domingo, abril 03, 2011

Javier Sicilia y la emergencia nacional

Rogelio Guedea

Hace unos días fue asesinado Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo del poeta y periodista Javier Sicilia, junto con otro grupo de jóvenes del estado de Morelos, a quienes encontraron asfixiados, atados de pies y manos, y con cinta canela enrollada en la cabeza, adentro de una camioneta. Como suele suceder en estos casos, lo aberrante del hecho trató de cubrirse con el estigma del “sospechosismo”, y se habló de que estos jóvenes pertenecían a una banda criminal, por un lado y, por otro, se dijo que se había encontrado un cartel en el vehículo que decía: “esto les pasó por hacer llamadas anónimas al ejército…”. Etcétera. Recién darse a conocer la noticia y lo indignante del suceso, el presidente de la República llamó inmediatamente al poeta Javier Sicilia, que se encontraba en ese momento en Filipinas, para ofrecerle sus condolencias y prometerle pronta justicia, mientras que el gobernador de Morelos, Marco Antonio Adame, por razones inexplicables, tardó cuatro días para dar un pronunciamiento y, no conforme con ello, ni siquiera tuvo la cortesía de enviarle condolencias a los familiares de la víctima, que, en este caso, son víctimas también. Según recientes declaraciones del procurador de Morelos, Pedro Luis Benitez, se presume que en el crimen participaron policías y agentes ministeriales, declaraciones que viene a enrarecer aún más los acontecimientos y debido a lo cual no queda más remedio que concluir lo que todo el mundo sabe y sólo el gobierno no quiere entender: la guerra contra el narcotráfico no sólo es fallida sino, lo que es aún peor, está perdida desde el momento en que mueren cientos de personas inocentes, otros miles se quedan huérfanos y todo se convierte en un dolor nacional que empieza a supurar resentimiento, odio, indignación, desesperanza, rabia, tristeza, desencanto, impotencia, incertidumbre y miedo, palabras que no debemos descansar en repetir hasta que los encargados de esta guerra fallida, que ha empezado a cegar el futuro de México (que está en esa juventud que muere cada día, todos los días), se convenzan de ello. Si las condolencias llegan temprano o llegan tarde: ¿en qué cambia el dolor? No queremos que nos llamen para darnos condolencias. Queremos, sí, que se nos llame para saber que esta guerra absurda, sujeta a la presión de intereses extranjeros y a la ambición de unos cuantos, ha terminado.

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