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jueves, octubre 07, 2021

Me detengo a oír un estrepitoso triunfo de cigarras - Derek Walkott

Me detengo a oír un estrepitoso triunfo de cigarras
ajustando el tono de la vida, pero vivir a su tono
de alegría es insoportable. Que apaguen
ese sonido. Después de la inmersión del silencio,
el ojo se acostumbra a las formas de los muebles, y la mente
a la oscuridad. Las cigarras son frenéticas como los pies
de mi madre, pisando las agujas de la lluvia que se aproxima.
Días espesos como hojas entonces, próximos los unos a los otros como
horas y un olor quemado por el sol se alzó de la carretera lloviznada.
Punteo sus líneas a las mías ahora con la misma máquina.
¡Qué trabajo ante nosotros, qué luz solar para generaciones!-
La luz corteza de limón en Vermeer, saber que esperará allí
por otros, la hoja de eucalipto
rota, aún oliendo fuertemente a trementina,
el follaje del árbol del pan, de contorno oxidado como en van Ruysdael.
La sangre holandesa que hay en mí se dibuja con detalle.
Una vez quise limpiar una gota de agua de un bodegón flamenco
en un libro de estampas, creyendo que era real.
Reflejaba el mundo en su cristal, temblando con el peso.
¡Qué alegría en esa gota de sudor, sabiendo que otros perseverarán!
Que escriban: «A los cincuenta invirtió las estaciones,
la carretera de su sangre cantó con las cigarras parlantes»,
como cuando emprendí el camino para pintar en mi decimoctavo año.

martes, octubre 13, 2020

Volcán - Derek Walcott

Joyce temía a los truenos
pero en su funeral rugieron los leones
del zoológico de Zurich.
¿Fue en Trieste o en Zurich?
No importa. Estas son leyendas, tanto
como la muerte de Joyce es una leyenda,
o el fuerte rumor de que Conrad
está muerto, y que Victoria es una obra irónica.
En el borde del horizonte nocturno
de esta casa de playa en los acantilados
hay ahora, hasta el amanecer,
dos fulgores a millas marinas de distancia,
grúas petroleras de perforación; son como
el resplandor del puro
y el resplandor del volcán
al final de Victoria.
Uno podría abandonar la escritura
por las señales de combustión lenta
de los grandes, ser, en cambio,
su lector ideal, reflexivo,
voraz, hacer el amor a las obras maestras
superior a intentar
repetirlas o superarlas,
y ser el mejor lector del mundo.
Al menos requiere asombro,
que se ha perdido en nuestro tiempo;
tanta gente lo ha visto todo,
tanta gente puede predecir,
tanta gente se niega a entrar en el silencio
de la victoria, la indolencia
que arde en el núcleo.
Tantos no son más que
ceniza erecta, como en un puro,
muchos dan el trueno por sentado.
¡Qué tan común es el rayo,
como perdimos los leviatanes
ya no buscamos!
Hubo un tiempo de gigantes.
Hubo un tiempo en que hacían buenos puros.
Debo leer más detenidamente.

viernes, abril 20, 2018

El amor después del amor - Derek Walcott

Llegará el tiempo
en que, con alegría,
te saludarás a ti mismo al llegar
a tu propia puerta, y en tu propio espejo
cada cual sonreirá ante la bienvenida del otro,

y dirá, siéntate aquí. Come.
Amarás otra vez al extraño que fuiste.
Dale vino. Dale pan. Devuelve tu corazón
a sí mismo, al extraño que te amó

durante toda tu vida, a quién ignoraste
por otro, a quien te conoce de memoria.
Quita las cartas de amor de los estantes,

las fotos, las notas desesperadas,
Arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

viernes, marzo 17, 2017

Derek Walcott (1930-2017)


Desenlace

Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,

y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.

Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.

domingo, octubre 02, 2016

En los otros ochenta, cien veranos que marcharon - Derek Walcott

En los otros ochenta, cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico, la idea del cielo
de un hedonista era el aparador de una cocina francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los Impresionistas,
el arte era une tranche de vie, queso o pan horneado en casa-
la luz, en su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer; la profundidad de nature morte
era que la propia muerte es sólo otra superficie
como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento.
Cien veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas,
faldas almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.
Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos
se amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que una explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le vale
al pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros.