miércoles, junio 15, 2016

Diez consejos para autopublicarse y no morir en el intento - Fernando Gamboa

1. Escribe. Publica. Repite. 
Parece de perogrullo, pero casi todos los autores solemos olvidarnos en algún momento de que nuestro trabajo es escribir, y nos perdemos en campañas de marketing, grupos de Facebook o publicidad más o menos disimulada en Twitter. Buscando la promoción que nadie nos hace y darnos a conocer como sea, corremos el riesgo de dejar de escribir, que en realidad es lo que mejor funciona para ganar lectores. Cuantos más libros publiques, más lectores tendrás y más libros podrás vender en el futuro. Esa es la fórmula y lo demás son pan para hoy y hambre para mañana. Mola mucho tener 100.000 seguidores en twitter, pero eso no quiere decir que tengas 100.000 lectores —yo apenas tengo mil seguidores, sin ir más lejos—. No te obceques con eso. ¿Quieres ser escritor o un puñetero Community Manager?

En caso de conflicto, al cuerno con la promoción y las redes sociales, preocúpate solo por escribir una buena historia.

2. No desesperes.

Muchos autores noveles, o que tras años de recibir cartas de rechazo editorial, descubren el paraíso de la autopublicación, se lanzan a la piscina de Amazon con su mejores bañador y su libro bajo el brazo, haciendo un triple tirabuzón en el aire mientras exclaman en las redes sociales: «¡Eh, miradme! ¡He escrito un libro!», convencidos de que al sacar la cabeza del agua habrá una multitud rugiendo de entusiasmo ante tal hazaña, haciendo cola para que les firme ejemplares. Y claro, cuando descubren que la realidad no es precisamente así, se vienen abajo, queman el libro, y deciden mandarlo todo al garete para ir a pescar cangrejos en la costa de Alaska.

Error.

Hacerse un hueco entre los millones de libros disponibles online –sí, millones—, no es tarea fácil y por lo general cuesta años de escribir, publicar y sumar lectores uno a uno. Sé paciente y sigue escribiendo. Si tus novelas son buenas, tarde o temprano destacarás.

Este trabajo no es para sprinters, es para maratonianos.

3. Reescribe. Recorta. Corrige.

Pues sí, has escrito un libro cojonudo que te ha llevado dos años terminar, y todos tus amigos te dicen que lo vas a petar y que tiemble Stephen King. Imprimes el manuscrito, lo encuadernas y te lo quedas mirando como si fuera un recién nacido, con un orgullo de padre que te estira la sonrisa de oreja a oreja ¿Lo has hecho ya? Muy bien.

Ahora no te cabrees conmigo, pero tengo que decirte que eso es solo la mitad del trabajo.

Puede ser una historia genial y un futuro best seller, pero de momento y mientras sea un primer manuscrito, las probabilidades de que esté listo para publicar son bajísimas.

Guarda el manuscrito en un cajón durante unas semanas y luego vuelve a leerlo con ojos críticos, como si fueras tu peor enemigo. Corta todo lo que no sea necesario, corrige lo que creas mejorable y explica lo que no quede claro. Luego vuelve a guardarlo en el mismo cajón —u otro diferente, no vamos a discutir por eso—, y al cabo de unos meses lo vuelves a releer y repetir la operación. Todo esto, las veces que haga falta. Y luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean y te den su opinión honesta, y encuentren fallos y te señalen cosas que mejorar. Y cuando te devuelvan la copia del manuscrito que les has dado llena de tachones y comentarios en boli rojo, te vuelves a releer el libro y aplicas las correcciones que te parezcan acertadas —ojo, no todas, la decisión final es solo tuya.

Entonces y solo entonces, habrás completado… tres cuartas partes del camino.

Aún te queda un poco más, chaval —o chavala.

4. Contrata a profesionales de la edición.

En este punto, quizá habrás alzado las cejas y pensado «¿Después de todo lo anterior, aún tengo que pagar a alguien para hacer lo mismo?» o «Este tío es gilipollas», o las dos cosas a la vez probablemente. Pero, A: Los profesionales de la edición son imprescindibles en nuestro trabajo y marcan la diferencia entre publicar un buen libro o un pestiño, y B: No lo consideres un gasto, es una muy buena inversión.

El olvidarse de los buenos profesionales de la edición, creyendo que no son necesarios, es uno de los puntos donde los autores autoeditados suelen palmarla con mayor frecuencia. No seas tacaño. Si crees que tu libro es bueno, ellos lo harán todavía mejor.

Puedes escribir un libro cojonudo y reescribirlo hasta el hartazgo, pero si no contratas a un corrector —o correctora, que suele ser lo habitual—, un editor profesional —de los que editan y aconsejan— y un buen diseñador para que te hagan la portada, tu trabajo difícilmente logrará la calidad que un lector espera de cualquier libro que compre.

