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viernes, julio 17, 2026
313 - Fernando Pessoa
«Me irrita la felicidad de todos estos hombres que no saben que son infelices. Su vida humana está llena de todo aquello que constituiría una serie de angustias para una verdadera sensibilidad. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa a través de ellos sin rozarles el alma, y viven una vida que sólo puede compararse a la de un hombre con dolor de muelas que hubiese recibido una fortuna —la auténtica fortuna de estar viviendo sin darle importancia, el mayor don que los dioses conceden, porque es el don de hacerlo semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otra manera) a la alegría y al dolor.
»Por eso, a pesar de todo, los amo a todos. ¡Queridos vegetales míos!»
Libro del desasosiego
viernes, diciembre 23, 2016
Desaparecer y ya
Desde 1990 han desaparecido en Japón unas 100 mil personas. No hay rastro ni quieren que las busquen. "La gente es cobarde. Todos quieren tirar la toalla un día, desaparecer y reaparecer en algún lugar que nadie conoce. Nunca imaginé que huir fuera a ser un fin en sí mismo... Sabes, una desaparición es algo que nunca puedes olvidar. Huir es una vía rápida hacia la muerte", explica uno de estos deparecidos al New York Post (que retoma ABC en español).
Suena genial.
Suena genial.
miércoles, octubre 23, 2013
Página 42: El libro del desasosiego (Fernando Pessoa)
"En ojos que no miran, sospecho burlas que encuentro naturales, dirigidas contra la excepción inelegante que soy entre un montón de gente que hace y goza; y en el fondo supuesto de fisonomías que pasan, carcajada de la tímida gesticulación de mi vida, una conciencia de ella que sobrepongo e interpongo. En vano, después de pensar esto, procuro convencerme de que de mí, y sólo de mí, la idea de la burla y del oprobio sutil parte y chorrea. No puedo ya llamar a mí la imagen del verme ridículo, una vez objetivado en los demás. Me siento, de repente, sofocar y dudar en una estufa de mofas y enemistades. Todos me apuntan con el dedo desde el fondo de sus almas. Me lapidan con alegres y desdeñosas burlas todos los que pasan junto a mí. Camino entre fantasmas enemigos que mi imaginación enferma ha imaginado y localizado en personas reales. Todo me abofetea y escarnece. Y a veces, en pleno en medio de la calle —inobservado, al final—, me paro, dudo, busco algo así como una súbita nueva dimensión, una puerta hacia el interior del espacio, donde huir sin demora de mi conciencia de los demás, de mi intuición demasiado objetivada de la realidad de las vivas almas ajenas.
"¿Será que mi costumbre de colocarme en el alma de los demás me lleva a verme como me ven los demás, o me verían si se fijasen en mí? Sí. Y una vez que me doy cuenta de cómo sentirían respecto a mí si me conociesen, es como si lo sintiesen de verdad, lo estuviesen sintiendo, y sintiéndolo, expresándolo en aquel momento. Convivir con los otros es una tortura para mí. Y tengo a los otros en mí. Incluso lejos de ellos, estoy forzado a su convivencia. Solo, me rodean multitudes. No tengo hacia dónde huir, a no ser que huya de mí..."
jueves, septiembre 24, 2009
Del Libro del desasosiego
¡Qué desasosiego si siento,
qué desconsuelo si pienso,
qué inutilidad si quiero!
(click en el título o en el autor para ver el pdf y bajarlo)
lunes, junio 18, 2007
Consejos para sobrevivir - Juan Gustavo Cobo Borda
I
Ahora, cuando mi vida
se parece cada vez menos a mi vida,
recorro las calles de piedra del pasado
y contemplo, turbio de asco e ira,
cómo todo se reduce a la muy larga torpeza
de incesantes comienzos.
Recuerdos enmohecidos, malas costumbres
y ese desasosiego que nos acoge
con rubor inevitable: la cobardía.
Repugnancia por días inmundos
y el seguir, con terquedad,
prisioneros de nosotros mismos.
Vieja y sagaz
la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.
Entretanto, en el bosque nocturno,
el cadáver florecía de deseo.
----
(edit: más en Círculo de Poesía)
se parece cada vez menos a mi vida,
recorro las calles de piedra del pasado
y contemplo, turbio de asco e ira,
cómo todo se reduce a la muy larga torpeza
de incesantes comienzos.
Recuerdos enmohecidos, malas costumbres
y ese desasosiego que nos acoge
con rubor inevitable: la cobardía.
Repugnancia por días inmundos
y el seguir, con terquedad,
prisioneros de nosotros mismos.
Vieja y sagaz
la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.
Entretanto, en el bosque nocturno,
el cadáver florecía de deseo.
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(edit: más en Círculo de Poesía)
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