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sábado, junio 01, 2024

Soneto - Carlos Pellicer



A un amigo incomparable, regalándole un reloj

El tiempo que nos une y nos divide
frutal nocturno y floreciente día
hoy junto a ti, mañana lejanía,
devora lo que olvida y lo que pide.

Cuidar en él lo que al volar descuide
será internarse en su relojería;
y minuto a minuto y día a día,
sin quererlo, aunque poco, nos olvide.

Olvidados del tiempo, esos instantes,
serán de eternidad; los deslumbrantes
momentos del instante de lo eterno.

Junio en tus manos su belleza afina;
el otoño es su dócil subalterno.
Tiempo y eternidad tu alma combina.

miércoles, enero 26, 2022

En este asunto del amor... - Carlos Pellicer


En este asunto del amor, que a veces,
uno quisiera
que no acabara nunca de empezar,
parece que alguien dice:
“¿Dios es eternamente joven?”

Es tanta la alegría, que uno ignora
catástrofes y duelos.
Usted dice que sí a toda
la enorme y tan humana tontería.
Sólo hay un pensamiento,
sólo una idea sola
que es multitud, y uno quisiera
leerlo todo con los ojos cerrados
y no tener noticias de uno mismo,
ni recuerdos de nada ni de nadie;
un ágape de luces
a través de las horas inmortales.

Yo había puesto
encima de mi pecho
un pequeño letrero que decía:
“Cerrado por demolición”.

Y aquí me tiene usted pintando las paredes,
abriendo las ventanas,
adornando la mesa con la flor amarilla
con que paga el otoño sus encantos.

Nadie te dijo, amor, que yo existía.
El amor es silvestre,
uno lo encuentra en todas partes;
en los días sin cielo,
en las tierras sin flores,
lo mismo en la mañana que en la tarde.

martes, abril 20, 2010

De Carlos Pellicer

Oí que unos árboles
de antigüedad espléndida dijeron:
"Y tú, ¿qué haces aquí?
Nosotros somos sigilosamente analfabetos.
Aprende a leer
para escribir sobre nosotros".

"Segunda intención"

Escultura de Leonora Carrington expuesta en el jardín de San Juan de Dios,
afuera del Museo Federico Silva.

jueves, marzo 25, 2010

MJ Othón en Los detectives salvajes

En busca de datos sobre Manuel José Othón encontré este fragmento de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, en el blog Algún día en alguna parte, y que transcribo por las recientes polémicas aquí y en otros lares sobre géneros literarios y humanos (literatura femenina, regional, potosina, juvenil, gay, etc.) y su grado de validez. Las clasificaciones son finalmente arbitrarias, válidas para organizar o con propósitos de análisis, pero cada quien que haga uso de los adjetivos como vea a su objeto de estudio o a los demás (o quiera autodenominarse, que lo hay y es muy válido aunque en ocasiones sea risible). El tema se presta para muchas horas de tejer y destejer, que ya estoy tejiendo, saben que me encanta y por mientras los dejo con algunos personajes de Bolaño:

Desperté en casa de Catalina O’Hara. Mientras desayunaba, muy temprano (María no estaba, el resto de la casa dormía), con Catalina y su hijito Davy, a quien tenía que llevar a la guardería, recordé que la noche anterior, cuando ya sólo quedábamos unos pocos, Ernesto San Epifanio dijo que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales, la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual, los cuentos, deduzco, eran bisexuales, aunque esto no lo dijo.
Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran las de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.
—En nuestra lengua, claro está —aclaró—; en el mundo ancho y ajeno el paradigma sigue siendo Verlaine el Generoso.
Una loca, según San Epifanio, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. Los poetas tipo Carlos Pellicer eran, por regla general, bujarrones, mientras que poetas como Tablada, Novo, Renato Leduc eran mariquitas. De hecho la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban, desde el matón (aunque por un segundo yo escuché mafioso) Díaz Mirón hasta el conspicuo Homero Aridjis. Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar a un poeta de verdad, es decir a un poeta maricón, y no a un fileno como el ahora famoso y reivindicado potosino Manuel José Othón, un pesado donde los haya. Y hablando de pesados: mariposa era Manuel Acuña y ninfo de los bosques de Grecia José Joaquín Pesado, perennes padrotes de cierta lírica mexicana.

sábado, junio 14, 2008

Recinto, de Carlos Pellicer

IX 

Yo leía poemas y tú estabas tan cerca de mi voz que poesía era nuestra unidad y el verso apenas la pulsación remota de la carne. 
Yo leía poemas de tu amor y la belleza de los infinitos instantes, 
la imperante sutileza del tiempo coronado, 
las imágenes cogidas de camino con el aire de tu voz junto a mí, nos fueron envolviendo en la espiral de una indecible y alta y flor ternura en cuyas ondas últimas —primera—, tembló tu llanto humilde y silencioso y la pausa fue así. —¡Con qué dulzura besé tu rostro y te junté a mi pecho! 
Nunca mis labios fueron tan sumisos, 
nunca mi corazón fue más eterno, 
nunca mi vida fue más justa y clara. 
Y estuvimos así, 
sin una sola palabra que apedreara aquel silencio. 
Escuchando los dos la propia música cuya embriaguez domina sin un solo ademán que algo destruya, en una piedra excelsa de quietud cuya espaciosa solidez afirma el luminoso vuelo, las inmóviles quietudes que en las pausas del amor una lágrima sola cambia el cielo de los ojos del valle y una nube pone sordina al coro del paisaje y el alma va cayendo en el abismo del deleite sin fin. 
 Cuando vuelva a leerte esos poemas 
¿me eclipsarás de nuevo con tu lágrima?

miércoles, junio 06, 2007

Horas de junio - Carlos Pellicer

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.

Por ti la misma sangre -tuya y mía-
corre el alma de nadie siempre abierta.
Por ti la angustia es sombra de la puerta
que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.

Claman el viento, el sol y el mar del viaje.
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.

Junio me dio la voz, la silenciosa
música de callar un sentimiento.
Junio se lleva ahora como el viento
y el alma inútilmente fue gozosa.

Al año de morir todos los días
los frutos de mi voz dijeron tanto
y tan calladamente, que unos días

vivieron a la sombra de aquel canto.
(Aquí la voz se quiebra y el espanto
de tanta soledad llena los días.)

Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, juntos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante
que tú en un año has vuelto perla triste.

Álzame hasta la nube que ya existe,
líbrame de las nubes, adelante.
Haz que la nube sea el buen instante
que hoy cumple un año, Junio, que me diste.

Yo pasaré la noche junto al cielo
para escoger la nube, la primera
nube que salga del sueño, del cielo,

del mar, del pensamiento, de la hora,
de la única hora que me espera
¡Nube de mis palabras, protectora!