Al lector le trae al pairo que seas Indie, que vivas bajo un puente o hayas escrito una novela con los pies. El lector —él, yo, tú—, lo que quiere es leer un buen libro, sin faltas y sin errores de ningún tipo, sin excusas, aunque haya pagado 99 céntimos por él. Si no lo haces así, quizá te ganes una reseña negativa y pierdas un lector para toda la vida, y no está el patio como para perder lectores ni reseñas.

Lo de la portada es harina de otro costal, pero casi tan importante como lo anterior. Ningún lector te va a escribir para quejarse de que la portada de tu novela es más fea que un pie cagao, pero una mala portada te hará perder muchísimos lectores, que no se sentirán lo bastante atraídos por tu obra como para aflojar la mosca. Ya sabes, hay millones de libros ahí fuera, y la chica fea se queda sin bailar aunque sea la más lista de la clase.

5. Sé amable y no toques mucho los huevos.

Este apartado se dividiría en dos subapartados de la parte contratante de la segunda parte.

Por un lado, no olvides nunca que los lectores son lo más importante en tu carrera profesional, y que son personas probablemente más listas que tú, así que sé amable, pero también honesto y paciente con ellos. No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela, pero tampoco les hagas la pelota, que resulta cansino. Con suerte y si te portas bien, muchos esos lectores se convertirán en amigos de por vida —aunque sea a través de las redes sociales— y la base de tu futuro como juntaletras. Cuídales. Trabajas para ellos.

La otro, lo de tocar los huevos, en inglés se llama Spam. No te pongas a spamear a todos tus contactos, seguidores y desconocidos que te salgan al paso. No publiques anuncios en muros ajenos sin pedir permiso. No des la brasa, vamos.

A nadie le gusta un tipo que entra en un bar y se pone a gritar a la cara de los clientes que tiene una cosa que vender que va a encantarles. Te odiarán. Yo te odiaré. Te odiarás a ti mismo al cabo de un tiempo. No toques mucho los huevos, por favor.

6. Lee. Lee mucho.

Pues eso. Lee sin parar. Un escritor que no lee es como un futbolista que no entrena. Un día puede meter un golazo por la escuadra, pero es cuestión de tiempo que termine chupando banquillo.

En mi caso, suelo leer sobre lo que estoy escribiendo en ese momento, como documentación o para aprender de otros que hacen lo mismo que yo, pero mucho mejor. Pero el caso es leer. Lo que sea y cuando sea. Cuanto más leas mejor escritor serás, y quizá descubras por el camino que lo que realmente te gusta no es la ficción histórica, sino el porno blando o los libros de autoayuda. Nunca se sabe.

7. Profesionalízate.

Si quieres hacer de tu vocación por escribir una profesión, este es el mejor momento para hacerlo, pero has de empezar a pensar y actuar desde este momento como un profesional.

No vale el «es que es mi primer libro» o «yo no sabía que esto era sí». Haber preguntado.

Si quieres ser un escritor profesional, tienes todas las herramientas al alcance de tu mano y las mayoría de ellas gratuitas, pero has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya. La competencia es dura y cada día se publican chorrocientos libros nuevos —muchos de ellos mejores que el tuyo o el mío—, con sus respectivos autores detrás, haciendo lo imposible para que la gente les descubra y compre su obra. Con esa brutal competencia, o das lo mejor de ti, o ya puedes dedicarte a otra cosa.

8. Pasa de todo.

Como hemos hecho todos al publicar nuestro primer libro en Amazon, tras ponerlo a la venta y anunciarlo a bombo y platillo como si fuera la segunda venida de Cristo, nos sentamos delante del ordenador para ver cuántos ejemplares vendemos y qué reseñas nos dejan los primeros lectores que terminan de leerlo.

Probablemente, gracias a los familiares y amigos que compren el libro de inmediato, los primeros días veas un ascenso meteórico en las ventas que te disparen hasta el Top100, seguido de una caída igual de pronunciada que semanas más tarde deje tu novela en las catacumbas del ranking. Y tres cuartos de lo mismo con las reseñas; que serán estupendas cuando tu pareja, tu madre y el amigo invisible escriban unas opiniones que te dejen a la altura de Cervantes hasta arriba de Prozac. Pero luego, aparecerán las no tan buenas, algunas con muy mala leche y, finalmente, ninguna reseña de ninguna clase.

Cuando ambas cosas suceden y estamos bajos de defensas e inseguros de nuestro talento —algo intrínseco a la mayoría de los autores, aunque lleven cincuenta libros publicados—, corremos el riesgo de venirnos abajo y correr hasta la agencia de viajes más cercana para comprar ese billete de avión a Alaska. Es una putada, pero muy probablemente esto te vaya a pasar tarde o temprano, sobre todo cuando no te conoce ni el tato.

