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miércoles, octubre 09, 2024
domingo, octubre 16, 2016
Tres funerales, un premio, narrativa y poesía
Esta semana en Pulso Diario de San Luis
Bienvenidos comentarios y trompetillas.
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martes, octubre 11, 2016
Dos textos de David Ojeda (1950-2016)
David Ojeda Álvarez, escritor, coordinador de numerosos talleres literarios y funcionario cultural, falleció este domingo a los 66 años. Nació el 20 de marzo de 1950. Antologador de Literatura potosina. Cuatrocientos años (1992) y autor del libro de ensayos Entre sierpes y lagartos (2005). Entre sus obras de creación destacan Bajo tu peso enorme (1978), Los testigos de Madigan (1995), La santa de San Luis (2006), El hijo del Coronel (2008) y Perros de casa (2010). Coordinó talleres en Aguascalientes, Ciudad Juárez, León, Monterrey, Puebla, Torreón, Zacatecas y San Luis Potosí. Fue Premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Las condiciones de la guerra (1978), y Premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí (1976).
Los caracoles aceptan la soledad sin el temblor de párpados
que observamos cada mañana en nuestro espejo
Ellos van con su casa a cuestas
y asoman a los jardines un cuerpo que no logramos entender
Cada día su voluntad apenas debe esforzarse
para desentrañar el minúsculo milagro del terreno
Adheridos a hierbas que tiemblan y crecen bajo ellos
no duermen por la noche sino vigilan
el paso de un zorro con hambre
o el de un viejo borracho que cruza el jardín
en busca de la cama donde yace en el sueño su mujer
No hay misterio que escape a su cuidado
y con él no desean los caracoles otra cosa que conservarlo en las antenas
Quedan ahí las noticias de un mundo que nace
y se corrompe cada segundo
Han aprendido a cuidar su humildad
para corresponder con ella a su apariencia y su tamaño
sin embargo atesoran el saber de quien observa el mundo desde el suelo
entre las hojas libre y solo
Así escriben sus libros y luego los dejan perecer a su lado
en medio de una trampa de sal
ante la vejez o los depredadores que los atraviesan con picos
con uñas y tridentes
Saben no obstante
que la razón de un libro no comienza o termina en sus lectores
que la última finalidad de una palabra en nadie descansa sino en algo
Reconocen cada día cuando el rocío los reanima
y Madigan pone su pie junto a ellos
que un signo en el cielo completa el espectáculo de sus puntos de vista
Los caracoles se arrastran por el jardín
y sus huellas llegan a cruzarse sin que uno u otro se toquen
Su paso y sus acciones en busca de una hoja mejor
al acoso de algún organismo muy pequeño
cubren el terreno con la trama invisible
que el podador o el perro no atestiguan o comprenden
Los caracoles dejan sus casas vacías luego de morir
Queda su cuerpo sin vida para ser devorado por las hormigas
que se aproximan con cuidado y se ponen a comer a cortar
a trasladar la carne húmeda y fría
Poco a poco dejan hueca la morada
y cuando la última hormiga sale de ella no puede evitar apresurarse
Las casas abandonadas asustan
Las casas vacías atesoran ecos que los débiles de corazón
los callados y razonables los enemigos de los sueños
los infieles del azar y la risa
no logran ni quieren entender
Las casas donde alguien ha muerto conservan un fantasma para siempre
El caracol nunca aguarda una pareja
sólo para abandonarse en un orgasmo repentino
Su espera intenta descargar la soledad de un encuentro especular
No tiene sentido hablar de sexo cuando dos caracoles
se aproximan a un contacto moroso
Uno y otro se corresponden con huecos que la casualidad propicia
El estupor de todo amante frente a un sexo que desconoce
es un evento que los caracoles ignoran
Su retiro se completa en su propio cuerpo y sus citas
-como obra fortuita de un deseo delicado que sin embargo llega a la desmesura-
sólo habrán de producir la perdurable fascinación
ante lo que nos proporciona una fugaz imagen de plenitud
y entonces el jardín padece la aproximación de una mano
que puntualmente los priva de reposo
sin atender el grito un gemido los murmullos.
Es el 22 de junio de 1986. Transcurre el mediodía, y en un estadio de México, un hombre llamado Diego juega un partido de futbol como parte del seleccionado que representa a su país. Lo entusiasma e impulsa su deseo de lucir ante quienes, dispersos en el mundo, aplauden y gritan al intuir que es él la prueba de una colusión maravillosa: lo intrascendente que alcanza una instantánea eternidad, el héroe sin tragedia, la emoción que lo reinstala en la vaguedad de una fe rutinaria. Por eso, el acoso de sus frustrados rivales y el rumor de un estadio lleno producen en el jugador reflejos y arrebatos que le permiten anotar dos goles legendarios. En el primero, frente al marco rival, acciona sus músculos al máximo y se suspende por un momento en el aire, ocultándole al juez del encuentro parte de su acción, pues en desacato de una regla impulsa con una mano la pelota que era inalcanzable para su frente. Aquélla roza luego la red del marco rival y produce un sonido que es apagado de inmediato por un atronar de voces y aplausos. El árbitro da por bueno el tanto sin atender reclamos ni protestas de los otros jugadores. Y, minutos después, Diego realiza la maniobra que lo fijará en la perpetuidad de los hombres: tras recibir el balón algunos diez metros atrás de la media cancha, cerca de la banda derecha del ataque de su equipo, corre con el esférico pegado a los pies; así burla a uno, rebasa a otro y se cuela entre dos rivales más hasta penetrar en el área chica inglesa, donde aún le quedan gracia y equilibrio como para burlar la salida del portero, anotando lo que muchos calificarán como «el gol del siglo». En ese momento el jugador argentino entiende haber alcanzado la inmortalidad y siente el sabor de la gloria: un dulce que lo embriaga y habrá de ensimismarlo para siempre.
