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jueves, septiembre 07, 2017

Ese otro - Daniel Gerber

«Mientras que a "normales" y neuróticos, el inconsciente nos engaña de alguna manera porque creemos en los azares, las coincidencias, las casualidades; al paranoico no lo engaña: él tiene la certeza de que hay Otro —ese Otro que finalmente no es sino el lenguaje que nos habita y domina—, que maquina, conspira, mueve los hilos que manipulan a las marionetas humanas...»

miércoles, abril 19, 2017

Eros, narciso y depresión... - Byung-Chul Han

«El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. Esta presupone la asimetría y exterioridad del otro. No es casual que Sócrates, como amado, se llame atopos. El otro, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar. Se sustrae al lenguaje de lo igual: "Atópico, el otro hace temblar el lenguaje: no se puede hablar de él, sobre él; todo atributo es falso, doloroso, torpe, mortificante". La cultura actual del constante igualar no permite ninguna negatividad del atopos. Comparamos de manera continua todo con todo, y así lo nivelamos para hacerlo igual, puesto que hemos perdido precisamente la atopía del otro. La negatividad del otro atópico se sustrae al consumo. Así, la sociedad del consumo aspira a eliminar la alteridad atópica a favor de diferencias consumibles, heterotópicas. La diferencia es una positividad, en contraposición a la alteridad. Hoy la negatividad desaparece por todas partes. Todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo.

»Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista. La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad. El narcisismo no es ningún amor propio. El sujeto del amor propio emprende una delimitación negativa frente al otro, a favor de sí mismo. En cambio, el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esta alteridad. Solo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo de algún modo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo.

»La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo. El actual sujeto narcisista del rendimiento está abocado, sobre todo, al éxito. Los éxitos llevan consigo una confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto narcisista del rendimiento. Con ello se desarrolla una depresión del éxito. El sujeto depresivo del rendimiento se hunde y ahoga en sí mismo. En cambio, el Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad, que saca al uno de su infierno narcisista. El Eros pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro. En el infierno de lo igual, la llegada del otro atópico puede asumir una forma apocalíptica. Formulado de otro modo: hoy solo un apocalipsis puede liberarnos, es más, redimirnos, del infierno de lo igual hacia el otro.

» El Eros vence la depresión...»

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La agonía del Eros (Herder, 2014)


lunes, diciembre 12, 2016

Ellos supieron escuchar - Eduardo Galeano

Carlos y Gudrun Lenkersdorf habían nacido y vivido en Alemania.

En el año 1973, estos ilustres profesores llegaron a México. Y entraron al mundo maya, a una comunidad tojolabal, y se presentaron diciendo:

—Venimos a aprender.

Los indígenas callaron.

Al rato, alguno explicó el silencio:

—Es la primera vez que alguien nos dice eso.

Y aprendiendo se quedaron allí, Gudrun y Carlos, durante años de años.

De la lengua maya aprendieron que no hay jerarquía que separe al sujeto del objeto, porque yo bebo el agua que me bebe y soy mirado por todo lo que miro, y aprendieron a saludar así:

—Yo soy otro tú.

—Tú eres otro yo.

sábado, mayo 07, 2016

Doppelgänger (Los elixires del diablo, de E. T. A. Hoffman)

E.T.A. Hoffman y el actor Ludwig Devrient
La locura, ese estado mental que se escapa al ser humano promedio —al que algunos llaman "normal"—es un tema que atrapa, con gusto o con susto, al artista. Desde Don Quijote la exploración de lo real y lo fantasioso, su función de salvación, nos acompaña. En cada lectura nos escapamos de lo normal, y saliendo de los libros recobramos la cordura.

"Un juego de palabras es, en manos de la locura, un ardiente rizador con que ella tuerce los pensamientos", dice un personaje en Los elixires del diablo, de E.T.A. Hoffman, novela publicada en Alemania en dos partes, 1815 y 1816. Como muchas obras, en su época no tuvo eco de la crítica pero los lectores (los que cuentan, en todos los sentidos) se la apropiaron.

Es una obra precursora de la novela psicológica, de terror y redención. Medardus es un monje que cae en la tentación de tomar de una pócima que se supone elaborada por el mismo diablo y resguardada entre las reliquias de un santo, y así conoce lo mejor y lo peor: al matar por accidente a un noble toma su identidad, se enamora de Aurelia, conoce la corte, comete asesinatos. Al dar a Medardus la maldición de asumir otra identidad, de ver como su igual a a quien supuestamente mató, de contemplar al diablo con el mismo rostro que ve en los espejos, de desdoblarse, Hoffman —escritor y músico, jurista y dibujante, todo un hombre renacentista— redondea la idea del doppelgänger, el otro que camina, el narciso que intenta apoderarse de su reflejo o viceversa.

