Mi cuerpo, que es mi calabozo,
es también mis parques y mis palacios:
son tan grandiosos que allí siempre estoy,
todo el día, de un lado a otro, despacio;
y cuando la noche empieza a caer
sobre en mi lecho, soñolienta,
mientras zumba todo el edificio en su vigilia,
como si un niño salvaje,
al atardecer, la extraviara de su camino,
(habiendo ella vagado, un día de verano
por las faldas del monte, y escalado)
todavía duerme en su montaña;
tan alta es, tan esbelta, tan completa,
que allí, en los eternos campos del aire,
mi imaginación se eleva como una cometa.
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domingo, mayo 03, 2020
martes, diciembre 19, 2017
El hombre y su amigo - Robert Louis Stevenson
Un hombre discutió con su amigo.
—Me has decepcionado mucho —dijo.
El amigo hizo una mueca y se fue.
Poco después, los dos murieron y comparecieron a la vez ante el gran Juez de Paz blanco. Las cosas empezaron a ponerse negras para el amigo, mientras que el hombre tenía la conciencia limpia y se iba poniendo de buen humor.
—Veo que hay antecedentes de una disputa —señaló el juez, consultando sus notas—. ¿Quién de los dos obró mal?
—Fue él —dijo el hombre—. Habló mal de mí a mis espaldas.
—¿Eso hizo? —preguntó el juez—. Y dígame, ¿cómo hablaba de sus vecinos?
—Siempre tuvo la lengua muy larga —dijo el hombre.
—¿Y lo eligió usted como amigo? —exclamó el juez—. Señor mío, aquí no tenemos tiempo para tontos.
De manera que arrojaron al hombre al pozo, mientras el amigo se carcajeaba y se asomaba a la oscuridad, a la espera de ser juzgado por otros delitos.
—Me has decepcionado mucho —dijo.
El amigo hizo una mueca y se fue.
Poco después, los dos murieron y comparecieron a la vez ante el gran Juez de Paz blanco. Las cosas empezaron a ponerse negras para el amigo, mientras que el hombre tenía la conciencia limpia y se iba poniendo de buen humor.
—Veo que hay antecedentes de una disputa —señaló el juez, consultando sus notas—. ¿Quién de los dos obró mal?
—Fue él —dijo el hombre—. Habló mal de mí a mis espaldas.
—¿Eso hizo? —preguntó el juez—. Y dígame, ¿cómo hablaba de sus vecinos?
—Siempre tuvo la lengua muy larga —dijo el hombre.
—¿Y lo eligió usted como amigo? —exclamó el juez—. Señor mío, aquí no tenemos tiempo para tontos.
De manera que arrojaron al hombre al pozo, mientras el amigo se carcajeaba y se asomaba a la oscuridad, a la espera de ser juzgado por otros delitos.
miércoles, agosto 16, 2017
El libro - Robert Louis Stevenson
Es el libro más impío que he leído en la vida —dijo el lector, arrojando el volumen al suelo.
—Tampoco hace falta que me maltrates —dijo el libro—. Así te darán menos por mí cuando me vendas de segunda mano. Además, yo no me escribí.
—Eso es verdad —concedió el lector—. Es con tu autor con quien me enfado.
—Pues no compres sus peroratas —dijo el libro.
—Eso es verdad —concedió el lector—, pero es que lo tenía por un autor alegre.
—A mí me lo parece —dijo el libro.
—Debes de ser muy distinto de mí —dijo el lector.
—Deja que te cuente una fábula —dijo el libro—. Dos hombres naufragaron en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaban en casa, el otro lo aceptó y…
—Sí, ya conozco esa clase de fábula —dijo el lector—. Los dos murieron.
—Sí, murieron —dijo el libro—. De eso no cabe duda. Como todo el mundo.
—Eso es verdad —dijo el lector—. Vayamos un poco más allá por esta vez. ¿Qué pasó cuando todos hubieron muerto?
—Que quedaron en manos de Dios, igual que antes —dijo el libro.
—No hay mucho de lo que alegrarse, según tu fábula.
—¿Quién está siendo impío ahora? —dijo el libro.
Y el lector lo arrojó al fuego.
El cobarde se arredra ante la vara.
—Tampoco hace falta que me maltrates —dijo el libro—. Así te darán menos por mí cuando me vendas de segunda mano. Además, yo no me escribí.
—Eso es verdad —concedió el lector—. Es con tu autor con quien me enfado.
—Pues no compres sus peroratas —dijo el libro.
—Eso es verdad —concedió el lector—, pero es que lo tenía por un autor alegre.
—A mí me lo parece —dijo el libro.
—Debes de ser muy distinto de mí —dijo el lector.
—Deja que te cuente una fábula —dijo el libro—. Dos hombres naufragaron en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaban en casa, el otro lo aceptó y…
—Sí, ya conozco esa clase de fábula —dijo el lector—. Los dos murieron.
—Sí, murieron —dijo el libro—. De eso no cabe duda. Como todo el mundo.
—Eso es verdad —dijo el lector—. Vayamos un poco más allá por esta vez. ¿Qué pasó cuando todos hubieron muerto?
—Que quedaron en manos de Dios, igual que antes —dijo el libro.
—No hay mucho de lo que alegrarse, según tu fábula.
—¿Quién está siendo impío ahora? —dijo el libro.
Y el lector lo arrojó al fuego.
El cobarde se arredra ante la vara.
Y no tolera el férreo semblante de Dios.
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