Dieciséis años antes, el 17 de junio de 1970, durante otro campeonato mundial también celebrado en México, en el estadio Jalisco, de Guadalajara, se realizó un juego entre Uruguay y el inolvidable equipo brasileño donde alineaba un jugador que, igual que el argentino llamado Diego, lucía como el pontífice del encuentro, tal cual si su habilidad y energía correspondieran a seres mitológicos que irrumpen en la vida del hombre. Y Edson, el brasileño, en algún momento del partido descubrió que la pelota rodaba hacia él, impulsada por un compañero y con trayectoria hacia la esquina izquierda del área chica vigilada por el portero uruguayo al que se tenía como «el mejor del mundo». En un instante el jugador calculó lo que ninguna máquina, artilugio o estratega hubieran completado. Evocó durante una milésima de segundo su propia figura; trazó en ese lapso diagramas y un golpe de intuición le indicó qué hacer: confrontarse a sí mismo. Por eso, viendo que el portero se aproximaba veloz, a unos centímetros del roce entre ambos, tocó la pelota con su pie izquierdo, impulsándola en la misma dirección que ésta viajaba. Y él, por su parte, prosiguió con la suya, en sentido contrario a la esférica. De este modo, burlado el portero rival, Edson dobló a su derecha y dio alcance al balón para completar el famoso autopase. El marco oponente quedaba frente a él, a su izquierda, con un forzado ángulo de entrada. Eso complicaba la intención del jugador que, no obstante, apegado a ella, reguló la fuerza de su botín derecho y el ladeo de su empeine. Luego soltó su golpe y observó gratificado que la pelota correspondía a su destreza y pasaba rozando el lado externo del poste derecho. Hubiera sido un gran gol, pensó Edson, apodado Pelé, mientras reconocía su acierto y probaba el sabor de su gloria: una miel que no era para otros.
Los testigos del jardín
(En Los testigos de Madigan, 1995)
que observamos cada mañana en nuestro espejo
Ellos van con su casa a cuestas
y asoman a los jardines un cuerpo que no logramos entender
Cada día su voluntad apenas debe esforzarse
para desentrañar el minúsculo milagro del terreno
Adheridos a hierbas que tiemblan y crecen bajo ellos
no duermen por la noche sino vigilan
el paso de un zorro con hambre
o el de un viejo borracho que cruza el jardín
en busca de la cama donde yace en el sueño su mujer
No hay misterio que escape a su cuidado
y con él no desean los caracoles otra cosa que conservarlo en las antenas
Quedan ahí las noticias de un mundo que nace
y se corrompe cada segundo
Han aprendido a cuidar su humildad
para corresponder con ella a su apariencia y su tamaño
sin embargo atesoran el saber de quien observa el mundo desde el suelo
entre las hojas libre y solo
Así escriben sus libros y luego los dejan perecer a su lado
en medio de una trampa de sal
ante la vejez o los depredadores que los atraviesan con picos
con uñas y tridentes
Saben no obstante
que la razón de un libro no comienza o termina en sus lectores
que la última finalidad de una palabra en nadie descansa sino en algo
Reconocen cada día cuando el rocío los reanima
y Madigan pone su pie junto a ellos
que un signo en el cielo completa el espectáculo de sus puntos de vista
Los caracoles se arrastran por el jardín
y sus huellas llegan a cruzarse sin que uno u otro se toquen
Su paso y sus acciones en busca de una hoja mejor
al acoso de algún organismo muy pequeño
cubren el terreno con la trama invisible
que el podador o el perro no atestiguan o comprenden
Los caracoles dejan sus casas vacías luego de morir
Queda su cuerpo sin vida para ser devorado por las hormigas
que se aproximan con cuidado y se ponen a comer a cortar
a trasladar la carne húmeda y fría
Poco a poco dejan hueca la morada
y cuando la última hormiga sale de ella no puede evitar apresurarse
Las casas abandonadas asustan
Las casas vacías atesoran ecos que los débiles de corazón
los callados y razonables los enemigos de los sueños
los infieles del azar y la risa
no logran ni quieren entender
Las casas donde alguien ha muerto conservan un fantasma para siempre
El caracol nunca aguarda una pareja
sólo para abandonarse en un orgasmo repentino
Su espera intenta descargar la soledad de un encuentro especular
No tiene sentido hablar de sexo cuando dos caracoles
se aproximan a un contacto moroso
Uno y otro se corresponden con huecos que la casualidad propicia
El estupor de todo amante frente a un sexo que desconoce
es un evento que los caracoles ignoran
Su retiro se completa en su propio cuerpo y sus citas
-como obra fortuita de un deseo delicado que sin embargo llega a la desmesura-
sólo habrán de producir la perdurable fascinación
ante lo que nos proporciona una fugaz imagen de plenitud
y entonces el jardín padece la aproximación de una mano
que puntualmente los priva de reposo
sin atender el grito un gemido los murmullos.
