Según estos demonólogos (Juan Wier y Cornelio Agrippa), Satanás ya no es el soberano del Infierno; ha sido destronado, y en su lugar reina Belzebuth. Satanás ha quedado reducido a ser el "jefe del partido de oposición". Esta idea, aparentemente caprichosa, tiene necesariamente un sentido. El hecho es que, en los grimorios y en los tratados mágicos, apenas suena el nombre de Satanás, y en cambio se repiten profusamente los del que, según los demonógrafos, componen el partido dominante. Satanás es más conocido de los que no creen en la magia. Es como si los partidos opuestos se hubiesen repartido el dominio del mundo y de los hombres, asumiendo Beizebuth el patronato de la superstición y Satanás el de la razón. Belzebuth sería el Emperador de los magos y de los locos; Satanás, el Emperador de los filósofos y de los sabios. Uno operaría mediante la credulidad y la psicopatía, el otro mediante el análisis y la crítica.
En El libro de la imaginación, de Edmundo Valadez
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lunes, enero 07, 2019
lunes, octubre 27, 2014
Personalidad dividida - Alvaro Menén Desleal
—Tengo razones fundadas, doctor —dijo el hombre de impoluto traje blanco, pacientemente recostado en el diván del psiquiatra—, para suponer que padezco de una personalidad dividida.
El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico.
La consulta duró casi dos horas. Hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta.
En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
—¿Lo confirmaste? —preguntó el hombre de negro.
—No sé —fue la respuesta del hombre de blanco. Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.
El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico.
La consulta duró casi dos horas. Hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta.
En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
—¿Lo confirmaste? —preguntó el hombre de negro.
—No sé —fue la respuesta del hombre de blanco. Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.
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