Las otras voces no son esquizofrenia. O no sólo eso. En Los elixires del diablo hay pócimas, miedos, designios divinos y diabólicos, y hasta libros como posibles causales. Y de ahí surgen desde el Mr. Hyde del Dr. Jekyll (de Robert Louis Stevenson) y el Tyler Durden de El club de la pelea hasta los personajes de películas como Psicosis, La isla siniestraLa ventana secreta, El último héroe de acción, y las dobles personalidades de tantos personajes de historietas (Batman/Bruce Wayne, Spiderman/Peter Parker.

Durante su estancia en un pueblo Medardus se encuentra con un peluquero extraño, pequeñito. Es Pietro Belcampo, del que se cuenta que se ha vuelto loco con tanta lectura. Este extravagante personaje (que en su locura resulta más cuerdo que otros), sin saber del doppelgänger de Medardus, le platica al protagonista que también tiene otra personalidad, Peter Schönfeld, que le dice:

«No seas bobo y creas que tú existes, pues en realidad yo soy tú, y soy una idea genial, y si no lo crees te derribaré con un pensamiento puntiagudo, afiladísimo".

Más adelante, en el reencuentro de estos dos personajes dobles, en un manicomio, Schönfeld se revela como una especie de Sancho Panza de Medardus, y reta así al monje:

«Tu razón es una cosa miserabilísima y no puede mantenerse derecha, se tambalea de aquí para allá como un chiquillo enclenque y debe ir en compañía de la locura que la ayudará a levantarse y sabe encontrar el verdadero camino a la patria... que es el manicomio. […] La locura se presenta en la tierra como la auténtica reina de los espíritus. La razón es sólo una perezosa virreina que nunca se preocupa por lo que sucede más allá de las fronteras del imperio, que sólo por aburrimiento hace ejercitar a los soldados en la plaza de armas, y ellos después no pueden realizar ningún disparo correcto cuando el enemigo asalta desde afuera. Pero la locura, la verdadera reina del pueblo, irrumpe estrepitosamente: ¡arre! ¡arre! A su paso hay júbilo, júbilo. Los vasallos se levantan de los asientos en que la razón los tenía atrapados y ya no quieren estar de pie, sentados o acostados como lo quiere el afectado mayordomo mayor...»

Y anticipa lo que hoy, gracias a Freud, llamamos inconsciente:

»Yo me refiero a la particular función espiritual llamada conciencia y que no es otra cosa que la maldita actividad de un condenado portalero, un recaudador de aduana, asistente del control superior, que ha abierto su infame despacho en la mollera y que a cualquier mercancia que quiere salir le dice: "¡Ja...! ¡Ja...! La exportación está prohibida... debe quedarse en el país, en el país". Las joyas más hermosas son colocadas cual indignas semillas en la tierra, y lo que crece son a lo sumo remolachas forrajeras, a las cuales la práctica extrae, prensándolas con un peso de quinientos quintales métricos, un cuarto de onza de azúcar incomible... ¡Qué bien! ¡Qué bien!»


sábado, julio 25, 2015

El Yo y el Otro en la novela - Ernesto Sabato

5. El mundo desde el yo. Desaparece la vieja y abstracta división entre el sujeto y el objeto. Y con ella el concepto de mundo y de paisaje tal como lo concebía el novelista de antes. Ese mundo y ese paisaje que, como el escenario en las obras de teatro, existía independientemente de los personajes y era algo así como la escenografía en que iban a representarse sus acciones y sentimientos. En la novela actual, o al menos en sus manifestaciones más representativas, la escena va surgiendo desde el sujeto, junto con sus estados de alma, con sus visiones, con sus sentimientos e ideas.


6. El Otro. Acaso porque, como decía Kierkegaard, alcanzamos la universalidad indagando nuestro propio yo, en virtud de esa dialéctica existencial, se empezó a advertir la existencia del Otro en la medida en que más el hombre parecía hundirse en sus propios abismos. Sea por lo que sea, nuestra época ha sido la del descubrimiento del Otro. Descubrimiento de trascendencia para el pensamiento, pero de mucho más importancia para la novela, ya que su misión es la de ocuparse del yo en su relación con las otras conciencias que lo rodean. De este modo, a la objetividad naturalista de un Balzac, o de la pura subjetividad de los románticos, también de estirpe naturalista, la ficción avanzó hacía la intersubjetividad, hacia una descripción de la realidad total desde los diferentes yos.»