* * * * *
Tres goles
(En Luvina 51, verano de 2008)
Dieciséis años antes, el 17 de junio de 1970, durante otro campeonato mundial también celebrado en México, en el estadio Jalisco, de Guadalajara, se realizó un juego entre Uruguay y el inolvidable equipo brasileño donde alineaba un jugador que, igual que el argentino llamado Diego, lucía como el pontífice del encuentro, tal cual si su habilidad y energía correspondieran a seres mitológicos que irrumpen en la vida del hombre. Y Edson, el brasileño, en algún momento del partido descubrió que la pelota rodaba hacia él, impulsada por un compañero y con trayectoria hacia la esquina izquierda del área chica vigilada por el portero uruguayo al que se tenía como «el mejor del mundo». En un instante el jugador calculó lo que ninguna máquina, artilugio o estratega hubieran completado. Evocó durante una milésima de segundo su propia figura; trazó en ese lapso diagramas y un golpe de intuición le indicó qué hacer: confrontarse a sí mismo. Por eso, viendo que el portero se aproximaba veloz, a unos centímetros del roce entre ambos, tocó la pelota con su pie izquierdo, impulsándola en la misma dirección que ésta viajaba. Y él, por su parte, prosiguió con la suya, en sentido contrario a la esférica. De este modo, burlado el portero rival, Edson dobló a su derecha y dio alcance al balón para completar el famoso autopase. El marco oponente quedaba frente a él, a su izquierda, con un forzado ángulo de entrada. Eso complicaba la intención del jugador que, no obstante, apegado a ella, reguló la fuerza de su botín derecho y el ladeo de su empeine. Luego soltó su golpe y observó gratificado que la pelota correspondía a su destreza y pasaba rozando el lado externo del poste derecho. Hubiera sido un gran gol, pensó Edson, apodado Pelé, mientras reconocía su acierto y probaba el sabor de su gloria: una miel que no era para otros.
miércoles, agosto 12, 2015
sábado, junio 29, 2013
"Primero es el verso y después el asunto": Jorge Humberto Chávez, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013
Presentarán el poemario ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013
- Libro que elabora una crónica precisa de la atmósfera trágica que vive una zona de México
- Poemas en los que Jorge Humberto Chávez escribe acerca de su natal Ciudad Juárez, Chihuahua
Esta actividad, organizada por la Coordinación Nacional de Literatura, se llevará a cabo el domingo 30 de junio, a las 12:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
Los miembros del jurado que eligieron este libro como ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013, Hugo Gutiérrez Vega, Efraín Bartolomé y Nelson Simón, entre otros, destacaron que la obra posee un lenguaje seco y de alta densidad poética, con el que hace una crónica precisa de la atmósfera trágica que vive una zona de México, en específico, la frontera norte de nuestro país.
Ver a distancia su natal Ciudad Juárez le brindó a Jorge Humberto Chávez la posibilidad de escribir acerca de ella y de los temas que quería consignar en este poemario. Después de vivir en esa ciudad fronteriza por mucho tiempo, en 2011 cambió de residencia al estado de San Luis Potosí y desde ahí, en la lejanía, se le facilitó escribir acerca de ciertos temas que siempre había querido abordar, solo que por tenerlos antes tan próximos, tanto en tiempo como en espacio, no se le facilitaba tratar.
“Me tuve que alejar un poco y trabajar dos cosas: primero, una serie de notas de la decadencia y el desastre social, la prevalencia de la violencia tanto oficial como de grupos de narcotraficantes y de delincuentes de Ciudad Juárez. Después tuve que buscar un verso, porque yo escribo básicamente sobre la línea de lo que yo deseo expresar en términos de lenguaje solamente, es decir, para mí primero es el verso y después el asunto”, explica en entrevista.
Una vez que encontró la manera de escribir este poemario, cuenta que procedió a escribir los temas con el lenguaje que había encontrado. Su libro tiene una temática orientada hacia lo social y, en segundo lugar, es estéticamente depurado en cuanto al lenguaje.
Para Hugo Gutiérrez Vega, quien participará en esta presentación, este libro de poemas posee una voz sumamente original y propia acerca de un problema colectivo, con el que no protesta por nada, sino más bien da un fiel testimonio que por momentos llega a ser estremecedor y oportuno, pues es muy pertinente para el momento actual del país y formalmente muy valioso.
Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1959) es poeta. Estudió ciencias sociales en la Normal Superior del Estado de Chihuahua. Ha sido catedrático en la UACH, UACJ y la Escuela Normal Superior de Chihuahua en las materias de sociología, estética, semiótica y literatura; coordinador de literatura del Instituto Chihuahuense de Cultura en Ciudad Juárez. [En la actualidad, Director de Literatura del Instituto Potosino de Bellas Artes y gran promotor de presentaciones, intercambios y cursos]. Becario David Alfaro Siqueiros del FOECA-Chihuahua, creador artístico 1994 y 1997. Premio Nacional de Poesía Colima 1981; premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos 1981 y Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013 por Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto. Parte de su obra está incluida en la antología Cíbola, cinco poetas del norte (UNAM, 1999).
Entre su obra poética está: De 5 a 7 p. m. (1980), La otra cara del vidrio (1984), Nunca será la medianoche (1987), La lluvia desde el puente(1992), El libro de los poemas (1996), Bar Papillón (2000), The city and the Endless Journey (2003), Bar Papillon et le poéme triste (2004), Ángel(2009) y Á ngelo (2011).
