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jueves, diciembre 14, 2023
Autobiografía - Roberto Armijo
I
Me vuelvo redomado lunático
tonto de capirote
payaso excéntrico
ridículo Sísifo con su piedra de versos
cristo mechudo con los brazos caídos
prestidigitador cada vez con menos trucos
En el número de la paloma
me equivoqué y saqué un cuervo
(ahora me devora los ojos)
II
Pude haber sido Académico de la Lengua
Jurisconsulto al servicio de la Oligarquía
Funcionario Internacional al servicio del Imperio
El día de mi santo cenar como un Trimalción
Así hubiera sido mi vida
Gordo Servil Emasculado
Como leí a Marx a Virgilio a Cervantes
me fui volviendo Pedro Loco
el duende del pueblo.
sábado, mayo 20, 2023
miércoles, marzo 16, 2016
Beauvoir sobre Sartre
«"Nunca para de pensar", me había dicho Herbaud. Esto no significaba que segregara sin cesar fórmulas y teorías: aborrecía la pedantería. Pero su espíritu estaba siempre alerta. Ignoraba el entorpecimiento, las somnolencias, las huidas, las treguas, las prudencias, el respeto. Se interesaba en todo y nunca aceptaba nada como resuelto. Frente a un objeto en vez de escamotearlo en provecho de un mito, de una palabra, de una impresión, de una idea preconcebida, lo miraba; no lo largaba antes de haber comprendido las causas y los efectos, sus múltiples sentidos. No se preguntaba lo que había que pensar, lo que hubiera sido picante o inteligente pensar; solamente lo que pensaba. Por eso decepcionaba a los estetas ávidos de una elegancia experimentada. Habiéndolo oído dos años antes dar una conferencia, Riesmann, que se deslumbraba con la logomaquia de Baruzi, me había dicho tristemente: "¡No tiene genio!" En el curso de una lección sobre "la calificación" su minuciosa buena fe había puesto aquel año nuestra paciencia a prueba: había terminado por forzar nuestro interés. Interesaba siempre a la gente que no rechazaba la novedad, pues sin buscar la originalidad no caía en ningún conformismo. Obstinada, ingenua, su atención se apoderaba de las cosas vivas en su profusión. ¡Qué estrecho era mi mundillo junto a ese universo multiplicado! Más tarde sólo algunos locos me inspiraron una humildad análoga, los que descubrían en un pétalo de rosa un laberinto de intrigas tenebrosas.
»Hablábamos de un montón de cosas, pero particularmente de un tema que me interesaba entre todos: yo misma. Cuando pretendían explicarme, las demás personas me anexaban a su mundo, me irritaban; Sartre, por el contrario, trataba de situarme en mi propio sistema, me comprendía a la luz de mis valores, de mis proyectos. Me escuchó sin entusiasmo cuando le conté mi historia con Jacques; para una mujer educada como yo lo había sido quizá fuese difícil evitar el casamiento: pero a él no le parecía una buena fórmula. En todo caso yo debía preservar lo que había en mí de más estimable: mi gusto por la libertad, mi amor por la vida, mi curiosidad, mi voluntad de escribir. No solamente me alentaba en esa empresa sino que me proponía ayudarme. Dos años mayor que yo –dos años que él había aprovechado–, habiendo encontrado más joven un camino mejor, sabía mucho más, sobre todo; pero la verdadera superioridad que se reconocía y que saltaba a la vista, era la pasión tranquila y apasionada que lo arrojaba hacia sus libros por escribir. Antaño yo despreciaba a los chicos que ponían menos fervor que yo en jugar al croquet o en estudiar: ahora encontraba a alguien ante cuyos ojos mis frenesís parecían tímidos. En efecto, si me comparaba a él ¡qué tibieza en mis fiebres! Yo me había creído excepcional porque no concebía vivir sin escribir: él sólo vivía para escribir.
»No pensaba por supuesto llevar una existencia de rata de biblioteca; aborrecía las rutinas y las jerarquías, las carreras, los hogares, los derechos y los deberes, todo lo serio de la vida. No se resignaba a la idea de tener un oficio, colegas, superiores, reglas que observar y que imponer; nunca sería un padre de familia ni siquiera un hombre casado. Con el romanticismo de la época y de sus veintitrés años soñaba con grandes viajes: en Constantinopla fraternizaría con los hombreadores de bolsas; se emborracharía en los bajos fondos con los tratantes de blancas; daría la vuelta al globo y ni los parias de las Indias ni los popes del monte Atlas, ni los pescadores de Terranova tendrían secretos para él. No echaría raíces en ninguna parte, no se estorbaría con ninguna posesión; no para conservarse vanamente disponible sino para testimoniar sobre todo. Todas sus experiencias debían aprovechar a su obra y apartaba categóricamente las que hubieran podido disminuirla. Sobre ese punto discutimos mucho. Yo admiraba en teoría, al menos, los grandes desórdenes, las vidas peligrosas, los hombres perdidos, los excesos de alcohol, de droga, de pasión. Sartre sostenía que, cuando uno tiene algo que decir, todo despilfarro es criminal. La obra de arte, la obra literaria era a sus ojos un fin absoluto; llevaba en sí su razón de ser, la de su creador y acaso, no lo decía pero yo sospechaba que lo creía firmemente, la del universo entero. Las discusiones metafísicas lo hacían encogerse de hombros. Se interesaba por las cuestiones políticas y sociales, sentía simpatía por la posición de Nizan; pero su asunto propio era escribir, el resto vendría después. Por otra parte era entonces mucho más anarquista que revolucionario; le parecía detestable la sociedad tal como era, pero no detestaba detestarla; lo que llamaba su "estética de oposición" se acomodaba muy bien con la existencia de imbéciles y de canallas, y hasta la exigía: si no hubiera habido nada que destruir, que combatir, la literatura no habría sido gran cosa.
»Con pocos matices de diferencia yo encontraba un gran parentesco entre su actitud y la mía. No había nada mundano en sus ambiciones. Reprobaba mi vocabulario espiritualista, pero él también buscaba una salvación en la literatura; los libros introducían en ese mundo deplorablemente contingente una necesidad que rebotaba sobre su autor; algunas cosas debían ser dichas por él y entonces estaría completamente justificado. Tenía bastante juventud para conmoverse sobre su destino cuando oía un aire de saxofón después de haber tomado tres martinis; pero si hubiera sido necesario habría aceptado conservar el anonimato: lo importante era el triunfo de sus ideas, no sus propios éxitos. Él no se decía nunca –como yo solía hacerlo– que era "alguien", que tenía "valor"; pero estimaba que verdades importantes –acaso hasta llegaba a pensar: La Verdad– se habían revelado a él y que su misión era imponerlas al mundo...»
»Hablábamos de un montón de cosas, pero particularmente de un tema que me interesaba entre todos: yo misma. Cuando pretendían explicarme, las demás personas me anexaban a su mundo, me irritaban; Sartre, por el contrario, trataba de situarme en mi propio sistema, me comprendía a la luz de mis valores, de mis proyectos. Me escuchó sin entusiasmo cuando le conté mi historia con Jacques; para una mujer educada como yo lo había sido quizá fuese difícil evitar el casamiento: pero a él no le parecía una buena fórmula. En todo caso yo debía preservar lo que había en mí de más estimable: mi gusto por la libertad, mi amor por la vida, mi curiosidad, mi voluntad de escribir. No solamente me alentaba en esa empresa sino que me proponía ayudarme. Dos años mayor que yo –dos años que él había aprovechado–, habiendo encontrado más joven un camino mejor, sabía mucho más, sobre todo; pero la verdadera superioridad que se reconocía y que saltaba a la vista, era la pasión tranquila y apasionada que lo arrojaba hacia sus libros por escribir. Antaño yo despreciaba a los chicos que ponían menos fervor que yo en jugar al croquet o en estudiar: ahora encontraba a alguien ante cuyos ojos mis frenesís parecían tímidos. En efecto, si me comparaba a él ¡qué tibieza en mis fiebres! Yo me había creído excepcional porque no concebía vivir sin escribir: él sólo vivía para escribir.
