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miércoles, enero 02, 2019

Deseos - Alejandra Pizarnik



1 de enero, viernes [1960]


Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo.

(Diarios, publicado por Lumen)

martes, febrero 13, 2018

Stolen kisses are the sweetest, louveciennes, 1932 - Carlota Caulfield

Henri:
Je pense à toi tous le temps.
Anaïs

Lo único que quiero saber es
si detrás del espejo
me esperan tus ojos.
Kess me quick, my dear,
que la vida es breve.

Te amo ha tomado por asalto
todos mis Diarios.
Veámonos dónde y cómo sea.
Quiero que tus manos
escriban en los pliegues
de mis páginas
todas tus aventuras,
y que cada trazo de tu pluma
sirva para hacer
menos virgen mi cuaderno.

domingo, enero 14, 2018

Un collage de emociones - Ricardo Piglia

“La vida no debe ser vista como una continuidad orgánica, sino como un collage de emociones contradictorias, que de ningún modo obedecen a la lógica de causa y efecto, de ningún modo, volvió a decir Renzi, no hay progresión y por supuesto no hay progreso, nadie aprende nada de su experiencia, salvo que haya tomado la precaución, un poco demencial e injustificada, de escribir y describir la sucesión de los días porque entonces, en el futuro –y nada más que en el futuro–, brillará como una fogata en el campo, o mejor, arderá, en esas páginas, el sentido. La unidad es siempre retrospectiva, en el presente todo es intensidad y confusión, pero si miramos el presente cuando ya ha pasado y nos instalamos en el porvenir para volver a “ver lo que hemos vivido, entonces, según Renzi, algo se aclaraba”

Fragmento de: Ricardo Piglia. “Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida”. Anagrama, 2017

lunes, diciembre 25, 2017

25 de diciembre - Alejandra Pizarnik


"A nadie llamé ni nada hice. Me dormí a las 9 de la mañana y desperté a las 23 horas. Con suerte, podré entregar el lunes el libro. Ignoro si tendré fuerzas. Quiero decir: necesito más fuerzas de las que yo creo para acabar este libro. Por una parte parece mucho lo que me falta. No obstante, una hora de concentración me permitiría finalizarlo. Siento una hostilidad venida de todas partes, empezando por mi persona. Por ejemplo, ¿por qué no me levanté más temprano?"

  Diarios

domingo, octubre 15, 2017

sábado, octubre 14, 2017

De los diarios de Jules Renard (1)

«23 de noviembre. No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes. Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Eres moderado con la mujer. Pero no serás nada. No tienes que preocuparte por el dinero, no has de ganarte el pan de cada día. Eres libre, y el tiempo te pertenece. Solo tienes que querer. Pero te falta poder. No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada.

»17 de marzo. Estoy pasando un mal momento. Todos los libros me hastían. No hago nada. Me doy más cuenta que nunca de que no sirvo para nada. Siento que no llegaré a nada, y estas líneas que escribo me parecen pueriles, ridículas, e incluso, y sobre todo, absolutamente inútiles. ¿Cómo salir de esto? Tengo un recurso: la hipocresía. Me quedo horas encerrado y se creen que trabajo. Quizá me compadecen, algunos me admiran, y yo me aburro, y bostezo, con los ojos llenos de reflejos amarillos, los reflejos enfermizos de mi biblioteca. Tengo una mujer que es un ser fuerte y dulce, lleno de vida, un bebé digno de ganar un concurso, y ninguna energía para disfrutar de todo esto. Sé que este estado de ánimo no durará. Volveré a tener esperanzas, más coraje para esforzarme más. ¡Si por lo menos estas confesiones me ayudasen! ¡Si más adelante me convirtiese en un gran psicólogo, grande como Bourget! Pero no me creo lo bastante vivo. Moriré antes de tiempo, o me rendiré y me convertiré en un borracho de ensueños. Más valdría romper piedras, labrar campos...»

miércoles, marzo 16, 2016

Beauvoir sobre Sartre

«"Nunca para de pensar", me había dicho Herbaud. Esto no significaba que segregara sin cesar fórmulas y teorías: aborrecía la pedantería. Pero su espíritu estaba siempre alerta. Ignoraba el entorpecimiento, las somnolencias, las huidas, las treguas, las prudencias, el respeto. Se interesaba en todo y nunca aceptaba nada como resuelto. Frente a un objeto en vez de escamotearlo en provecho de un mito, de una palabra, de una impresión, de una idea preconcebida, lo miraba; no lo largaba antes de haber comprendido las causas y los efectos, sus múltiples sentidos. No se preguntaba lo que había que pensar, lo que hubiera sido picante o inteligente pensar; solamente lo que pensaba. Por eso decepcionaba a los estetas ávidos de una elegancia experimentada. Habiéndolo oído dos años antes dar una conferencia, Riesmann, que se deslumbraba con la logomaquia de Baruzi, me había dicho tristemente: "¡No tiene genio!" En el curso de una lección sobre "la calificación" su minuciosa buena fe había puesto aquel año nuestra paciencia a prueba: había terminado por forzar nuestro interés. Interesaba siempre a la gente que no rechazaba la novedad, pues sin buscar la originalidad no caía en ningún conformismo. Obstinada, ingenua, su atención se apoderaba de las cosas vivas en su profusión. ¡Qué estrecho era mi mundillo junto a ese universo multiplicado! Más tarde sólo algunos locos me inspiraron una humildad análoga, los que descubrían en un pétalo de rosa un laberinto de intrigas tenebrosas.