- - - - - - - - - -
(Boletín de la Coordinación de Literatura del INBA)
domingo, octubre 11, 2009
Manuel Calvillo (1918-2009)
Tomás: un abrazo
Mientras los menores se pelean por pequeñeces, o permanecen entre las dunas de una ciudad polvosa, o se van sin dejar rastro, los poetas grandes hacen lo suyo, buscan y encuentran sin necesidad de grandes escenarios. "Pero ningún rito prevalece. La proscripción es la más alta muralla de la ciudad. /Toda la gloria y toda la clemencia fueron abolidas" (El libro del emigrante)
Manuel Calvillo Alonso se fue pero queda la obra, poca, escasa pero valiosa. Una obra que necesita ser visitada, leída, analizada, como la de tantos autores regionales que permanecen en la oscuridad mientras la mayoría de los nuevos especialistas se van a lo obvio (Borges, Cortázar...), mientras se publican textos sin rigor o pasión, cuando entre nosotros la palabra ha estado y abre mundos. En Internet y en bibliotecas fue poco lo que pude encontrar hoy, pero la invitación está abierta a que hablemos de nuestras voces desde aquó o desde donde se pueda.
Según la Biobibliografía de los escritores de San Luis Potosí (Rafael Montejano, UNAM, 1979), Manuel Calvillo nació en la ciudad de San Luis Potosí el 20 de enero de 1918. En la misma hizo la primaria y la secundaria; en la Universidad Nacional Autónoma de México estudió leyes. En 1939 dirigió la revista Labor. Formó parte del grupo de la revista Tierra Nueva. Fue secretario de El Colegio de México. Colaboró en Ábside, Universidad de México, Cuadernos Americanos, Revista Mexicana de Literatura y Letras Potosinas.
De sus obras destacan Estancia en la voz (Tierra Nueva, 1942); Primera vigilia terrestre (Tezontle, 1953); El libro del emigrante (UNAM, 1953), reeditado en la antología Literatura potosina, cuatrocientos años, de David Ojeda, y en la colección Lecturas mexicanas). Algo encuentran en la colección Material de Lectura, de la UNAM.
Tu presencia no es hoy esta mirada
de tus hombros al viento
ni el subyugado sueño de tu imagen;
No es pronunciar tu nombre
o las frases de un diálogo imprevisto
(de Estancia en la voz)
La crítica especializada coincide en que Calvillo Alonso junto con Joaquín Antonio Peñalosa fue de las mejores voces poéticas de San Luis Potosí durante la primera mitad del siglo XX.
Una selección de su obra está publicada en Poesía 1940-1971, presentación de Tomás J. Calvillo Unna, México, Dirección General de Publicaciones del Conaculta, 1997, 80 pp., ISBN 970-18-0312-4.
miércoles, noviembre 28, 2007
MJO: huida y retorno de la literatura potosina
Él se dijo “peregrino que ha muchos años busca la tierra prometida” (Canto del regreso). Hoy, en tiempos de globalización o mundialización, le podríamos llamar nómada, vagabundo, como también se dio en llamar a los antiguos habitantes de la Gran Guachichila, la tierra de este poeta.
En el desierto, hay calma aparente pero todo tiene vida. Hay florecimientos, ciertamente extraños, aunque las flores desérticas tienen colores y un olor propio que no todos tienen la sensibilidad de apreciar. “La piedra tiene acentos”, escribió nuestro homenajeado, Manuel José Othón, quien quiso huir del desierto pero volvió a él, tuvo que volver, a pesar de sentirse amenazado por “la tenaza del odio, de la envidia el corvo diente y el venenoso aliento de las almas por la corte oprimidas” (Nostálgica).
Como se ha dicho en los recientes estudios sociales y antropológicos sobre migración, movilidad social, o nomadismo, la necesidad de salir de un ambiente natural se da por necesidad o por gusto, y es significativa en este siglo, aunque en el poeta que habitó esta casa se inicia esta ensoñación por la libertad fuera del desierto. Necesidad económica vuelta tradición, escape o búsqueda de tesoros (culturales y de los otros), accidente al caer en la madriguera de un conejo o aburrimiento como el de Sindbad, refugio político o sueño americano. A pesar de las enseñanzas sociales el deseo o necesidad de escape es parte del ser más íntimo.
¿Qué nos expulsa de un lugar, de una ciudad y qué es lo que nos hace regresar? En el caso de San Luis Potosí la literatura considerada (o adoptada) como local o regional ha sido producida las más de las veces fuera de sus límites geográficos, y mucha ha sido tomada de otros lares por la estancia —corta o larga— de autores que se han establecido en este estado que presume de ser tradicionalmente cultural, cuya capital fue fundada en 1592 y que se distingue por un conservadurismo que apenas se empieza a diluir.
El poeta que habitó esta casa quiso huir a la gran ciudad pero se refugió en el desierto, donde a pesar de su sordera llegó a oìr todos sus secretos. ¿Y qué artista no ha querido huir a escuchar “estrofas de una lira soberana y versos de un divino florilegio” (Himno de los bosques)?
En lo que representa el más reciente esfuerzo antologador a nivel estatal, el escritor potosino David Ojeda se duele de que las dos obras de autores potosinos más conocidas son “El brindis del bohemio”, de Guillermo Aguirre y Fierro, y el Himno Nacional Mexicano, de Francisco González Bocanegra. La sede del programa estatal de literatura es la Casa López Velarde, en honor al poeta de Jerez, Zacatecas. En el panorama literario nacional de la actualidad figuran nombres como Margarito Cuellar, Luis González de Alba o Socorro Venegas, que aunque nacidos en San Luis Potosí tienen ya lo que podríamos considerar “denominación de origen” de otras entidades.
