domingo, enero 23, 2011

En la carretera 57

Una amiga me envió este mensaje por correo hace un rato. Uno de tantos casos, uno que se logra compartir. En las últimas horas ha habido enfrentamientos en varias partes de San Luis aunque no en todos los medios se publiquen ni el gobierno tome cartas en el asunto.

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A todos mis amigos:

El día de ayer, viernes 21 de enero, mi amiga querida, Rafaela, y yo, sobrevivimos a la terrible balacera o, mejor dicho, balaceras, que se llevaron a cabo por la mañana. Para ser exactos, la que nos tocó, a fuego cruzado, fue a partir de las 10:40 a.m., media hora después de que salimos de San Luis por la carretera 57, rumbo a Valles, donde tomaríamos otro camión a Tanquián, para asistir al Festival de Huapango.


Íbamos muy contentas, platicando, cuando de pronto vimos pasar un camión repleto de soldados. Minutos después se oyó un ruido extraño, como un martillo de repetición. Le pregunté a Rafa qué sonido era ése, cuando se volvió a oir y el autobús se orilló y frenó repentinamente. El chofer, don Martín, gritó que nos echáramos al suelo, que era una balacera. Todos lo hicimos.

Rafa dijo que había visto una camioneta blanca rebasándonos. En esa primera parte, las ráfagas se escuchaban a nuestro lado, es decir del lado izquierdo del camión. Dejaron de sonar por un minuto y nos empezamos a levantar (nosotras íbamos en la parte trasera del camión), cuando reinició el tiroteo, esta vez mucho más intenso; se escuchaban las ráfagas de metralla y otros balazos, más fuertes y con un minisegundo entre uno y otro, pero ahora por el lado derecho del camión, en la parte trasera, en donde yo me había colocado.

Todo esto duró 50 minutos, tiempo que se eternizó, bajo los asientos, con el pecho en el piso. Muchas ideas e imágenes pasaron por mi mente: mis hijos, mi vida, mi madre... Una sensación de no estar allí, aunque supiera que sí lo estaba; como un limbo. De pronto, sentí la necesidad imperiosa de hablar con mis hijos, ante lo inminente de que una bala me tocara. Me arrastré y tomé el celular y allí bajo el asiento los llamé a los tres y les dije con fuerza que los amaba, presintiendo que sería la última vez que lo hiciera.

Luego de casi una hora, paró. Seguimos tirados en el suelo mucho tiempo más, no puedo precisar cuánto. Cuando nos empezamos a enderezar, miré por la ventana de atrás y a escasos cinco metros del autobús estaban varios vehículos de la Federal, muchos policías y muchos soldados; también muchas armas y varias camionetas de seguridad. Un policía estaba tirado frente a mí, con la cara baleada y retorciéndose.

Uno de los pasajeros que se había levantado imprudentemente alcanzó a ver que una camioneta blanca, de los sicarios, que era la que se había protegido justo en la esquina del camión, y desde allí había cruzado el fuego con los buenos; se quiso subir por un pequeño cerro que quedaba justo al lado del camión y por una pequeña vereda que estaba a escasos metros del borde de la carretera observó también que un sujeto salió de la camioneta y corrió hacia arriba de la pendiente, donde cayó acribillado por los soldados. La camioneta blanca no pudo seguir y fue destrozada por la policía y el ejército. Murieron los ocupantes. Junto al camión, en el piso, había muchos casquillos enormes, luego supe que de cuerno de chivo.

Estuvimos todavía parados alrededor de dos horas. Cuando bajé del camión, ví que a 20 metros del mismo, por el frente, había patrullas baleadas, al igual que una camioneta dorado verdosa totalmente acribillada. Muertos en el piso y heridos, al igual que en la parte trasera. Observé que a unos 25 metros en el cerrito estaba un hombre con una camisa roja, tendido, custodiado por unos soldados, aunque ya sólo era su cadáver. Llegaron dos helicópteros y se llevaron al policía con la cara baleada y a otros, que supongo iban también malheridos. El caos era total y se habían hecho larguísimas filas, de uno y otro lado de la carretera y a cada lado de la misma un soldado cada diez metros, con las caras cubiertas y armas largas apuntando.

El chofer y yo caminamos al lado del camión y sin entender cómo, nos dimos cuenta que no había pegado ninguna bala en él. Ninguno de los pasajeros resultamos heridos. Habíamos estado enmedio de todo ese horror y estábamos vivos. Fue entonces cuando todo el cuerpo empezó a dolerme y tuve espasmos de sollozos y la sensación de la más absoluta vulnerabilidad y abandono. Todo esto ocurrió en un lugar que se llama San Lorenzo, un pequeño y muy pobre caserío.

Algunos vehículos, incluyendo camionetas y trailers de doble cabina trataron de bajarse por la cuneta y dar la vuelta para enfilar hacia San Luis. Por la noche supe que uno de esos trailers volcó y provocó un muy serio accidente, donde hubo muertos.

Cuando por fin pudimos avanzar y nos fuimos por el camino de Cerritos hacia Rioverde, ya habíamos tomado mi amiga y yo la decisión de regresarnos a San Luis, cosa que hicimos. El autobus que abordamos de regreso era muy angosto, iba lleno y yo temblaba porque no nos íbamos a poder tirar al piso, ya que la estrechez de los asientos y pasillos no lo permitiría.

Cuando vi a mis hijas y a mi yerno en la Central me volvió el alma al cuerpo; Rafa, quien había estado aparentemente serena, se echó a llorar.

Esto es mi San Luis, mi México y la vida cotidiana que estamos viviendo, y que sí, nos toca a todos y llega cuando menos lo pensamos; dándonos perfecta cuenta de que en cualquier momento, y ahora sí, con plena conciencia, seremos un daño colateral más.

Dicen que no debemos tener miedo, que todos debemos comprometernos en contra de los "malosos"; y de pasadita, que debemos "tener cuidado". ¿Cómo cuidarnos, o cuidar a los que amamos, si lo mismo vamos sentados en un autobus, que caminando por alguna calle, o sentados en un café, o dentro de nuestra propia casa, y así, de pronto, como nos pasó a nosotras, llega una lluvia de balas, o nos arrastran, o "levantan", o nos cae una bala perdida, o nos explota una bomba, o nos entierran un cuchillo? Sean sicarios o delincuentes comunes, o maleantes disfrazados de policías, o...., o...., o..... Corrupción, impunidad, maldad extrema.

Los quiero. Gracias por dejarme compartir mi supervivencia.
 
Ana Neumann

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