»Con pocos matices de diferencia yo encontraba un gran parentesco entre su actitud y la mía. No había nada mundano en sus ambiciones. Reprobaba mi vocabulario espiritualista, pero él también buscaba una salvación en la literatura; los libros introducían en ese mundo deplorablemente contingente una necesidad que rebotaba sobre su autor; algunas cosas debían ser dichas por él y entonces estaría completamente justificado. Tenía bastante juventud para conmoverse sobre su destino cuando oía un aire de saxofón después de haber tomado tres martinis; pero si hubiera sido necesario habría aceptado conservar el anonimato: lo importante era el triunfo de sus ideas, no sus propios éxitos. Él no se decía nunca –como yo solía hacerlo– que era "alguien", que tenía "valor"; pero estimaba que verdades importantes –acaso hasta llegaba a pensar: La Verdad– se habían revelado a él y que su misión era imponerlas al mundo...»
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jueves, enero 07, 2016
Mentiras y escritura
«Nada de lo que dijo Hemingway de sí mismo, y poco de lo que dijo sobre otros, puede ser jamás aceptado sin corroboración. Pese a la importancia central que tiene la verdad en su ética de la ficción tenía la creencia característica del intelectual de que, en su propio caso, la verdad debía ser la servidora voluntaria de su ego. Pensaba, y a veces se jactaba de ello, que mentir formaba parte de su educación como escritor. Mentía tanto conscientemente como sin pensarlo. Algunas veces sabía por cierto que estaba mintiendo, como lo pone en claro en su fascinante cuento "Hogar de soldado", con su personaje Krebs: "No es anormal que los mejores escritores sean mentirosos”, escribió. “Gran parte de su oficio es mentir o inventar… A menudo mienten sin saberlo y luego recuerdan sus mentiras con profundo remordimiento"».
Tomado de Neorrabioso, de Batania
lunes, febrero 23, 2015
Autobiografía... (fragmento) - Doris Lessing
Una cita de Goethe —Goethe otra vez— me parece que va al corazón del problema, de cómo juzgamos, cómo leemos. Es de su autobiografía.
Es obligación de todos investigar lo que es interno y peculiar en un libro que nos interesa en particular y, al mismo tiempo y sobre todo, la relación que guarda con nuestra naturaleza interior, y el grado en que esa vitalidad excita y vuelve fructífera la nuestra. Por otro lado, todo lo externo que es inútil para nosotros o es objeto de duda, debe ser sometido a la crítica, la cual, incluso si es capaz de desarticular y desmembrar al conjunto, nunca tendrá éxito en despojarnos del piso al que nos aferramos, ni siquiera al dejarnos perplejos durante un momento respecto a nuestra antigua confianza.
Esta convicción, surgida de la fe y la observación, la cual en todo caso reconocemos como lo más importante, es pertinente y fortalecedora, reside en la fuente de la moral así como el edificio literario de mi vida, y…Y, con Goethe, volvemos al principio de este ensayo, cuando dice que es un hombre viejo y que sólo ha aprendido a leer. ¿Qué quiere decir? Creo que ha aprendido cierta pasividad en la lectura, tomando lo que el autor ofrece y no lo que el lector piensa que debe ofrecer, sin interponerse él mismo (o ella misma) entre el autor y lo que debería emanar del autor. Es decir, no leer el libro a través de una pantalla de teorías, ideas, corrección política y demás. Esta clase de lectura es verdaderamente difícil, pero una puede aprender esta especie de lectura pasiva, de esta manera la esencia y la médula del autor se abre ante ti. Estoy seguro de que todos han tenido la experiencia de leer un libro y encontrarlo vivo, vibrante, colorido y urgente. Y luego, tal vez, algunas semanas más tarde, al leerlo otra vez, encontrarlo plano y vacío. El libro no cambió, cambiaste tú.
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