En la revista regional Ventana Interior el poeta potosino Jaime Loredo escribió sobre un libro que vio en una librería de viejo, una antología de 1908 o 1910 en la que se incluía a Ramón López Velarde como una concesión a la provincia. No reconoció a ningún otro autor antologado, pero se alegra del provincianismo que entraña ese mirar el mundo como si lo hiciéramos por primera vez. Y, estoy de acuerdo, lo maravilloso del mundo (la naturaleza, la poesìa, una buena puesta en escena), que alegraba hasta las lágrimas a Othón lo hace provinciano, pero es tan provinciano como El Quijote, como bùsqueda y hallazgo de una riqueza no citadina, no en el sentido peyorativo que tanto gustan de esgrimir algunos habitantes de la ciudad de México.
La muerte de Manuel José Othón significó el rescate de su casa natal, y cabe decir que ha sido la única de un artista potosino que ha sido restaurada y en la que se ha integrado un museo, el Othoniano, y la calle toda lleva su nombre. En su honor su nombre ha sido tomado por un centro educativo de corte josefino, durante mucho tiempo el único de su tipo, cuyo significado social es hasta cierto punto elitista —Othón diría burgués—, por ser un colegio privado, de paga, lo cual es por lo menos una ironía, dadas las condiciones en que vivió y murió Manuel José.
“Poeta local por antonomasia, potosino universal, tótem y botín, feudo local y manzana de la discordia”, según el escritor Ignacio Betancourt (1998). ¿Cuántos saben quién fue quien dio nombre al colegio, a la calle, al museo?¿Cuántos potosinos lo han leído? ¿Qué significaron su vida y su muerte para esta ciudad?
En fin, Othón, potosino a pesar de todo, a pesar de sí mismo, quien dedicó su libro Poemas rústicos —“la mejor hoja de su diadema” según el sacerdote escritor Joaquín Antonio Peñalosa— a la ciudad de Guadalajara, “porque en ella están vinculadas las más hondas pasiones de mi alma”.
El poeta nació el 14 de junio de 1858 y murió el 28 de noviembre de 1906, hace 101 años. Era la época de Benito Juárez y la de la paz porfiriana, la de la influencia y amor-odio a Francia, la época en la que San Luis Potosí fue cuna de los ideales revolucionarios, aunque en las formas era aún un gran monasterio apostado en el altiplano.
El poeta pensaba, según se trasluce en sus cartas y en su obra, en su legado artístico, en pasar a la historia, en ser eterno a través de su obra y por eso Manuel José negó parte de su producción temprana, reconociendo sólo dos libros, y aderezó sus conversaciones dando a conocer títulos de poemas o de dramas que jamás fueron escritos o bien no fueron editados por este pudor orgulloso de Othón, pero que llenan biografías y cuadros costumbristas del poeta y de su época.
Querer que la obra trascienda, sobre todo cuando se sabe que es buena, no es un signo de soberbia, sino un ansia de trascendencia que pone en comunión al artista con su entorno y con su tiempo, sobre todo cuando el cuerpo se siente frágil. No por nada sus dramas más conocidos son Después de la muerte y El último capítulo. Enfermo y provinciano, en materia de dinero Othón se sentía “no un Quijote sino un pendejo, que viene a ser lo mismo” (Montejano, 1979:119), y acierta Betancourt (1993:13) cuando asegura que en la obra de Othón “más que arrepentimiento hay conciencia de la imposibilidad, más que pecado hay impotencia”. Las ganas de vivir no se acaban por no tener los medios para hacerlo, y eso demostró Othón a pesar de los intentos de beatificarlo. En todo caso, patrón de los que huyen, de los que se dan cuenta de las carencias.
“¡Qué profunda sepultura!... ¡El olvido!”, escribió, y este afán de pasar a la posteridad para bien de una sociedad lo obligaba a hacer “un estudio de cada palabra, de cada cláusula, de cada oración”, por lo cual todo mundo creía que era flojo para escribir (Montejano, 1997:86). Para terminar una obra su mecenas le ofreció todo el vino que pudiera tomar cuando la hubiera entregado.
Autocensura o miedo a perder el objeto amado, ciertamente Othón conocía las circunstancias y los juicios sociales de su época, pues no dejó traslucir su gusto por otras mujeres y las encubrió en la naturaleza, en el trueno, en manuscritos que se publicaron tras su muerte. Juró, pero puso por testigos a Dios y “la santa memoria” de su madre, que no engañó a Pepita, su novia y luego su esposa durante 23 años, pero alcohol y mujeres fueron la constante, como buen poeta: “¡siempre insistiendo en la quemante lumbre, fascinada y tenaz la mariposa!” (Cansancio).
Las encubrió en la nostalgia, en el desánimo de cuando la edad ya no permite los escarceos que el artista quisiera. ¿Pecado y arrepentimiento, como dice Montejano, o frustración no sólo física?
Consciente de sus dolencias, sentía como muchos lo sentimos un amor también enfermizo por ésta, su tierra natal, que le daba “desesperación, más que la muerte” (Nostálgica), pero con las salvedades que aún persisten. Hablando de El último capítulo, que tuvo gran éxito, le contaba a su esposa Pepita: “creo que fuera de aquí [de San Luis Potosí] en cualquiera de los centros intelectuales de la república, tendría uno [éxito] mucho mayor, porque será mi obra tanto más apreciada cuanto más entendida” (Montejano, 1997:79).
Fascinado por la ciudad de México, le comentó a su esposa que “la Lonja de San Luis, fuera del tamaño y comodidades del edificio, es cursi y vale un demonio” (Montejano, 1979:114) y añadía: “aquí está nuestro lugar, es nuestra ciudad, aunque la hemos amado de lejos. Así me lo dicen todos, amigos y conocidos, por ti y por mí; y de cualquier manera, aquí nos vendremos definitivamente”. (Montejano, 1979:129).
