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sábado, mayo 05, 2018

Cinco de mayo - Manuel Acuña

I

Tres eran, mas la Inglaterra
Volvió a lanzarse a las olas,
Y las naves españolas
Tomaron rumbo a su tierra;
Sólo Francia gritó: «¡Guerra!»
Soñando ¡oh patria! en vencerte,
Y de la infamia y la suerte
Sirviéndose en su provecho
Se alzó erigiendo en derecho
El derecho del más fuerte.


II

Sin ver que en lid tan sangrienta
Tu brazo era más pequeño,
La lid encarnó en su empeño
La redención de tu afrenta,
Brotó en luz amarillenta
La llama de sus cañones,
Y el mundo vio a tus legiones
Entrando al combate rudo,
Llevando por solo escudo
Su escudo de corazones.


III

Y entonces fue cuando al grito
Lanzado por tu denuedo,
Tembló la Francia de miedo
Comprendiendo su delito.
Cuando a tu aliento infinito
Se oyó la palabra sea,
Y cuando al ver la pelea
Terrible y desesperada
Se alzó en tu mano la espada
Y en tu conciencia la idea.


IV

Desde que ardió en el oriente
La luz de ese sol eterno
Cuyo rayo puro y tierno
Viene a besarte en la frente,
Tu bandera independiente
Flotaba ya en las montañas,
Mientras las huestes extrañas
Alzaban la suya airosa,
Que se agitaba orgullosa
Del brillo de sus hazañas.


V

Y llegó la hora, y el cielo
Nublado y obscurecido
Desapareció escondido
Como en los pliegues de un velo.
La muerte tendió su vuelo
Sobre la espantada tierra,
Y entre el francés que se aterra
Y el mexicano iracundo,
Se alzó estremeciendo al mundo
Tu inmenso grito de guerra.


VI

Y allí, el francés, el primero
De los soldados del orbe,
El que en sus glorias absorbe
Todas las del mundo entero,
Tres veces pálido y fiero
Se vio a correr obligado,
Frente al pueblo denonado
Que para salvar tu nombre,
Te dio un soldado en cada hombre
¡Y un héroe en cada soldado!


VII

¡Tres veces y cuando hundida
Sintió su fama guerrera,
Contemplando su bandera
Manchada y escarnecida.
La Francia, viendo perdida
La ilusión de su victoria,
A despecho de su historia
Y a despecho de su anhelo,
Vio asomar entre otro cielo
Y entre otro mundo la gloria.


VIII

Que entre la niebla indecisa
Que sobre el campo flotaba,
Y entre el humo que se alzaba
Bajo el paso de la brisa,
Su más hermosa sonrisa
Fue para tu alma inocente,
Su canción más elocuente
Para entonarla a tu huella,
Y su corona más bella
Para ponerla en tu frente.


IX

¡Sí, patria! desde ese día
Tú no eres ya para el mundo
Lo que en su desdén profundo
La Europa se suponía,
Desde entonces, patria mía,
Has entrado a una nueva era,
La era noble y duradera
De la gloria y del progreso,
Que bajan hoy, como un beso
De amor, sobre tu bandera.


X

Sobre esa insignia bendita
Que hoy viene a cubrir de flores
La gente que en sus amores
En torno suyo se agita.
La que en la dicha infinita
Con que en tu suelo la clava,
Te jura animosa y brava,
Como ante el francés un día,
Morir por ti, patria mía,
Primero que verte esclava.

jueves, marzo 25, 2010

MJ Othón en Los detectives salvajes

En busca de datos sobre Manuel José Othón encontré este fragmento de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, en el blog Algún día en alguna parte, y que transcribo por las recientes polémicas aquí y en otros lares sobre géneros literarios y humanos (literatura femenina, regional, potosina, juvenil, gay, etc.) y su grado de validez. Las clasificaciones son finalmente arbitrarias, válidas para organizar o con propósitos de análisis, pero cada quien que haga uso de los adjetivos como vea a su objeto de estudio o a los demás (o quiera autodenominarse, que lo hay y es muy válido aunque en ocasiones sea risible). El tema se presta para muchas horas de tejer y destejer, que ya estoy tejiendo, saben que me encanta y por mientras los dejo con algunos personajes de Bolaño:

Desperté en casa de Catalina O’Hara. Mientras desayunaba, muy temprano (María no estaba, el resto de la casa dormía), con Catalina y su hijito Davy, a quien tenía que llevar a la guardería, recordé que la noche anterior, cuando ya sólo quedábamos unos pocos, Ernesto San Epifanio dijo que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales, la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual, los cuentos, deduzco, eran bisexuales, aunque esto no lo dijo.
Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran las de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.
—En nuestra lengua, claro está —aclaró—; en el mundo ancho y ajeno el paradigma sigue siendo Verlaine el Generoso.
Una loca, según San Epifanio, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. Los poetas tipo Carlos Pellicer eran, por regla general, bujarrones, mientras que poetas como Tablada, Novo, Renato Leduc eran mariquitas. De hecho la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban, desde el matón (aunque por un segundo yo escuché mafioso) Díaz Mirón hasta el conspicuo Homero Aridjis. Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar a un poeta de verdad, es decir a un poeta maricón, y no a un fileno como el ahora famoso y reivindicado potosino Manuel José Othón, un pesado donde los haya. Y hablando de pesados: mariposa era Manuel Acuña y ninfo de los bosques de Grecia José Joaquín Pesado, perennes padrotes de cierta lírica mexicana.