»Hablábamos de un montón de cosas, pero particularmente de un tema que me interesaba entre todos: yo misma. Cuando pretendían explicarme, las demás personas me anexaban a su mundo, me irritaban; Sartre, por el contrario, trataba de situarme en mi propio sistema, me comprendía a la luz de mis valores, de mis proyectos. Me escuchó sin entusiasmo cuando le conté mi historia con Jacques; para una mujer educada como yo lo había sido quizá fuese difícil evitar el casamiento: pero a él no le parecía una buena fórmula. En todo caso yo debía preservar lo que había en mí de más estimable: mi gusto por la libertad, mi amor por la vida, mi curiosidad, mi voluntad de escribir. No solamente me alentaba en esa empresa sino que me proponía ayudarme. Dos años mayor que yo –dos años que él había aprovechado–, habiendo encontrado más joven un camino mejor, sabía mucho más, sobre todo; pero la verdadera superioridad que se reconocía y que saltaba a la vista, era la pasión tranquila y apasionada que lo arrojaba hacia sus libros por escribir. Antaño yo despreciaba a los chicos que ponían menos fervor que yo en jugar al croquet o en estudiar: ahora encontraba a alguien ante cuyos ojos mis frenesís parecían tímidos. En efecto, si me comparaba a él ¡qué tibieza en mis fiebres! Yo me había creído excepcional porque no concebía vivir sin escribir: él sólo vivía para escribir.

»No pensaba por supuesto llevar una existencia de rata de biblioteca; aborrecía las rutinas y las jerarquías, las carreras, los hogares, los derechos y los deberes, todo lo serio de la vida. No se resignaba a la idea de tener un oficio, colegas, superiores, reglas que observar y que imponer; nunca sería un padre de familia ni siquiera un hombre casado. Con el romanticismo de la época y de sus veintitrés años soñaba con grandes viajes: en Constantinopla fraternizaría con los hombreadores de bolsas; se emborracharía en los bajos fondos con los tratantes de blancas; daría la vuelta al globo y ni los parias de las Indias ni los popes del monte Atlas, ni los pescadores de Terranova tendrían secretos para él. No echaría raíces en ninguna parte, no se estorbaría con ninguna posesión; no para conservarse vanamente disponible sino para testimoniar sobre todo. Todas sus experiencias debían aprovechar a su obra y apartaba categóricamente las que hubieran podido disminuirla. Sobre ese punto discutimos mucho. Yo admiraba en teoría, al menos, los grandes desórdenes, las vidas peligrosas, los hombres perdidos, los excesos de alcohol, de droga, de pasión. Sartre sostenía que, cuando uno tiene algo que decir, todo despilfarro es criminal. La obra de arte, la obra literaria era a sus ojos un fin absoluto; llevaba en sí su razón de ser, la de su creador y acaso, no lo decía pero yo sospechaba que lo creía firmemente, la del universo entero. Las discusiones metafísicas lo hacían encogerse de hombros. Se interesaba por las cuestiones políticas y sociales, sentía simpatía por la posición de Nizan; pero su asunto propio era escribir, el resto vendría después. Por otra parte era entonces mucho más anarquista que revolucionario; le parecía detestable la sociedad tal como era, pero no detestaba detestarla; lo que llamaba su "estética de oposición" se acomodaba muy bien con la existencia de imbéciles y de canallas, y hasta la exigía: si no hubiera habido nada que destruir, que combatir, la literatura no habría sido gran cosa.

»Con pocos matices de diferencia yo encontraba un gran parentesco entre su actitud y la mía. No había nada mundano en sus ambiciones. Reprobaba mi vocabulario espiritualista, pero él también buscaba una salvación en la literatura; los libros introducían en ese mundo deplorablemente contingente una necesidad que rebotaba sobre su autor; algunas cosas debían ser dichas por él y entonces estaría completamente justificado. Tenía bastante juventud para conmoverse sobre su destino cuando oía un aire de saxofón después de haber tomado tres martinis; pero si hubiera sido necesario habría aceptado conservar el anonimato: lo importante era el triunfo de sus ideas, no sus propios éxitos. Él no se decía nunca –como yo solía hacerlo– que era "alguien", que tenía "valor"; pero estimaba que verdades importantes –acaso hasta llegaba a pensar: La Verdad– se habían revelado a él y que su misión era imponerlas al mundo...»

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sábado, julio 27, 2013

Autorretratos - Hillel Schwartz

"En este fin de siècle nuestros autorretratos no parecen anclar ni extender. ¿Por qué? Quizá porque la furia de la aceleración y la fatiga de la desaceleración que suele sentirse en cada fin de siglo, y aun más profundamente en estos años noventa, nos hacen desesperar por nuevos cuerpos. Quizá porque nuestros parecidos son tan fragmentarios como nuestras vidas. Quizá porque nuestras falsas intimidades nos sumergen en un narcisismo siempre enamorado pero siempre descontento con el parecido. Quizá porque hacemos carambola en el interior de una cultura ficticia, cuya obsesión con representar un papel conduce a un retrato tan inestable como convencional. Quizá porque, en medio de un despliegue de espectáculos electrónicos, todo lo que hacemos de nosotros msmos resulta sospechoso. Quizá porque lo más que podemos hacer en un mundo de simulacros es adoptar un rostro inconfesablemente genérico".

(La cultura de la copia. Parecidos sorprendentes, facsímiles inéditos)