Por algo el novelista de la revolución Jorge Ferretis lo acusó de “príncipe… tipo exacto del colono mental, extranjero por aspiración” (Montejano, 1979:158), lo que ha sido desmentido por los biògrafos del poeta.
Más aún, en otra carta confesó a un amigo “hace seis años que salí de mi tierra sin intención de volver a ella” (Montejano, 1979:111). Regreso forzado por circunstancias familiares, o salud, o miedo, Othón llegó a San Luis a “recoger las sagradas memorias” con que ungiría “de nuevo mis moribundas glorias” (Canto del regreso). Una maldición que se repite, una constante en un lugar que presume de estar en medio del triángulo Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Ojalá se acabe este sino.
Tras su muerte cambia el panorama local, “en el centro y a la cabeza” de los aprendices ya no estaba el consagrado, el impulsor de aquella modernización cultural, de las veladas literarias y animador de los juegos florales (Montejano, 1979:LXI). “Nada son, ciertamente, veinte individuos en una población de sesenta mil almas”, decía Manuel en el prólogo a un libro de Alberto Sustaita (Betancourt, 1998:30), añadía que las publicadas en años anteriores eran obras “muy malas, detestablemente malas”, y se dolía de que San Luis Potosí permaneciera al margen de un cierto auge cultural nacional.
Releerlo como un amigo, como un maestro muerto, como un potosino que quiso transformar, pero supo no romper con todos, un hombre que escribió a pesar de todo, de todos. “Si la forma no corresponde a la pasión, será porque mi molde es muy frágil, y ha estallado cuando quise vaciar en él mis sensaciones” (Peñalosa, p. 228).
A pesar de las “pedradas” y “salivazos” como los que refiere Miguel de Cervantes en la obra de Othón El último capítulo, con quien el potosino se hermana en la necesidad de concluir una obra personal para tranquilidad de su alma, en las deudas, en las enfermedades, y hasta la pendejez y en el amor “a los hijos de nuestra imaginación”.
Escribir y querer a un desierto. Tratar de que los Poemas Rústicos dejen de ser “un libro sin pasado y apenas repetido por algún eco” (Peñalosa, 1974: 14). Que haya ecos, que la muerte signifique algo.
- - - - - - - - -
(Museo Othoniano, SLP, en los 101 años de la muerte de Manuel José.)
Otras entradas sobre literatura potosina.
En el desierto, hay calma aparente pero todo tiene vida. Hay florecimientos, ciertamente extraños, aunque las flores desérticas tienen colores y un olor propio que no todos tienen la sensibilidad de apreciar. “La piedra tiene acentos”, escribió nuestro homenajeado, Manuel José Othón, quien quiso huir del desierto pero volvió a él, tuvo que volver, a pesar de sentirse amenazado por “la tenaza del odio, de la envidia el corvo diente y el venenoso aliento de las almas por la corte oprimidas” (Nostálgica).
Como se ha dicho en los recientes estudios sociales y antropológicos sobre migración, movilidad social, o nomadismo, la necesidad de salir de un ambiente natural se da por necesidad o por gusto, y es significativa en este siglo, aunque en el poeta que habitó esta casa se inicia esta ensoñación por la libertad fuera del desierto. Necesidad económica vuelta tradición, escape o búsqueda de tesoros (culturales y de los otros), accidente al caer en la madriguera de un conejo o aburrimiento como el de Sindbad, refugio político o sueño americano. A pesar de las enseñanzas sociales el deseo o necesidad de escape es parte del ser más íntimo.
¿Qué nos expulsa de un lugar, de una ciudad y qué es lo que nos hace regresar? En el caso de San Luis Potosí la literatura considerada (o adoptada) como local o regional ha sido producida las más de las veces fuera de sus límites geográficos, y mucha ha sido tomada de otros lares por la estancia —corta o larga— de autores que se han establecido en este estado que presume de ser tradicionalmente cultural, cuya capital fue fundada en 1592 y que se distingue por un conservadurismo que apenas se empieza a diluir.
El poeta que habitó esta casa quiso huir a la gran ciudad pero se refugió en el desierto, donde a pesar de su sordera llegó a oìr todos sus secretos. ¿Y qué artista no ha querido huir a escuchar “estrofas de una lira soberana y versos de un divino florilegio” (Himno de los bosques)?
En lo que representa el más reciente esfuerzo antologador a nivel estatal, el escritor potosino David Ojeda se duele de que las dos obras de autores potosinos más conocidas son “El brindis del bohemio”, de Guillermo Aguirre y Fierro, y el Himno Nacional Mexicano, de Francisco González Bocanegra. La sede del programa estatal de literatura es la Casa López Velarde, en honor al poeta de Jerez, Zacatecas. En el panorama literario nacional de la actualidad figuran nombres como Margarito Cuellar, Luis González de Alba o Socorro Venegas, que aunque nacidos en San Luis Potosí tienen ya lo que podríamos considerar “denominación de origen” de otras entidades.
En la revista regional Ventana Interior el poeta potosino Jaime Loredo escribió sobre un libro que vio en una librería de viejo, una antología de 1908 o 1910 en la que se incluía a Ramón López Velarde como una concesión a la provincia. No reconoció a ningún otro autor antologado, pero se alegra del provincianismo que entraña ese mirar el mundo como si lo hiciéramos por primera vez. Y, estoy de acuerdo, lo maravilloso del mundo (la naturaleza, la poesìa, una buena puesta en escena), que alegraba hasta las lágrimas a Othón lo hace provinciano, pero es tan provinciano como El Quijote, como bùsqueda y hallazgo de una riqueza no citadina, no en el sentido peyorativo que tanto gustan de esgrimir algunos habitantes de la ciudad de México.
