", cuya distinción y movilidad podrían viajar libres de cualquier destino y llegar, como los átomos epicúreos, a cualquier cuerpo futuro, condenado a la misma dispersión, una vida horadada en suma, como Proust supo escribir la suya en la obra.

»La intrusión, en el discurso del ensayo, de una tercera persona que no remite, sin embargo, a ninguna criatura de ficción, marca la necesidad de remodelar los géneros: que el ensayo confiese ser casi una novela: una novela sin nombres propios.

»Al hablar no estoy seguro de que busco la palabra justa, busco más bien evitar la palabra estúpida. Pero como siento cierto remordimiento por renunciar demasiado pronto a la verdad, me atengo a la palabra mediana.

»Se es ensayista porque se es cerebral. Quisiera escribir cuentos, pero estoy paralizado ante las dificultades que tendría al buscar una escritura para expresarme. [...] Toda la vida me ha apasionado el modo en que los hombres se hacen su mundo inteligible.»

»En cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura.»

Más por acá:
Blog de Enrique Vila Matas: La muerte del autor, por Roland Barthes.





martes, julio 07, 2015

Fragmentos de un discurso barthiano (1)

«Habitualmente, consideramos que la vida de un escritor debe informarnos sobre su obra; queremos encontrar una especie de causalidad entre las aventuras vividas y los episodios narrados, como si las unas produjesen a los otros; creemos que el trabajo del biógrafo autentifica la obra, que nos parece más "verdadera" si se nos muestra que ha sido vivida, de tan tenaz que es nuestro prejuicio de que el arte es en el fondo ilusión, y de que es preciso lastrarlo, cada vez que sea posible, con un poco de realidad, con un poco de contingencia.

»El narrador va a escribir, y este futuro lo mantiene en un orden de la existencia, no de la palabra; está encadenado a una psicología, no a una técnica. Marcel Proust, por el contrario, escribe; lucha con las categorías del lenguaje, no con las de la conducta. Perteneciendo al mundo referencial, la reminiscencia no puede ser directamente una unidad del discurso y lo que Proust necesita es un elemento propiamente poético (en el sentido que Jakobson da a esta palabra); pero también es necesario que ese rasgo lingüístico, como la reminiscencia, tenga el poder de constituir la esencia de objetos novelescos. Existe una clase de unidades verbales que posee, al más alto grado, ese poder constitutivo: es la clase de los nombres propios.

»El placer del Texto supone también una vuelta amistosa del autor. El autor que vuelve no es evidentemente el que han identificado nuestras instituciones […]; tampoco es el protagonista de una biografía. El autor que viene de su texto y va a nuestra vida no tiene unidad; es un simple plural de "encanto", el soporte de algunos detalles tenues, fuente de una fuerte luz novelesca, un canto discontinuo de amenidades en el que leemos la muerte con más seguridad que en la epopeya de un destino; no es una persona (civil, moral), es un cuerpo.

miércoles, febrero 04, 2015

Pacto con el diablo

—¿En qué idioma está el contrato, Mefistófeles?

Sonrió.

—Tienes que inventarlo para leerlo.
—¿Pero cómo podría?
—Te dejo el alma por mientras, para que puedas crearlo. En cuanto tengas todas las palabras regreso por ella. Firma.
—¿Cómo, si no sé lo que dice? No puedo comprender lo que voy a firmar...
—¿No es lo que siempre haces?

Sonreímos.
Y firmé.



domingo, noviembre 02, 2014

Derl testamento de Don Quijote

»Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Capítulo LXXIV

martes, abril 23, 2013

Agradecimiento a Cide Hamete - Miguel de Cervantes Saavedra

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como esta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes.