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martes, febrero 17, 2026

Deseo - Marguerite Duras



«No es tener sexo lo que cuenta, sino tener deseo. Hay demasiada gente que tiene sexo sin deseo. Todas esas mujeres escritoras hablan tan mal del tema, cuando es un mundo que a una le cae encima. Yo he sabido desde niña que el universo de la sexualidad era fabuloso, enorme. Y mi vida no ha hecho sino confirmarlo.

»Me interesa lo que se encuentra en el origen del erotismo, el deseo. Lo que no se puede, y quizás no se debe, apaciguar con el sexo. El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, siempre.»




Entrevista en Le Nouvel Observateur, 14 de noviembre de 1986.
Tomado de la red.

martes, febrero 14, 2023

Tzompantli, de Alexandro Roque en Amor-es. Antología de minificción mexicana



Mi cuento en AMOR-ES - Antología de minificción mexicana, el volumen número 38 de la Colección LITERATURA DE LAS AMÉRICAS de la Editorial EOS-Villa Argentina, cuyo curador es el poeta y narrador argentino Piero De Vícari y el escritor Yu'i Páez su editor; de distribución y descarga gratuita, el libro antologado por la estupenda escritora mexicana Karla Barajas.

Link de descarga gratuita:

viernes, enero 08, 2016

El deseo - Juan Francisco Ferré

Tomado de La vuelta al mundo, blog de Juan Francisco Ferré

«Como intelectual hedonista, Foucault creía que el placer era la instancia decisiva, la que transfiguraba la abstracción del deseo en moneda de cambio para los cuerpos, mientras Deleuze, más romántico y naturalista, atribuía al deseo el poder de crear la realidad como un escenario en que sujeto y objeto pudieran acoplarse, incluso intercambiando posiciones durante el encuentro. Por su parte, Baudrillard, para alejarse del naturalismo y la impronta primitiva de la pulsión, lo focalizó todo en la estrategia de la seducción, creando una síntesis de deseo y placer sin la que parece imposible salir de los dilemas de uno y otro (placer sin deseo, deseo sin placer, auténticos males de la economía libidinal contemporánea). En los dominios del deseo, venía a decir Baudrillard, la seducción opera otorgando al objeto todo el peso y descargando al sujeto, que se limita a ser atraído fatalmente a la órbita del otro. El seductor es víctima de la estratagema del objeto y acaba sucumbiendo a ella, en un juego reversible pero agotador que anula la diferencia entre uno y otro papel.

»Examinando el tráfico de las redes sociales y haciendo un rápido inventario de selfies testimoniales, se vuelve obvio que el sujeto y el objeto de deseo de nuestra época convergen: el yo hecho público y ubicuo por todos los medios disponibles. El narcisismo es el deseo del sujeto transfigurado en objeto de mirada para sí mismo y para los demás. La pesadilla que Baudrillard acaso no previó, extremando la lógica de la seducción, es que en un mundo compuesto íntegramente de objetos de seducción deja de existir el deseo. O no existe más que como subproducto narcisista, como deseo de sí en tanto objeto propio, posesión ególatra, ensimismamiento estéril. Donde no hay sujeto deseante no hay, por tanto, sujeto alguno. El criterio del deseo define, pese a todo, la gran diferencia entre el objeto y el sujeto y solo el segundo (el sujeto) se reconoce frente al otro (objetualizado o no) como voluntad de deseo».

viernes, noviembre 06, 2015

René Girard (1923-2015)

«En el seno de cada cultura cada individuo se siente "diferente" de los demás y concibe las "diferencias" como legítimas y necesarias. Lejos de ser radical y progresista, la exaltación actual de la diferencia no es más que la expresión abstracta de una perspectiva común a todas las culturas. En cada individuo hay una tendencia a sentirse "más diferente" de los otros que los demás y, paralelamente, en cada cultura, una tendencia a imaginarse a sí misma no sólo como diferente de las demás sino como la más diferente de todas, porque cada cultura mantiene en los individuos que la componen este sentimiento de "diferencia"».

«Creemos que el deseo es objetivo o subjetivo, pero, en realidad, depende de otro que da valor a los objetos: el tercero más próximo, el prójimo. De modo que, para mantener la paz entre los hombres, hay que definir lo prohibido en función de este temible hecho probado: el prójimo es el modelo de nuestros deseos. Eso es lo que llamo deseo mimético».

«Los deseos vanidosos son los reflejos empañados de los deseos auténticos. Luego son siempre los deseos de los Otros los que traducen esta vanidad, pues todos tenemos la impresión de desear más intensamente que los Otros».

«Una rivalidad no es el fruto de una convergencia accidental de dos deseos en relación al mismo objeto. El sujeto desea el objeto porque su rival también lo desea».

viernes, octubre 23, 2015

Una amenaza contra su objeto - Zygmunt Bauman

«El amor es el anhelo de querer y preservar el ob­jeto querido. Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo. Un impulso a la expansión, a ir más allá, a extenderse hacia lo que está “allá afuera”. A ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el caso del deseo. El deseo es ampliar el mundo: cada adición es la huella viva del yo amante; en el amor el yo es gradualmente transplantado al mundo. El yo amante se expande entregándose al objeto amado. El amor es la su­pervivencia del yo a través de la alteridad del yo. Y por eso, el amor implica el impulso de proteger, de nutrir, de dar refugio, y también de acariciar y mimar, o de proteger celosamente, cercar, encarcelar. Amar significa estar al servicio, estar a disposición, es­perando órdenes, pero también puede significar la expropiación y confiscación de toda responsabilidad. Dominio a través de la en­trega, sacrificio que paga con engrandecimiento. El amor y el ansia de poder son gemelos siameses: ninguno de los dos podría sobre­vivir a la separación.

»Si el deseo ansia consumir, el amor ansia poseer. En cuanto la satisfacción del deseo es colindante con la aniquilación de su obje­to, el amor crece con sus adquisiciones y se satisface con su durabi­lidad. Si el deseo es autodestructivo, el amor se autoperpetúa.

»Como el deseo, el amor es una amenaza contra su objeto. El de­seo destruye su objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso; la misma red protectora que el amor urde amorosamente alrededor de su objeto, lo esclaviza. El amor hace prisionero y pone en custo­dia al cautivo: arresta para proteger al propio prisionero.»

Amor líquido

miércoles, enero 21, 2015

Llamado del deseoso - José Lezama Lima

Deseoso es aquel que huye de su madre.

Despedirse es cultivar un rocío para unirlo con la secularidad de la saliva.
La hondura del deseo no va por el secuestro del fruto.
Deseoso es dejar de ver a su madre.
Es la ausencia del sucedido de un día que se prolonga
y es la noche que esa ausencia se va ahondando como un cuchillo.
Es esa ausencia se abre una torre, en esa torre baila un fuego hueco.
y así se ensancha y la ausencia de la madre es un mar en calma.
Pero el huidizo no ve el cuchillo que le pregunta,
es la madre, de los postigos asegurados, de quien se huye.
Lo descendido en vieja sangre suena vacío.
La sangre es fría cuando desciende y cuando se esparce circulizada.
la madre es fría y está cumplida.
Si es por la muerte, su peso es doble y ya no nos suelta.
No es por las puertas donde se asoma nuestro abandono.
Es por un claro donde la madre sigue marchando, pero ya no nos sigue.
Es por un claro, allí se ciega y bien nos deja.
Ay del que no marcha esa marcha donde la madre ya no le sigue, ay.
No es desconocerse, el conocerse sigue furioso como en sus días,
pero el seguirlo sería quemarse dos en un árbol,
y ella apetece mirar el árbol como una piedra,
como una piedra con la inscripción de ancianos juegos.
Nuestro deseo no es alcanzar o incorporar un fruto ácido.
El deseoso es el huidizo.
Y de los cabezazos con nuestras madres cae el planeta centro de mesa
y ¿de dónde huimos, si no es de nuestras madres de quien huimos
que nunca quieren recomenzar el mismo naipe, la misma
noche de igual ijada descomunal?