La muerte de Manuel José Othón significó el rescate de su casa natal, y cabe decir que ha sido la única de un artista potosino que ha sido restaurada y en la que se ha integrado un museo, el Othoniano, y la calle toda lleva su nombre. En su honor su nombre ha sido tomado por un centro educativo de corte josefino, durante mucho tiempo el único de su tipo, cuyo significado social es hasta cierto punto elitista —Othón diría burgués—, por ser un colegio privado, de paga, lo cual es por lo menos una ironía, dadas las condiciones en que vivió y murió Manuel José.
“Poeta local por antonomasia, potosino universal, tótem y botín, feudo local y manzana de la discordia”, según el escritor Ignacio Betancourt (1998). ¿Cuántos saben quién fue quien dio nombre al colegio, a la calle, al museo?¿Cuántos potosinos lo han leído? ¿Qué significaron su vida y su muerte para esta ciudad?
En fin, Othón, potosino a pesar de todo, a pesar de sí mismo, quien dedicó su libro Poemas rústicos —“la mejor hoja de su diadema” según el sacerdote escritor Joaquín Antonio Peñalosa— a la ciudad de Guadalajara, “porque en ella están vinculadas las más hondas pasiones de mi alma”.
El poeta nació el 14 de junio de 1858 y murió el 28 de noviembre de 1906, hace 101 años. Era la época de Benito Juárez y la de la paz porfiriana, la de la influencia y amor-odio a Francia, la época en la que San Luis Potosí fue cuna de los ideales revolucionarios, aunque en las formas era aún un gran monasterio apostado en el altiplano.
El poeta pensaba, según se trasluce en sus cartas y en su obra, en su legado artístico, en pasar a la historia, en ser eterno a través de su obra y por eso Manuel José negó parte de su producción temprana, reconociendo sólo dos libros, y aderezó sus conversaciones dando a conocer títulos de poemas o de dramas que jamás fueron escritos o bien no fueron editados por este pudor orgulloso de Othón, pero que llenan biografías y cuadros costumbristas del poeta y de su época.
Querer que la obra trascienda, sobre todo cuando se sabe que es buena, no es un signo de soberbia, sino un ansia de trascendencia que pone en comunión al artista con su entorno y con su tiempo, sobre todo cuando el cuerpo se siente frágil. No por nada sus dramas más conocidos son Después de la muerte y El último capítulo. Enfermo y provinciano, en materia de dinero Othón se sentía “no un Quijote sino un pendejo, que viene a ser lo mismo” (Montejano, 1979:119), y acierta Betancourt (1993:13) cuando asegura que en la obra de Othón “más que arrepentimiento hay conciencia de la imposibilidad, más que pecado hay impotencia”. Las ganas de vivir no se acaban por no tener los medios para hacerlo, y eso demostró Othón a pesar de los intentos de beatificarlo. En todo caso, patrón de los que huyen, de los que se dan cuenta de las carencias.
“¡Qué profunda sepultura!... ¡El olvido!”, escribió, y este afán de pasar a la posteridad para bien de una sociedad lo obligaba a hacer “un estudio de cada palabra, de cada cláusula, de cada oración”, por lo cual todo mundo creía que era flojo para escribir (Montejano, 1997:86). Para terminar una obra su mecenas le ofreció todo el vino que pudiera tomar cuando la hubiera entregado.
Autocensura o miedo a perder el objeto amado, ciertamente Othón conocía las circunstancias y los juicios sociales de su época, pues no dejó traslucir su gusto por otras mujeres y las encubrió en la naturaleza, en el trueno, en manuscritos que se publicaron tras su muerte. Juró, pero puso por testigos a Dios y “la santa memoria” de su madre, que no engañó a Pepita, su novia y luego su esposa durante 23 años, pero alcohol y mujeres fueron la constante, como buen poeta: “¡siempre insistiendo en la quemante lumbre, fascinada y tenaz la mariposa!” (Cansancio).
Las encubrió en la nostalgia, en el desánimo de cuando la edad ya no permite los escarceos que el artista quisiera. ¿Pecado y arrepentimiento, como dice Montejano, o frustración no sólo física?
Consciente de sus dolencias, sentía como muchos lo sentimos un amor también enfermizo por ésta, su tierra natal, que le daba “desesperación, más que la muerte” (Nostálgica), pero con las salvedades que aún persisten. Hablando de El último capítulo, que tuvo gran éxito, le contaba a su esposa Pepita: “creo que fuera de aquí [de San Luis Potosí] en cualquiera de los centros intelectuales de la república, tendría uno [éxito] mucho mayor, porque será mi obra tanto más apreciada cuanto más entendida” (Montejano, 1997:79).
Fascinado por la ciudad de México, le comentó a su esposa que “la Lonja de San Luis, fuera del tamaño y comodidades del edificio, es cursi y vale un demonio” (Montejano, 1979:114) y añadía: “aquí está nuestro lugar, es nuestra ciudad, aunque la hemos amado de lejos. Así me lo dicen todos, amigos y conocidos, por ti y por mí; y de cualquier manera, aquí nos vendremos definitivamente”. (Montejano, 1979:129).
Por algo el novelista de la revolución Jorge Ferretis lo acusó de “príncipe… tipo exacto del colono mental, extranjero por aspiración” (Montejano, 1979:158), lo que ha sido desmentido por los biògrafos del poeta.