La buena noticia, es que hay una solución para ello: Sigue escribiendo y pasa de todo. Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas. Consultarlas cada cinco minutos no va a mejorar tus estadísticas, y te estarás quitando tiempo y ánimos para escribir, que es lo único que importa realmente.

Personalmente, hace cosa de dos años que no miro el ranking, ni las ventas, ni apenas las reseñas de mis novelas, y palabra que soy mucho más feliz. Haz la prueba.

9. Sin estigmas.

La autopublicación en 2016 no tiene nada que ver con lo que era hace diez años. Actualmente, los autores autopublicados son los que más venden y más dinero ganan en las librerías online como Google Books, Appel Store y sobre todo Amazon, donde hoy en día se venden la mayoría de los libros en el mundo. Cada vez hay más autores que rechazan jugosas ofertas de editoriales para seguir siendo indies. Ser autopublicado en estos tiempos no solo ha dejado de ser un estigma, si no que suele ser la decisión más sensata.

Hoy, ser autor independiente significa que no dependes de una editorial; que recibirás tus beneficios cabal y puntualmente a fin de mes, que los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y, sobre todo, que los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos mientras todo esto sucede. Ahí es nada.

Aunque, si a pesar de lo dicho, para ti es más importante que tu nombre aparezca bajo el sello de una editorial, ver tu libro en la mesa de novedades del Carrefour junto al último de Belén Esteban, o ser entrevistado en sesudas revistas literarias poniendo cara de intelectual, entonces olvida todo lo anterior. Pero luego no te quejes si no ves ni un duro.

Esta última opción, la de firmar con una editorial, a día de hoy solo tiene sentido si puedes quedarte con los derechos digitales de tu obra. No incluyas jamás en un acuerdo editorial, bajo ningún concepto, los derechos digitales de tu novela. Ellos los usarán para liarse un bocata y poco más, pero si te los quedas, será lo que te de de comer durante el tiempo que dure el contrato y quizá, el único dinero que termines viendo.

Repito: NUNCA ENTREGUES LOS DERECHOS DIGITALES A UNA EDITORIAL.

Si no te queda claro, puedo hacerte un dibujo.

10. Disfruta

Disfruta de la vida y de escribir en particular. Un autor —o autora, por supuesto— infeliz, suele escribir libros infelices. Que igual tiene su público, pero no sé yo si compensa. Cuanto mejor sea tu vida, mejores serán tus obras; y tus lectores, amigos, vecinos y familiares te lo agradecerán.

Escribir es secundario, que no se te olvide. Primero vive intensamente, como si te quedaran seis meses de vida. Ama, ríe, jode y persigue tus sueños por absurdos que sean. No lo dejes para mañana, que igual para entonces ya no estás por el barrio. Luego, escribe. Con las tripas, el corazón y los genitales, deja la cabeza para las correcciones. Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte, no en los manuales sobre cómo escribir un Best Seller. Déjate llevar y escribe hasta que te duelan los dedos y confundas la realidad con tu ficción, hasta que te despiertes a media noche creyendo que estás en la cubierta del Pequod o donde narices te lleve la historia que tienes en la cabeza. No dejes que nadie te diga que no puedes y no dejes de intentarlo una y otra vez, hasta que te mueras. No tires la toalla ni dejes pasar el tren, porque a veces pasa solo una vez y a toda leche.

Así que levanta tu culo de la silla, sal corriendo por la puerta y súbete a ese puto helicóptero pilotado por un borracho que te dejará caer en un mar infestado de tiburones, si es que es esa la jodida emoción que quieres hacer vivir a tus lectores.

Disfruta de tu vida, en fin, porque no tendrás otra.

Y luego vuelve para contarla.

***

Hasta aquí mi breve decálogo sobre la autoedición y sus dolores de cabeza. Esta lista de consejos (sugerencias, tonterías, meadas fuera de tiesto) está basada en experiencias propias y ajenas, así como una serie de opiniones tendenciosas que no tienen por qué ser compartidas ni total ni parcialmente. No es mi intención polemizar ni crear frentes entre autores autopublicados y editoriales. Hay sitio para todos en las estanterías, y cada cual es muy libre de equivocarse a su manera.

Por último, quiero señalar que seguro que me dejo mil cosas en el tintero en lo que autopublicación independiente se refiere, pero si le interesa de verdad el tema hay libros estupendos —sobre todo de autores norteamericanos—, que tratan el asunto con mayor profundidad —y atino— que un servidor.

Un fuerte abrazo y que las musas le acompañen.

Fernando Gamboa

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