miércoles, abril 24, 2013

El deseo de durar - Albert Camus

«El afán de posesión no es más que otra forma del deseo de durar; él es el que hace el delirio impotente del amor. Ningún ser, ni siquiera el más amado, y que mejor nos responda, está nunca en nuestra posesión. En la tierra cruel, donde los amantes mueren a veces separados, nacen siempre divididos, la posesión total de un ser, la comunión absoluta en el tiempo entero de la vida es una imposible exigencia. El afán de la posesión es hasta tal punto insaciable que puede sobrevivir al amor mismo. Amar, entonces, es esterilizar al amado. El vergonzoso sufrimiento del amante, en lo sucesivo solitario, no es tanto el no ser ya amado, cuanto el saber que el otro puede y debe amar aún. En el límite, todo hombre devorado por el deseo loco de durar y de poseer desea a los seres a los que ha amado la esterilidad o la muerte. Ésta es la verdadera rebeldía. Quienes no han exigido, un día al menos la virginidad absoluta de los seres y del mundo; quienes no han temblado de nostalgia y de impotencia ante su imposibilidad; quienes, entonces, vueltos a su nostalgia de absoluto, no son destruidos intentando amar a media altura, ésos no pueden comprender la realidad de la rebeldía y su furia de destrucción. Pero los seres se escapan siempre y nosotros les escapamos también: no tienen perfiles firmes. La vida desde este punto de vista no tiene estilo. No es más que un movimiento que corre en pos de su forma sin dar nunca con ella. El hombre, desgarrado así, busca en vano esa forma que le daría los límites entre los cuales sería rey. ¡Que una sola cosa viva tenga su forma en este mundo y éste estará reconciliado!

No hay ser por fin que, a partir de cierto nivel elemental de conciencia, no se agote buscando las fórmulas o las actitudes que darían a su existencia la unidad que le falta. Parecer o hacer, el dandi o el revolucionario exigen la unidad, para ser, y para ser en este mundo. Como en esas patéticas y miserables relaciones que se prolongan a veces largo tiempo porque uno de los miembros espera hallar la palabra, el gesto o la situación que harán de su aventura una historia concluida y formulada en el tono justo, cada uno se crea o se propone tener la palabra final. No basta con vivir, hace falta un destino, y sin esperar la muerte. Es, pues, justo decir que el hombre tiene la idea de un mundo mejor que éste. Pero mejor no quiere decir entonces diferente, mejor quiere decir unificado. Esta fiebre que levanta el corazón por encima de un mundo disperso, del que, sin embargo, no puede desprenderse, es la fiebre de la unidad. No desemboca en una mediocre evasión, sino en la reivindicación más obstinada. Religión o crimen, todo esfuerzo humano obedece a la postre a ese deseo irrazonable y pretende dar a la vida la forma que no tiene. El mismo movimiento, que puede llevar a la adoración del cielo o a la destrucción del hombre, lleva asimismo a la creación novelesca, que recibe entonces su seriedad.»

Albert Camus, Novela y rebeldía (en Ciudad Seva)

viernes, diciembre 31, 2010

deseos

Ojalá que la proxémica nos sea positiva,
que siempre tengamos suficiente papel,
que no nos digan o tengamos que decir, otra vez, "te lo dije",
que las letras escritas den más puntos que en el scrabble, 
que haya risas (aunque sea por nosotros mismos), y sonrisas por compartir
que nos enriquezcan mentes interesantes (que lo sigan haciendo),
que el sudor no sea sólo por trabajar,
que siempre haya Catais, Países de las Maravillas e Ítacas.
que haya viajes, sensibilidad y amor.

Vale. Que sigamos. 

miércoles, junio 23, 2010

eternamente en camino...



"Quizás nuestro verdadero destino sea estar eternamente en camino, arrepintiéndonos sin cesar y deseando con nostalgia, siempre sedientos de descanso y siempre errantes. Sagrado no es en verdad más que el camino del cual se desconoce la meta y que se sigue sin embargo con obstinación, como nuestro deambular presente a través de la oscuridad y los peligros, sin saber lo que nos espera".

Stefan Sweig, El candelabro enterrado.

miércoles, enero 02, 2008

Honesta descripción de mí mismo - Czeslaw Milosz

Tomándome un whisky en un aeropuerto,
digamos que en Mineápolis

Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones,
mis ojos se debilitan, pero siguen siendo insaciables.

Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas
en telas ligeras.

A cada una la observo por separado, sus traseros y
sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.

Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba
en lugar de entretenerte con juegos y diversiones
de jóvenes.

No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho,
ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado
de la imaginación erótica.

No deseo a esas criaturas en particular, lo deseo todo,
y ellas son como el signo de una relación extática.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad
de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser
como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos,
de estos pesados huesos.

Transformado en mirar puro, seguiré devorando las
proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios,
esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la
extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas
visibles.

Czeslaw Milosz (Polonia, 1911-2004)