Más aún, en otra carta confesó a un amigo “hace seis años que salí de mi tierra sin intención de volver a ella” (Montejano, 1979:111). Regreso forzado por circunstancias familiares, o salud, o miedo, Othón llegó a San Luis a “recoger las sagradas memorias” con que ungiría “de nuevo mis moribundas glorias” (Canto del regreso). Una maldición que se repite, una constante en un lugar que presume de estar en medio del triángulo Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Ojalá se acabe este sino.
Tras su muerte cambia el panorama local, “en el centro y a la cabeza” de los aprendices ya no estaba el consagrado, el impulsor de aquella modernización cultural, de las veladas literarias y animador de los juegos florales (Montejano, 1979:LXI). “Nada son, ciertamente, veinte individuos en una población de sesenta mil almas”, decía Manuel en el prólogo a un libro de Alberto Sustaita (Betancourt, 1998:30), añadía que las publicadas en años anteriores eran obras “muy malas, detestablemente malas”, y se dolía de que San Luis Potosí permaneciera al margen de un cierto auge cultural nacional.
Releerlo como un amigo, como un maestro muerto, como un potosino que quiso transformar, pero supo no romper con todos, un hombre que escribió a pesar de todo, de todos. “Si la forma no corresponde a la pasión, será porque mi molde es muy frágil, y ha estallado cuando quise vaciar en él mis sensaciones” (Peñalosa, p. 228).
A pesar de las “pedradas” y “salivazos” como los que refiere Miguel de Cervantes en la obra de Othón El último capítulo, con quien el potosino se hermana en la necesidad de concluir una obra personal para tranquilidad de su alma, en las deudas, en las enfermedades, y hasta la pendejez y en el amor “a los hijos de nuestra imaginación”.
Escribir y querer a un desierto. Tratar de que los Poemas Rústicos dejen de ser “un libro sin pasado y apenas repetido por algún eco” (Peñalosa, 1974: 14). Que haya ecos, que la muerte signifique algo.
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(Museo Othoniano, SLP, en los 101 años de la muerte de Manuel José.)
Otras entradas sobre literatura potosina.
viernes, noviembre 24, 2006
Donoso en el Colsan

El ecuatoriano Miguel Donoso Pareja estuvo en SLP, e impartió el curso "Literatura en Hispanoamérica. Situación y perspectivas" en El Colegio de San Luis (Colsan) del 29 de mayo al 2 de junio. Compartimos algunos apuntes.
Al inicio del taller el coordinador leyó una carta de Juan Villoro, en la que el cronista hace un reconocimiento de su pasión desde jóven por el futbol y de su aprecio por Miguel Donoso Pareja, su maestro, “la primera persona que nos tomó en serio” y de quien tuvo la primera señal “de que un intelectual de primera podía ser un hincha apasionado”.
Cansado y enfermo, pero con ganas de seguir transmitiendo sus conocimientos, Donoso regresó a San Luis Potosí. La primera vez que visitó esta ciudad fue en el año de 1974, para fundar el taller piloto de literatura en la casa de la Cultura, gracias a una idea de Víctor Sandoval, en ese entonces coordinador del Encuentro de Poetas del Mundo Latino y a la solicitud que hizo el entonces director de la Casa de la Cultura, el Arq. Francisco Javier Cossío.
Cuenta el escritor David Ojeda —también alumno de Donoso y cuyo libro más reciente y polémico es "La santa de San Luis"— en su antología Literatura Potosina, 400 años, que se “convocó a diversos jóvenes que en la ciudad […] hacían discreta y cándida fama de “escritores”. En ese taller se formaron, o terminaron de hacerlo, la mayor parte de los autores potosinos más notables de las recientes promociones”.
En el curso en El Colegio, el maestro hizo un elogio del libro como fermento y sustrato de la civilización, pero reconoció la trivialización de la literatura por las necesidades del mercado, “las leyes del mercado no son las de la literatura, y en el momento en que nos subordinamos a ellas empezamos a escribir cochinadas”, aunque el bestseller no es malo en sí mismo, dijo, y puso el ejemplo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Entre sus poetas favoritos Donoso Pareja citó a Huidobro, Vallejo, Neruda, Girondo y Garmendia, así como otros “poetas que escribieron novela”.
De los medios de comunicación comentó que han tenido un uso equivocado, pues se han dejado de lado sus posibilidades liberadoras, y “los que escriben de cultura son generalmente los menos preparados”.
“Un lector bueno vale por todos los malos”
A sus XX años, Miguel Donoso reconoció que debería sentirse un escritor fracasado, “porque no tengo muchos lectores”, pero sabe que ya es en la historia de la literatura hispanoamericana. “La literatura no debe estar al servicio de nada, ni de la revolución ni de la contrarrevolución”, todo sectarismo es estúpido., toda postura tiene algo de bueno.
Para el escritor ecuatoriano “cada lector aporta al libro, y sólo los libros que son capaces de ser traicionados existen”. Citó a Flaubert —“todo lo que inventamos es cierto”— y a Lispector —“la realidad es lo increible” para remarcar que “la imaginación es la hembra del acto, sin ella no hay nada fecundo”. Que los escritores reflexionan, imaginan, que los escritores no son una marca, que los escritores “somos gente de pocas ideas pero sí confusas” y que no necesariamente son líderes de opinión, “aunque muchos se la creen”.
La gran literatura, aseguró, “es la que lo cambia a uno. Hay poca”, pues se manejan imágenes en lugar de ideas, por la cultura del videoclip y su dinamismo. “Lo increible es que el ser humano sigue escribiendo”. El escritor tiene que convencer sin ninguna documentación a sus lectores.
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