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sábado, septiembre 05, 2020

Taller de creación literaria en el Ceart (octubre-diciembre)



¿Emocionado? ¡Sí! Y lo que le sigue. 

Ya estamos preparando materiales y lecturas y ejercicios y... bueno, espero que sea una grata experiencia para quienes participen.
 
Los miércoles del 7 de octubre al 9 de diciembre tendremos sesión (teoría y práctica) del taller en videoconferencia, mediante la plataforma Zoom, de 17:00 a 20:00 hrs. En la plataforma Aulatransmedial del Centro de las Artes se subirán ejercicios y materiales complementarios, donde también habrá asesoría y apoyo, al menos una hora diaria, de parte del coordinador. 

Vamos a divertirnos creando y a aprender en camaradería y respeto. Seguimos juntos.

Cupo limitado.

Mayores informes en ceartslp.gob.mx.

miércoles, agosto 23, 2017

Soñar y crear - Fernando Pessoa

«Ya que no podemos extraer belleza de la vida, busquemos al menos extraer belleza de no poder extraer belleza de la vida. Hagamos de nuestro fracaso una victoria, algo positivo y erguido, con columnas, majestad y aquiescencia espiritual.

»Si la vida no nos ha dado más que una celda de reclusión, hagamos por ornamentarla, aunque más no sea, con las sombras de nuestros sueños, diseños y colores, esculpiendo nuestro olvido bajo la quieta exterioridad de los muros.

»Como todo soñador, siempre he sentido que mi oficio era crear. Como nunca he sabido hacer un esfuerzo o activar una intención, crear me ha coincidido siempre con soñar, querer o desear; y hacer gestos, con soñar los gestos que desearía poder hacer...»

viernes, abril 22, 2016

El poder de las palabras - Edgar Allan Poe

Oinos. —Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos. —Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos. —Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos. —¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos. —El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos. —Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos. —Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos. —¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas... ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos. —Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos. —No hay sueños en el Aidenn, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos. —Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos. —Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos.- ¡Explícate!

Agathos. —Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos. —Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos. —Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos. —Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos. —Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos. —Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos. —Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos. —¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos. —Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones... hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado -pero esta vez sin influir- en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos. —Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos. —Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos. —Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos. —Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es...

Oinos. —Dios.

Agathos. —Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos. —Sí.

Agathos. —Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos. —¿Pero por qué lloras, Agathos... y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas... pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos. —¡Y así es... así es! Esta estrella tan extraña... hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

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Traducción de Julio Cortázar

martes, abril 19, 2016

Transgresiones - Fernández Mallo

De la entrevista "No es posible avanzar sin transgredir", realizada a Agustín Fernández Mallo por Hoy es Arte, van los siguientes párrafos:

Hablar de humanidades y de ciencias como cosas antagónicas es como pensar que los científicos no son humanos. Evidentemente las ciencias son humanidades. Es la expresión del espíritu. La ciencia es una construcción colectiva tan real como lo es la literatura. La emoción de un científico ante un hallazgo es también una emoción de orden estético, no puede ser de otra manera. No contemplo esa separación, aunque es evidente que hay mucho fundamentalismo todavía por ambas partes...
Evidentemente es imposible avanzar en nada sin transgredir. Ni en poesía, ni en ciencia, ni en narrativa, ni en tu propia vida, ni en nada. Ahora bien, conviene matizar y no quedarse sólo con eso pues no creo que funcione el transgredir por transgredir. Hacerlo así no deja de ser una pataleta de adolescente. Para transgredir tienes que conocer muy bien lo que está asentado, lo que es ortodoxo para ver cuáles son los puntos flacos y a partir de ahí transgredirlos. No tiene sentido el levantarse un día y pensar “hoy voy a transgredir porque me apetece”. Eso nunca funciona. Las transgresiones aparecen por una combinación compleja e incognoscible que es una mezcla de tu cultura, tu sensibilidad y conocimientos, el entorno, el azar… Todo eso conforma que un día haciendo algo llegues a la transgresión.
No me gusta ir en contra de nadie, pero tampoco a favor de nadie. Cuando escribo pienso en mí porque pienso en mi investigación poética. Nunca pienso en agradar al lector, como tampoco pienso en desagradarle. Quiero que me dejen investigar en mi mundo y si eso luego gusta pues fenomenal, pero si no gusta no puedo hacer nada. Sé que tengo detractores, pero considero que un texto que no está en el debate crítico es un texto que no existe.

martes, enero 27, 2015

Verdad, forma y contenido - George Steiner

Dante asegura al lector que dice la verdad. Lo jura (ti giuro) por lo que le es más preciado, la Commedia misma. Una función de verdad suprema autoriza el poema. La paradoja de la invención auténtica está íntimamente fundada en la transmutación de la naturaleza de la verdad gracias a la encarnación divina de Jesús. Las "verdades fabuladas" de los antiguos, pese a la excelencia de su forma, son, en última instancia, mendaces. O, como en el caso excepcional de Virgilio, no son verdaderas más que episódicamente.

La naturaleza de todo arte serio, de todo texto literario y filosófico es precisamente convertir en inseparables las categorías de "forma" y "contenido". El contenido de un cuadro es, en todo momento de su ejecución y percepción, el propio de sus medios formales. El sentido de una fuga o una sonata es exactamente ése. Más allá de los rudimentarios niveles semánticos, la paráfrasis y la traducción están condenadas a la distorsión o el inacabamiento justamente porque el significado del original está completamente aprisionado en su especificidad léxica, gramatical y conceptual. Una oda o un epigrama distribuyen sus palabras de modo diferente al soneto. El contenido forma y la forma confiere substancia. Por ello, por muy instintiva que sea en nuestro uso o en nuestras referencias espontáneas, la diferenciación entre lo inventado y lo creado se rompe completamente en el campo de la estética y de la semiótica.

Gramáticas de la creación