miércoles, diciembre 21, 2016

Ante la muerte: ladrones de cenizas (y memorias)

Y ante tantas muertes, tan sentidas unas, otras que nos dejan cavilando, viene bien leer "Ladrones de cenizas", artículo publicado por Javier Marías en El País, en 205. No pierde su vigencia.

«Los ladrones de cadáveres han existido siempre, pero dudo que nunca abundaran ni gozaran de tanto crédito y eco como en estos tiempos, en que los medios de comunicación, sin comprobación ni criterio, propagan y aventan cuanto los ladrones inventan, cuentan y venden. Éstos suelen ser individuos secundarios, megalómanos y por consiguiente acomplejados, que se respetan poco y proclives a pensar que su contacto con gente más famosa, o de más talento, los ennoblece y aun los asemeja a ella. Son los que emplean términos como "grandes figuras", "primeros espadas" o "firmas de categoría", o bien esa expresión detestable, "de la talla de", seguida de una ristra de nombres. Son muy conscientes de las jerarquías, como todos los subalternos y subordinados. Y ven el cielo abierto cuando alguien muere. La ventaja de traficar con cadáveres es que ya no pueden desmentirnos. Los hay que acechan como tricoteuses, a ver qué les trae la guillotina del tiempo.
»Ante el fallecimiento de alguien notable, los periódicos se llenan de necrológicas y evocaciones. Algunas parecen sentidas y algunas son objetivas, pero en nuestro país escasean ambas clases. La mayoría deberían llevar por título "Fulano y yo", o más bien "Yo y Fulano". El autor se dirige al muerto en segunda persona y lo llama invariablemente por su nombre de pila -una modalidad que por fuerza resulta falsa, porque el muerto ya no lee ni atiende-, y exhibe su propio dolor más que otra cosa: "Miren cuán desgarrado estoy", viene a decirnos, "yo lo amé y lo admiré más que nadie". En otras ocasiones, el necrólogo enumera lo que él hizo por el difunto, lo mucho que éste se lo agradeció y los elogios que le dispensó: "Yo lo defendí cuando tantos lo atacaban", viene a contarnos, cuando no "Yo lo descubrí, yo lo lancé, cuánto nos admirábamos recíprocamente, en cuánta estima me tenía, casi que fui fundamental en su vida". No es eso infrecuente entre quienes de verdad lo trataron y hasta es probable que lo quisieran bien, a su modo especular: "Si tan gran hombre o mujer me profesan amistad, grandeza he de tener yo también; luego en realidad pertenecemos a la misma casta y somos pares".»

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